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Desde San Lázaro. El deslinde gradual entre Sheinbaum y AMLO. Por: Alejo Sánchez Cano Destacado

03 Feb 2026
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Desde San Lázaro. El deslinde gradual entre Sheinbaum y AMLO. Por: Alejo Sánchez Cano Imagen tomada de: https://x.com/adan_augusto

La salida de Adán Augusto López Hernández de la coordinación de los senadores de Morena y de la presidencia de la Junta de Coordinación Política del Senado no es un simple ajuste administrativo ni un relevo rutinario. Diga lo que se diga desde la narrativa oficial, se trata de una decisión política de alto calibre que fortalece de manera directa el proyecto político de la presidenta Claudia Sheinbaum y debilita, quizá como nunca antes, la influencia real de Andrés Manuel López Obrador.

No es un dato menor: a López Hernández, el “hermano” político del expresidente, le quitan el control del presupuesto de la Cámara alta, el manejo de los acuerdos internos, la distribución de posiciones estratégicas y, sobre todo, la interlocución privilegiada con la presidenta de la República. En política, perder el control del dinero y de la agenda equivale, simple y llanamente, a perder el poder.

Durante los últimos ocho meses, Adán Augusto fue un factor de tensión permanente para Palacio Nacional. No sólo por su estilo personalísimo de ejercer el mando, sino porque se convirtió en un dique para la consolidación de la agenda legislativa presidencial. Mientras que en San Lázaro Ricardo Monreal cumple, a ciencia cabal, las indicaciones de la doctora Sheinbaum, en el Senado Adán Augusto se hacía como que “la Virgen le hablaba”, administrando tiempos, pateando acuerdos y jugando a la autonomía y al despliegue de su propia agenda para apoyar a senadoras para ganar candidaturas de su partido.

Pero el relevo no puede explicarse únicamente en términos de disciplina legislativa. Los graves señalamientos que pesan sobre Adán Augusto López Hernández por sus vínculos con Hernán Bermúdez Requena, líder de “La Barredora” y exsecretario de Seguridad Pública de Tabasco, justo cuando él era gobernador, minaron de manera severa su viabilidad política. A ello se suma el manejo exorbitante de recursos económicos que no corresponde a sus ingresos conocidos, un tema que, en cualquier democracia funcional, habría detonado investigaciones formales y consecuencias inmediatas.

Con ese lastre, Adán Augusto se convirtió en un estorbo para la presidenta. No sólo porque su permanencia erosionaba el discurso de orden, legalidad y control político, sino porque hacía prácticamente imposible alinear al Senado para sacar adelante las reformas estratégicas del nuevo gobierno. En pocas palabras: se volvió un problema, no una solución.

La llegada de Ignacio Mier al pastoreo de los senadores de Morena y a la presidencia de la Jucopo no es casual ni improvisada. Responde a una lógica clara de transición política, operación legislativa y lealtad institucional. Mier entiende que el nuevo eje del poder está en Palacio Nacional y no en Palenque.

 

La lectura electoral es inevitable. La elección intermedia de 2027 y, por supuesto, la presidencial de 2030 ya están presentes en cada decisión estratégica. Para llegar con fuerza a esas citas, Sheinbaum necesita un Congreso disciplinado, gobernadores alineados y un partido sin cacicazgos, sin figuras contaminadas y sin operadores que jueguen por la libre.

En ese contexto, no es casual que ya hayan caído dos personajes que durante años parecían intocables: primero Alejandro Gertz Manero y ahora Adán Augusto López Hernández. El mensaje hacia dentro de Morena es contundente: nadie es indispensable y nadie tiene patente de impunidad política.

La sacudida también debe leerse en clave internacional. Las presiones que ejerce Donald Trump sobre su contraparte mexicana para “limpiar la casa” de funcionarios presuntamente coludidos con los cárteles de la droga pesan —y pesan mucho— en las decisiones internas. En ese escenario, mantener figuras cuestionadas en posiciones estratégicas se convierte en un riesgo político, diplomático y económico que el nuevo gobierno no está dispuesto a cargar.

Con el desgaste que arrastran hoy Adán Augusto López Hernández y Gerardo Fernández Noroña, queda claro que varias de las corcholatas del obradorismo se quedaron en el camino. El mito de la sucesión ordenada se desmorona y sólo sobreviven quienes entendieron a tiempo que el poder ya cambió de manos. Ahí están Marcelo Ebrard y Ricardo Monreal, ambos adaptados al nuevo equilibrio.

Y vienen más movimientos. En los pasillos del poder se da prácticamente por hecho que en los próximos días Rubén Rocha Moya dejará la gubernatura de Sinaloa, lo que abriría la puerta a elecciones extraordinarias en una de las entidades más golpeadas por la violencia y la ingobernabilidad. De confirmarse, sería otro golpe directo al viejo obradorismo territorial.

