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Desde San Lázaro. Ya vengan por Rubén Rocha. Por: Alejo Sánchez Cano Destacado

30 Ene 2026
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Desde San Lázaro. Ya vengan por Rubén Rocha. Por: Alejo Sánchez Cano Imagen tomada de: https://x.com/rochamoya_

El atentado contra dos diputados locales de Movimiento Ciudadano en Sinaloa, Sergio Torres Félix y Elizabeth Montoya,  no es un hecho aislado ni un episodio más de la violencia crónica que padece el estado. Es la confirmación más reciente —y quizá más grave— del estado de ingobernabilidad absoluta que prevalece en la entidad bajo el desgobierno de Rubén Rocha Moya. Una violencia que ya no distingue entre ciudadanos, empresarios, trabajadores extranjeros o representantes populares.

A este atentado se suma un hecho igualmente alarmante: el plagio de diez ingenieros vinculados a la minera canadiense Vizsla Silver, ubicada en el municipio de La Concordia. Un secuestro masivo que no sólo expone el control territorial del crimen organizado, sino que coloca a Sinaloa como un foco rojo internacional. Cuando el crimen secuestra personal de una empresa extranjera sin que el Estado pueda —o quiera— responder con eficacia, el mensaje es devastador: en Sinaloa, la ley no gobierna.

Todo esto ocurre pese a la presencia permanente de marinos, soldados, Guardia Nacional, agentes de la Secretaría de Seguridad y Protección Ciudadana y prácticamente todo el aparato del gabinete federal de seguridad. El despliegue es impresionante; los resultados, inexistentes. La razón es clara: no se puede pacificar un estado donde el poder político local convive, tolera o pacta con el poder criminal.

El nombre que aparece una y otra vez en el centro de esta ecuación es el del gobernador Rubén Rocha Moya. Su gobierno no sólo ha sido rebasado por la violencia, sino que ha normalizado la presencia criminal en amplias regiones del estado. La connivencia con lo que queda del hoy fragmentado Cártel de Sinaloa ya no es una sospecha marginal: es una percepción extendida que se sostiene en hechos, omisiones y silencios cómplices.

Hay un elemento adicional que no puede ignorarse y que explica, en buena medida, el origen de esta tragedia institucional. El día de la elección para elegir gobernador, el Cártel de Sinaloa operó abiertamente para inhibir la participación en las urnas de los opositores, sembrando miedo, control territorial y abstencionismo forzado en diversas regiones del estado. El objetivo era claro: garantizar el triunfo de Rubén Rocha.

Así se construyó un poder político con respaldo criminal. Y como suele ocurrir en estos pactos inconfesables, las cuentas tarde o temprano se pagan. Hoy, el gobernador ya las está cubriendo: con silencio, con omisiones y con un estado sometido a la violencia. En Sinaloa, el crimen no sólo cobra en efectivo; cobra en decisiones políticas.

La violencia política es la fase superior de la descomposición institucional. Atentar contra diputados locales implica mandar un mensaje directo al sistema: aquí mandamos nosotros. Y cuando ese mensaje no tiene consecuencias políticas inmediatas para el gobernador, el mensaje se completa desde el poder: hay permiso para operar.

La breve llamada telefónica sostenida entre la presidenta Claudia Sheinbaum y el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, celebrada el día de ayer, aunque oficialmente se habló de una conversación respetuosa, es evidente que esas llamadas breves suelen sacar chispas y seguramente se trató el asunto de los narcoterroristas y por ello,   la seguridad en México es un tema diplomático y  estratégico de seguridad interior.

Resulta ingenuo pensar que en esa conversación no se abordó la eventual intervención directa de fuerzas estadounidenses para capturar capos del narcotráfico y, sobre todo, a los políticos que les dan protección y manga ancha. El secuestro de ingenieros de una empresa canadiense, los atentados contra legisladores y la incapacidad de los gobiernos locales aceleran esa presión internacional.

Rubén Rocha ya no puede esconderse detrás de la narrativa de la herencia recibida ni del respaldo tácito del centro. Su permanencia en el cargo es hoy incompatible con cualquier intento serio de pacificación.

“Ya vengan por Rubén Rocha” no es una consigna incendiaria. Es una advertencia y una exigencia política. Si el atentado contra diputados, el secuestro de ingenieros extranjeros y la evidencia de una elección condicionada por el crimen no son suficientes para actuar, entonces el mensaje es demoledor: en Sinaloa, el Estado ha sido capturado.

La presidenta debe actuar de inmediato al solicitar la dimisión de Rocha y convocar a elecciones, ya que nombrar a un gobernador interino sería, en los hechos, mantener el mismo patrón criminal incrustado en el gobierno estatal. Cambiar la cabeza sin desmontar la estructura sólo prolongaría la captura del Estado y confirmaría que el poder político sigue rehén de los mismos intereses que operaron antes, durante y después de la elección.

