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Desde San Lázaro. La educación, rehén de vaivenes políticos. Por: Alejo Sánchez Cano Destacado

16 Feb 2026
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Desde San Lázaro. La educación, rehén de vaivenes políticos. Por: Alejo Sánchez Cano Imagen tomada de: https://x.com/SEP_mx

El despido fulminante de Marx Arriaga marca un punto de inflexión en la política educativa del actual sexenio y abre una nueva etapa en la definición de los contenidos que reciben millones de niños y adolescentes en el país. Su salida no es un simple ajuste administrativo: es la caída de uno de los perfiles más ideologizados del proyecto educativo impulsado en los últimos años y, al mismo tiempo, una señal política inequívoca de que se están moviendo piezas en el tablero del poder.

Desde su posición en la estructura de la Secretaría de Educación Pública, Arriaga fue el arquitecto intelectual de los nuevos libros de texto gratuitos que sustituyeron planes, programas y contenidos bajo el argumento de una transformación pedagógica centrada en el “humanismo mexicano”. Sin embargo, para amplios sectores académicos, especialistas y padres de familia, aquel rediseño no fue una modernización, sino una carga ideológica que colocó el activismo político por encima de la formación científica y técnica.

Durante el gobierno de Andrés Manuel López Obrador, la educación pública fue concebida como una herramienta de transformación social con un claro sello político. La narrativa de la “cuarta transformación” se filtró en los contenidos, en el lenguaje y hasta en los ejemplos utilizados en los libros. En lugar de reforzar matemáticas, ciencias o comprensión lectora —áreas en las que México arrastra rezagos históricos— se optó por priorizar enfoques comunitarios y discursos de reivindicación social que, si bien pueden tener valor formativo, no sustituyen el rigor académico.

El problema de fondo no es la inclusión de valores o el énfasis en la justicia social. El verdadero daño radica en haber sacrificado calidad, evaluación y estándares internacionales en nombre de una causa política. Mientras el mundo acelera hacia la inteligencia artificial, la robótica y la economía del conocimiento, aquí se decidió relativizar contenidos técnicos y científicos bajo la premisa de combatir el “neoliberalismo educativo”. El contraste es evidente: en países asiáticos y europeos se refuerzan competencias STEM y pensamiento crítico; en México se abrió un debate ideológico que polarizó a la sociedad y dejó en segundo plano la excelencia académica.

La salida de Arriaga no ocurre en el vacío. Se inscribe en una secuencia de movimientos que han alcanzado a personajes considerados incómodos o desgastados dentro del régimen. Ahí están los casos de Alejandro Gertz Manero, de Adán Augusto López Hernández, del alcalde de Tequila, Diego Rivera, y ahora del propio Arriaga. Cada uno con circunstancias distintas, pero todos con un común denominador: su salida o desplazamiento ha servido para enviar mensajes de control político y recomposición interna.

La pregunta inevitable es: ¿quién será el siguiente? En un régimen donde la disciplina interna es condición de supervivencia, los movimientos abruptos no son casualidad. La presidenta ha dejado claro que asumirá el mando con responsabilidad plena. Ser la primera mujer en encabezar el Ejecutivo federal implica no solo un hito histórico, sino también la necesidad de imprimir un sello propio y deslindarse de decisiones que generaron desgaste.

La educación es un terreno simbólicamente poderoso. Tocar esa área envía señales tanto al interior como al exterior. Con la dimisión de Arriaga no se transformarán de la noche a la mañana los contenidos de los libros de texto; los ciclos escolares ya están en marcha y los materiales distribuidos. Pero sí puede comenzar un proceso de revisión técnica que recupere equilibrios: fortalecer ciencias, actualizar contenidos digitales, incorporar habilidades del siglo XXI y, al mismo tiempo, mantener una perspectiva humanista menos ideologizada.

Se anticipa que cualquier ajuste curricular deberá armonizarse con el marco constitucional reformado en 2019, que eliminó la evaluación punitiva pero dejó intacto el mandato de calidad educativa. Los diputados oficialistas evitarán reconocer errores de fondo, pero saben que la percepción social sobre los libros representó un costo político innecesario.

También hay una dimensión positiva que podría emerger de este relevo. Se ha hablado de incorporar con mayor claridad la aportación histórica, científica y cultural de las mujeres en el desarrollo nacional. Si ese énfasis se traduce en contenidos sólidos y documentados —y no en consignas— podría significar un avance real hacia una educación más incluyente y rigurosa.

