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Desde San Lázaro. Serenos morenos. Por: Alejo Sánchez Cano Destacado

13 Feb 2026
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Desde San Lázaro. Serenos morenos. Por: Alejo Sánchez Cano Imagen tomada de: https://x.com/ElFinanciero_Mx

En el oficialismo comienzan a asomarse fisuras que hace apenas unos meses parecían impensables.  Morena enfrenta hoy un momento de tensión interna que exige algo más que discursos de unidad. Los desencuentros entre la gobernadora de Campeche, Layda Sansores, y el coordinador de los diputados de Morena en San Lázaro, Ricardo Monreal, no son un asunto menor ni anecdótico: revelan la disputa por el control político, por la narrativa pública y, sobre todo, por el rumbo del movimiento al 2027.

El choque no es nuevo, pero sí más visible. Sansores, fiel a su estilo frontal, ha lanzado críticas que rebasan el ámbito local y se insertan en la dinámica nacional. Monreal, por su parte, operador político con décadas de experiencia legislativa, ha respondido con mesura calculada, pero sin ceder terreno. En medio de ese cruce, desde Palacio Nacional, observan y calculan decisiones.

Cuando las diferencias internas se ventilan públicamente, el adversario político no necesita intervenir. Morena construyó su hegemonía con una narrativa de cohesión frente a la “vieja política”. Sin embargo, hoy los desacuerdos exhiben que la disputa por posiciones y candidaturas empieza a marcar la agenda más que el debate legislativo.

El contexto no es irrelevante. La elección intermedia de 2027 se perfila como el primer gran examen político del nuevo gobierno. No solo estarán en juego gubernaturas estratégicas y la recomposición de la Cámara de Diputados; también se definirá la viabilidad del proyecto de largo plazo. En ese escenario, cualquier señal de fractura interna debilita la imagen de bloque compacto que tanto rédito dio en el pasado.

Pero si los desencuentros entre Sansores y Monreal encienden focos amarillos, la indisciplina del Partido Verde Ecologista de México prende luces rojas. En San Luis Potosí, el intento del PVEM de postular a la esposa del actual gobernador como su sucesora abre un debate incómodo: el del nepotismo y la concentración familiar del poder.

El Verde ha sido aliado estratégico del oficialismo en votaciones clave. Su respaldo ha permitido reformas constitucionales y mayorías calificadas. Sin embargo, esa alianza no es un cheque en blanco. Si el PVEM insiste en impulsar una candidatura que huela a continuidad dinástica, no solo pondrá en entredicho su compromiso con los principios que el propio movimiento ha enarbolado, sino que colocará al bloque gobernante en una contradicción difícil de justificar.

En la Cámara de Diputados el tema se comenta en voz baja, pero con preocupación. La narrativa contra el nepotismo ha sido bandera reiterada en el discurso público. Permitir —o incluso tolerar— un relevo con vínculos familiares directos enviaría un mensaje de doble estándar que la oposición sabría explotar sin titubeos.

De igual manera ocurre con la dinastía Monreal en Zacatecas.

Más allá de nombres y estados, lo que está en juego es la capacidad de conducción política. La presidenta requiere algo más que disciplina parlamentaria; necesita cohesión real entre gobernadores, coordinadores legislativos y partidos aliados. El momento no es menor. México enfrenta un entorno internacional complejo, con presiones comerciales, tensiones migratorias y una coyuntura geopolítica que exige claridad y fortaleza institucional.

Ante amenazas externas, la división interna es un lujo que ningún gobierno puede darse. La historia política mexicana demuestra que cuando los grupos en el poder privilegian disputas personales sobre objetivos estratégicos, el costo lo paga la gobernabilidad. Y en un sistema presidencial como el nuestro, la imagen de control político resulta fundamental para enviar señales de certidumbre tanto al exterior como a los mercados.

En este tablero, Monreal representa la operación legislativa y el pulso con la oposición; Sansores, en cambio es la viva imagen del cacicazgo  y el PVEM encarna el pragmatismo electoral. Si esas piezas no se articulan bajo una estrategia común, el oficialismo corre el riesgo de dispersar su capital político antes de tiempo.

La pregunta de fondo es si Morena podrá procesar sus diferencias mediante mecanismos internos eficaces o si continuará trasladando sus tensiones a la arena pública. La experiencia reciente indica que cuando los liderazgos no encuentran cauces institucionales para dirimir conflictos, estos escalan y contaminan el ambiente electoral.