La pregunta ya no es si Claudia Sheinbaum ejercerá el poder, sino hasta dónde está dispuesta a llegar para consolidarlo. Por lo pronto, el golpe a Adán Augusto deja algo muy claro: la presidenta no gobierna con nostalgias ni con compromisos heredados. Gobierna con cálculo, control y visión de futuro. Y ese control, hoy por hoy, ya es suyo.

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El apunte del director

  • 15 ABRIL 2026
    JARDINE HUNDE EL PRESTIGIO Y LA IDENTIDAD DEL AMÉRICA
    En el fútbol, la memoria es corta, pero la exigencia es permanente. Y en un club como el Club América, la historia no sólo pesa: obliga. Por eso, lo que hoy ocurre bajo la dirección técnica de André Jardine no puede analizarse desde la nostalgia de los títulos, sino desde la realidad inmediata de un equipo que ha perdido rumbo, carácter y, sobre todo, identidad.
    El tricampeonato conseguido por Jardine no está en discusión. Es un logro histórico que lo colocó en un lugar privilegiado dentro del americanismo. Pero en el fútbol de alta competencia, los éxitos pasados no otorgan inmunidad permanente. Y lo ocurrido en el último año —con la eliminación de la CONCACAF Champions Cup y el riesgo latente de quedar fuera de la liguilla— confirma que el ciclo está agotado.
    El América de hoy no se parece al equipo dominante que impuso condiciones en la liga. Es un conjunto predecible, conservador y, por momentos, temeroso. Un equipo que ha cambiado la vocación ofensiva que lo caracterizaba por un enfoque defensivo que no sólo no le garantiza resultados, sino que además traiciona su esencia.
    Porque el América no está diseñado para especular.
    Históricamente, el club ha construido su grandeza sobre una premisa clara: ser protagonista, imponer condiciones y jugar con autoridad. El ADN del América no admite medias tintas. Y, sin embargo, bajo Jardine, ese ADN parece diluirse en planteamientos cautelosos que reducen al equipo a una versión menor de sí mismo.
    El problema no es sólo táctico. Es estructural.
    La responsabilidad no recae únicamente en el banquillo. La directiva, encabezada por Emilio Azcárraga Jean, ha mostrado una paciencia que comienza a ser contraproducente. En cualquier otro club, los resultados recientes habrían detonado una evaluación profunda. En el América, en cambio, se ha optado por la continuidad sin ajustes de fondo.
    Y esa complacencia tiene costos.
    Desde el punto de vista deportivo, el equipo ha perdido competitividad. Desde el punto de vista económico, el riesgo es evidente: un América fuera de liguilla o sin protagonismo internacional afecta ingresos, audiencia y valor de marca. Pero más allá de los números, lo que está en juego es algo más importante: la identidad de la institución.
    Permitir que el equipo transite hacia la mediocridad competitiva es, en sí mismo, una contradicción con la historia del club.
    El otro gran problema está en la plantilla.
    Los refuerzos recientes, particularmente en el frente extranjero, no han estado a la altura de las exigencias del club. Lejos de marcar diferencia, han pasado desapercibidos en momentos clave. En un equipo que aspira a ser protagonista, los extranjeros deben ser determinantes, no complementarios.
    Y hoy, simplemente, no lo son.
    El América ha perdido peso en la cancha. Ha dejado de intimidar. Ha dejado de ser ese equipo que, incluso antes de jugar, imponía condiciones. Esa pérdida de jerarquía no es casualidad; es el resultado de decisiones acumuladas que no han sido corregidas a tiempo.
    Desde luego, cambiar de técnico no es una solución mágica. Pero en el fútbol, los ciclos existen y, cuando se agotan, insistir en ellos sólo profundiza el problema. Jardine ya no transmite la intensidad ni la claridad que el equipo necesita. Su propuesta se ha vuelto previsible y su margen de maniobra parece limitado.
    El mensaje del vestidor también importa. Y cuando un grupo percibe que el liderazgo se desgasta, el rendimiento colectivo inevitablemente se resiente.
    Por eso, la discusión no debe centrarse en si Jardine merece o no reconocimiento por lo logrado. Eso ya está en la historia. La discusión es si hoy tiene la capacidad de revertir la inercia negativa del equipo. Y la evidencia reciente sugiere que no.
    El América no puede darse el lujo de esperar a que la crisis se profundice.
    La exigencia de su historia obliga a tomar decisiones a tiempo. Decisiones que no siempre son cómodas, pero sí necesarias. Mantener un proyecto agotado por inercia o gratitud es una forma de renunciar a la competitividad.
    Y ese no es el sello del América.
    La salida de Jardine, junto con una revisión profunda de su cuerpo técnico y de la plantilla, no debe verse como un acto de ruptura, sino como un proceso de renovación. El club necesita recuperar su esencia, su agresividad, su ambición.
    Necesita volver a ser el América.
    Porque en este club, los títulos no se celebran eternamente; se defienden todos los días. Y cuando el equipo deja de hacerlo, la responsabilidad de corregir el rumbo recae en quienes toman las decisiones.
    Hoy, más que nunca, el América necesita menos complacencia y más carácter.
    Porque la grandeza no se administra.
    Se exige.