Contáctanos: 5546 8746
Síguenos en:
Fecha:

Desde San Lázaro. CNDH; ausente y alineada al poder. Por: Alejo Sánchez Cano Destacado

28 Ene 2026
209 veces
Desde San Lázaro. CNDH; ausente  y alineada al poder. Por: Alejo Sánchez Cano Imagen tomada de: https://x.com/CNDH

La Comisión Nacional de los Derechos Humanos dejó de ser un contrapeso del poder para convertirse en un apéndice incómodo solo para las víctimas. Bajo la conducción de Rosario Piedra Ibarra, la CNDH no protege, no incomoda y, en los hechos, tampoco defiende. Administra silencios, justifica omisiones y reduce la defensa de los derechos humanos a un ejercicio retórico sin consecuencias.

La presidenta de la CNDH compareció el lunes pasado  ante la Comisión Permanente del Congreso de la Unión. No acudió a rendir cuentas, sino a leer. Leyó un texto alusivo a su informe de labores 2025, cuidadosamente desprovisto de cualquier referencia a la tragedia que vive el país. En su discurso no hubo desaparecidos, no hubo madres buscadoras y tampoco hubo una sola mención al reclutamiento forzado de jóvenes por parte del crimen organizado. La ausencia no fue casual: fue deliberada.

Ese mismo patrón de evasión se repite cada vez que Rosario Piedra se enfrenta a la prensa. Su relación con los medios ha estado marcada por el desdén, la incomodidad y, sobre todo, por el temor a los cuestionamientos directos. No hay diálogo, no hay apertura y mucho menos disposición a responder preguntas incómodas sobre las omisiones de la CNDH. La presidenta de la Comisión parece más preocupada por evitar micrófonos que por atender a las víctimas.

En San Lázaro, su comportamiento ya es conocido. Cuando acude a la Cámara de Diputados, Rosario Piedra evita sistemáticamente el contacto con reporteros. No concede entrevistas, no responde cuestionamientos y rehúye cualquier intercambio que no esté previamente controlado. La rendición de cuentas, en su lógica, es un trámite incómodo que debe resolverse con discursos leídos y salidas apresuradas.

No es una metáfora: su costumbre es abandonar el recinto legislativo por la puerta de atrás. Mientras los reflectores y las preguntas la esperan en los accesos principales, la presidenta de la CNDH opta por salir huyendo rumbo a los estacionamientos subterráneos de San Lázaro. El gesto es simbólico y revelador: quien encabeza la defensa de los derechos humanos en México le da la espalda a la prensa y esquiva al escrutinio público.

Esa actitud define hoy a la CNDH. En un país con más de cien mil personas desaparecidas, el organismo encargado de la defensa de los derechos humanos decidió borrar del discurso institucional a las víctimas y esconderse del debate público. Para miles de familias que buscan a sus hijos, la Comisión se ha convertido en una oficina lejana, burocrática y políticamente alineada con el poder al que debería vigilar.

La reducción de la CNDH no es presupuestal ni administrativa; es moral y política. La institución se ha hecho pequeña porque renunció a incomodar. Porque prefirió la cercanía con el gobierno antes que la autonomía. Porque cambió la defensa de los ciudadanos por la protección del discurso oficial.

Esa pequeñez también se refleja en otros frentes donde el Estado ha fallado de manera estrepitosa. El desabasto de medicamentos persiste y el derecho a la salud sigue siendo una promesa incumplida. Niñas y niños con cáncer, pacientes crónicos y adultos mayores continúan pagando el costo de un sistema de salud pública que no funciona. La CNDH observa, registra y archiva, pero no presiona ni exige.

A ello se suman los excesos de las Fuerzas Armadas, la Marina y la Guardia Nacional. En un país crecientemente militarizado, las denuncias por detenciones arbitrarias, uso excesivo de la fuerza y violaciones a derechos humanos se acumulan. Sin embargo, la Comisión ha optado por una prudencia política que raya en la complacencia. La defensa de los derechos humanos no admite matices ni lealtades: o se ejerce con independencia o se traiciona.

Desde San Lázaro, incluso legisladores del oficialismo reconocen en privado que la CNDH ha perdido peso específico. Ya no marca agenda, ya no incomoda al poder y ya no representa una voz moral frente al Estado. Su previsibilidad la ha vuelto irrelevante, y la irrelevancia es letal para un organismo que debería ser incómodo por definición.

La paradoja es contundente: nunca como ahora México había necesitado una Comisión Nacional de los Derechos Humanos fuerte, activa y autónoma. Y nunca como ahora la ha tenido tan ausente. Sin una CNDH eficiente, los mexicanos han quedado a merced de los excesos del poder público, abandonados por la institución que debía ser su última línea de defensa.

Valora este artículo
(0 votos)

El apunte del director

  • Agosto 2026

    NO A LA CENSURA

    La libertad de expresión y el derecho a la información no son concesiones graciosas del gobierno ni privilegios de periodistas, concesionarios, conductores o propietarios de medios. Son derechos fundamentales de los ciudadanos y pilares indispensables de cualquier régimen que pretenda llamarse democrático.

    Por eso, desde todos los frentes debemos decir con absoluta claridad: no a la censura.