De cara a 2027, la oposición observa y espera. No necesita construir una narrativa compleja si el bloque gobernante se encarga de exhibir sus contradicciones. Y en política, la percepción suele pesar tanto como los hechos.

Por eso el momento exige algo más que llamados retóricos a la unidad. Se requiere un verdadero cierre de filas entre correligionarios y aliados, reglas claras para la selección de candidaturas y una línea inequívoca frente a prácticas que contradigan el discurso oficial. La disciplina no puede ser selectiva ni depender de afinidades personales.

La política es, al final, un ejercicio de equilibrio. Entre ambiciones legítimas y proyecto colectivo. Entre liderazgos regionales y conducción nacional. Entre pragmatismo electoral y principios declarados. Si ese equilibrio se rompe, la factura se pagará en las urnas.

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El apunte del director

  • El quinto partido está más cerca que nunca

    La Selección Mexicana de futbol se encuentra ante una oportunidad histórica. Después de que concluya la fase de grupos como líder de su sector tras imponerse con autoridad al representativo de Corea y de República Checa, el camino hacia el anhelado quinto partido luce más despejado que en cualquier otra Copa del Mundo.

    Durante décadas, el famoso "quinto partido" se convirtió en una especie de maldición para el futbol mexicano. Generaciones enteras de jugadores se quedaron a las puertas de romper esa barrera psicológica y deportiva que ha perseguido al Tricolor desde que se instauró el actual formato de competencia. Sin embargo, el Mundial de 2026 ofrece condiciones inéditas que pueden cambiar la historia.

    Hay que considerar para este apunte que, al ser 48 selecciones, pues el quinto partido en realidad sería el cuarto con menos equipos.

    Terminar en el primer lugar del grupo no es un detalle menor. Significa evitar en la siguiente ronda a una potencia mundial y enfrentar a un tercer lugar clasificado, un rival que, al menos en el papel, tendría menor jerarquía futbolística. Pero existe otro factor que juega a favor de México y que podría resultar determinante: la localía.

    El Estadio Azteca volverá a convertirse en el escenario de las grandes gestas nacionales. El Coloso de Santa Úrsula no es un estadio cualquiera. Su historia, su ambiente y sus más de dos mil metros de altitud sobre el nivel del mar representan una ventaja competitiva que pocas selecciones pueden presumir. Ahí han sufrido campeones del mundo, ahí se han escrito páginas legendarias del futbol internacional y ahí la Selección Mexicana suele multiplicar su rendimiento.

    Si los pronósticos se cumplen y México supera con éxito la ronda de eliminación directa frente al tercer lugar clasificado, el tan esperado quinto partido también se disputaría en el Azteca. Nuevamente, el Tricolor tendría de su lado a más de 80 mil aficionados convertidos en un auténtico jugador número doce, además de unas condiciones climáticas y geográficas que suelen incomodar a los visitantes.

    Por supuesto, a partir de los cuartos de final ya no existen rivales sencillos. Del otro lado aparecería una selección de primer nivel, una potencia acostumbrada a disputar las instancias definitivas de los mundiales. Sin embargo, incluso esos gigantes tendrían que enfrentar la presión de un estadio volcado completamente a favor del equipo mexicano y adaptarse a una altitud que históricamente ha sido un factor determinante.

    La ilusión, por primera vez en mucho tiempo, parece sustentarse en argumentos deportivos y no solamente en el entusiasmo de la afición. México ha mostrado orden táctico, personalidad y una generación de futbolistas que entiende la trascendencia de jugar un Mundial en casa. Además, el cuerpo técnico ha sabido gestionar la presión y aprovechar las ventajas que ofrece ser anfitrión.

    Por ello, no resulta exagerado pensar que el famoso quinto partido está al alcance de la mano. Más aún, existen condiciones reales para creer que el Tricolor puede ir más allá y buscar el sexto encuentro, una hazaña que colocaría a esta generación en el sitio más alto de la historia del futbol mexicano.

    El sueño ya no parece una utopía. El Azteca está listo, la afición está entregada y la Selección tiene el destino en sus manos. La oportunidad es inmejorable. Ahora corresponde al Tricolor convertir la ilusión de millones de mexicanos en una realidad que el país ha esperado durante décadas.