Sinaloa no necesita administradores temporales del desastre, sino una ruptura de fondo con el pasado inmediato. La remoción de Rocha no sería una concesión a la oposición ni un gesto de debilidad del gobierno federal; sería una decisión de seguridad nacional. Lo contrario —la inacción— sólo alimenta la narrativa de que México es incapaz de limpiar su propia casa.

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El apunte del director

  • 15 ABRIL 2026
    JARDINE HUNDE EL PRESTIGIO Y LA IDENTIDAD DEL AMÉRICA
    En el fútbol, la memoria es corta, pero la exigencia es permanente. Y en un club como el Club América, la historia no sólo pesa: obliga. Por eso, lo que hoy ocurre bajo la dirección técnica de André Jardine no puede analizarse desde la nostalgia de los títulos, sino desde la realidad inmediata de un equipo que ha perdido rumbo, carácter y, sobre todo, identidad.
    El tricampeonato conseguido por Jardine no está en discusión. Es un logro histórico que lo colocó en un lugar privilegiado dentro del americanismo. Pero en el fútbol de alta competencia, los éxitos pasados no otorgan inmunidad permanente. Y lo ocurrido en el último año —con la eliminación de la CONCACAF Champions Cup y el riesgo latente de quedar fuera de la liguilla— confirma que el ciclo está agotado.
    El América de hoy no se parece al equipo dominante que impuso condiciones en la liga. Es un conjunto predecible, conservador y, por momentos, temeroso. Un equipo que ha cambiado la vocación ofensiva que lo caracterizaba por un enfoque defensivo que no sólo no le garantiza resultados, sino que además traiciona su esencia.
    Porque el América no está diseñado para especular.
    Históricamente, el club ha construido su grandeza sobre una premisa clara: ser protagonista, imponer condiciones y jugar con autoridad. El ADN del América no admite medias tintas. Y, sin embargo, bajo Jardine, ese ADN parece diluirse en planteamientos cautelosos que reducen al equipo a una versión menor de sí mismo.
    El problema no es sólo táctico. Es estructural.
    La responsabilidad no recae únicamente en el banquillo. La directiva, encabezada por Emilio Azcárraga Jean, ha mostrado una paciencia que comienza a ser contraproducente. En cualquier otro club, los resultados recientes habrían detonado una evaluación profunda. En el América, en cambio, se ha optado por la continuidad sin ajustes de fondo.
    Y esa complacencia tiene costos.
    Desde el punto de vista deportivo, el equipo ha perdido competitividad. Desde el punto de vista económico, el riesgo es evidente: un América fuera de liguilla o sin protagonismo internacional afecta ingresos, audiencia y valor de marca. Pero más allá de los números, lo que está en juego es algo más importante: la identidad de la institución.
    Permitir que el equipo transite hacia la mediocridad competitiva es, en sí mismo, una contradicción con la historia del club.
    El otro gran problema está en la plantilla.
    Los refuerzos recientes, particularmente en el frente extranjero, no han estado a la altura de las exigencias del club. Lejos de marcar diferencia, han pasado desapercibidos en momentos clave. En un equipo que aspira a ser protagonista, los extranjeros deben ser determinantes, no complementarios.
    Y hoy, simplemente, no lo son.
    El América ha perdido peso en la cancha. Ha dejado de intimidar. Ha dejado de ser ese equipo que, incluso antes de jugar, imponía condiciones. Esa pérdida de jerarquía no es casualidad; es el resultado de decisiones acumuladas que no han sido corregidas a tiempo.
    Desde luego, cambiar de técnico no es una solución mágica. Pero en el fútbol, los ciclos existen y, cuando se agotan, insistir en ellos sólo profundiza el problema. Jardine ya no transmite la intensidad ni la claridad que el equipo necesita. Su propuesta se ha vuelto previsible y su margen de maniobra parece limitado.
    El mensaje del vestidor también importa. Y cuando un grupo percibe que el liderazgo se desgasta, el rendimiento colectivo inevitablemente se resiente.
    Por eso, la discusión no debe centrarse en si Jardine merece o no reconocimiento por lo logrado. Eso ya está en la historia. La discusión es si hoy tiene la capacidad de revertir la inercia negativa del equipo. Y la evidencia reciente sugiere que no.
    El América no puede darse el lujo de esperar a que la crisis se profundice.
    La exigencia de su historia obliga a tomar decisiones a tiempo. Decisiones que no siempre son cómodas, pero sí necesarias. Mantener un proyecto agotado por inercia o gratitud es una forma de renunciar a la competitividad.
    Y ese no es el sello del América.
    La salida de Jardine, junto con una revisión profunda de su cuerpo técnico y de la plantilla, no debe verse como un acto de ruptura, sino como un proceso de renovación. El club necesita recuperar su esencia, su agresividad, su ambición.
    Necesita volver a ser el América.
    Porque en este club, los títulos no se celebran eternamente; se defienden todos los días. Y cuando el equipo deja de hacerlo, la responsabilidad de corregir el rumbo recae en quienes toman las decisiones.
    Hoy, más que nunca, el América necesita menos complacencia y más carácter.
    Porque la grandeza no se administra.
    Se exige.