    El debate sobre los derechos de las audiencias puede parecer, en principio, una discusión técnica relacionada con las obligaciones de los medios electrónicos y las facultades regulatorias del Estado. No lo es. Cuando desde el poder se pretende establecer criterios sobre cómo deben presentarse los contenidos, diferenciar información de opinión o determinar qué puede considerarse adecuado, equilibrado o veraz, aparece inevitablemente una pregunta: ¿quién vigila al vigilante?

    Porque una cosa es defender legítimamente los derechos de las audiencias —recibir información plural, distinguir publicidad de contenidos informativos, proteger a niñas, niños y adolescentes o contar con mecanismos de réplica— y otra muy diferente abrir la puerta para que una autoridad administrativa termine convertida en árbitro de la verdad.

    La Constitución protege la libre manifestación de las ideas y el derecho a buscar, recibir y difundir información. Bajo ninguna circunstancia la defensa de las audiencias debe convertirse en el caballo de Troya para imponer controles editoriales, inhibir opiniones críticas o generar mecanismos de autocensura entre periodistas y medios de comunicación.

    La libertad de expresión también protege las opiniones incómodas, las investigaciones que molestan al poder y las preguntas que los funcionarios preferirían no responder.

    Si el oficialismo pretende elevar el estándar de responsabilidad de los medios de comunicación, debería comenzar por casa.

    Todos los días, desde las conferencias matutinas del gobierno federal, se utiliza una formidable plataforma de comunicación financiada con recursos públicos. Desde allí se informa, se fija agenda, se responde a cuestionamientos y se construye la narrativa gubernamental. Pero también se descalifica a críticos, periodistas, empresarios, organizaciones civiles y adversarios políticos.

    Las conferencias gubernamentales no son espacios privados ni programas partidistas. Son ejercicios oficiales de comunicación pública y, precisamente por ello, deberían encontrarse entre los primeros obligados moral y políticamente a respetar el derecho ciudadano a recibir información verificable, completa y diferenciada de la propaganda.

    Si se exige rigor a una televisora o radiodifusora, el mismo principio tendría que aplicarse a quien habla desde un atril oficial.

    Si se demanda distinguir claramente entre información y opinión, habría que preguntarse cuántas veces en las mañaneras se mezclan datos oficiales con apreciaciones políticas, acusaciones, interpretaciones partidistas y señalamientos contra terceros.

    Si se reclama información veraz a los medios, el gobierno tendría que asumir exactamente la misma responsabilidad cuando presenta cifras, estadísticas o versiones de acontecimientos que después pueden ser confrontadas con información pública.

    Y si verdaderamente se pretende proteger a las audiencias, entonces habría que comenzar por reconocer que los millones de ciudadanos que diariamente reciben información desde Palacio Nacional también son audiencia y poseen exactamente los mismos derechos.

    No puede existir un derecho de las audiencias para los medios privados y otro para la comunicación gubernamental.

    Tampoco puede existir una verdad oficial certificada por el Estado.

    La historia latinoamericana está llena de gobiernos que comenzaron hablando de democratizar la comunicación, combatir abusos mediáticos o garantizar información responsable y terminaron construyendo instrumentos para presionar económicamente, sancionar administrativamente o silenciar políticamente a las voces incómodas.

    México no puede recorrer ese camino.

    Los excesos de los medios deben combatirse con derecho de réplica, códigos de ética, defensorías de audiencias, transparencia y mecanismos jurídicos claramente delimitados. Las falsedades deben confrontarse con hechos. Los abusos deben someterse a la ley. Pero las opiniones no pueden quedar sujetas al criterio político de funcionarios o burócratas.

    Mucho menos cuando el propio gobierno es uno de los principales actores de la disputa pública.

    La libertad de expresión pierde sentido si solamente protege a quienes coinciden con el poder. Su verdadera importancia aparece cuando garantiza el derecho a cuestionarlo.

    Por eso resulta indispensable que periodistas, medios, organizaciones civiles, universidades, especialistas y ciudadanos permanezcan atentos ante cualquier disposición que pueda transformarse en una herramienta de control editorial.

    Defender la libertad de expresión no significa defender los errores, excesos o intereses de los medios. Significa defender el derecho de los ciudadanos a escuchar todas las voces y decidir por sí mismos en quién creer.

    La democracia necesita mejores medios, pero también necesita mejores gobiernos y una comunicación pública sometida al mismo escrutinio que pretende imponer a los demás.

    Si desde el poder quieren hablar seriamente del derecho de las audiencias, adelante.

    Pero que empiecen por casa.

    Que transparenten, documenten y sustenten lo que se afirma desde las tribunas oficiales. Que respeten la crítica. Que respondan las preguntas incómodas. Que distingan información pública de propaganda política.

    Y, sobre todo, que entiendan algo elemental: El gobierno no es propietario de la verdad ni puede convertirse en censor de quienes lo cuestionan.

    Frente a cualquier intento de controlar la información, venga de donde venga, la respuesta de una sociedad democrática debe ser inequívoca:

    No a la censura. Sí a la libertad de expresión. Sí al derecho de los ciudadanos a estar informados.