El reto, sin embargo, es mayor: recuperar la confianza. Padres de familia, docentes y expertos necesitan certeza de que el sistema educativo no será rehén de vaivenes ideológicos. La educación no puede convertirse en campo de batalla político permanente. Los niños que hoy cursan primaria y secundaria no tendrán una segunda oportunidad para aprender lo que no se les enseñe ahora.

La caída de Marx Arriaga simboliza el cierre de una etapa marcada por la confrontación educativa. Falta saber si la nueva fase apostará por la reconciliación técnica y el fortalecimiento académico o si solo será un ajuste cosmético para reducir costos políticos. El país no puede darse el lujo de perder otra generación en disputas ideológicas.

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El apunte del director

  • Mayo 2026

    América: entre el arbitraje y la terquedad de Jardine, las Águilas exigen una renovación total

    El Club América atraviesa uno de los momentos más delicados de los últimos años. Lo que hace apenas unos meses parecía el inicio de una era dominante, hoy se ha convertido en una etapa de frustración, desgaste y decisiones equivocadas. Entre un arbitraje -CESAR ARTURO RAMOS PALAZUELOS y el VAR- que volvió a perjudicar al equipo en momentos determinantes y la evidente falta de autocrítica de André Jardine, las Águilas acumulan otro fracaso que obliga a una profunda reconstrucción.

    El crédito del entrenador brasileño se ha agotado.

    Nadie puede negar que Jardine escribió páginas doradas con el tricampeonato, una hazaña que quedará para siempre en la historia azulcrema. Sin embargo, en el futbol el pasado no garantiza el futuro. El técnico se ha aferrado a fórmulas desgastadas, ha insistido en jugadores que ya no marcan diferencia y ha mostrado poca capacidad para reinventar al equipo en los momentos de mayor exigencia.

    Durante el último año, el América ha sufrido golpes que contrastan con la grandeza de la institución. La eliminación en la CONCACAF Champions Cup, la pérdida de protagonismo en la Liga MX y el descenso en el nivel colectivo confirman que el plantel ha entrado en una peligrosa zona de confort.

    A ello se suman decisiones arbitrales sumamente cuestionables, marcaciones polémicas y criterios inconsistentes que terminaron inclinando partidos importantes. Pero sería un error reducir el fracaso únicamente al silbante. El verdadero problema está dentro del vestidor y en el banquillo.

    Jardine perdió el control del proyecto

    El América dejó de ser ese equipo agresivo, dinámico y contundente que asfixiaba a sus rivales. Hoy luce predecible, lento y sin variantes ofensivas. El técnico parece incapaz de modificar el rumbo cuando los encuentros se complican.

    Sus cambios suelen llegar tarde, la lectura táctica es limitada y la confianza en ciertos jugadores parece obedecer más a la terquedad que al rendimiento. Cuando un entrenador deja de tomar decisiones con base en el presente, el ciclo inevitablemente entra en decadencia.

    El club no puede seguir viviendo de la nostalgia del tricampeonato. La exigencia del América obliga a competir y ganar siempre.

    Los extranjeros que deben salir

    La directiva encabezada por Emilio Azcárraga Jean debe emprender una depuración profunda del plantel. La base actual ha mostrado claros signos de agotamiento.

    La reestructuración debe comenzar con los jugadores extranjeros que no justifican su permanencia. Salvo dos excepciones, el resto ha quedado a deber.

    Brian Rodríguez

    Es uno de los pocos elementos desequilibrantes. Su velocidad, capacidad de desborde y generación de peligro lo convierten en una pieza valiosa para el futuro.

    Alejandro Zendejas

    Aunque ha tenido altibajos, mantiene intensidad, compromiso y una productividad ofensiva superior al promedio.

    Otros futbolistas que durante mucho tiempo fueron considerados fundamentales han disminuido notablemente su nivel. Algunos están lejos de su mejor versión física; otros simplemente ya no aportan lo necesario para sostener un proyecto ganador.

    Los tres brasileños, que ni mencionar sus nombres, resultaron un verdadero fracaso.

    El América necesita hambre, competencia interna y jugadores comprometidos con recuperar la hegemonía. El prestigio no puede ser garantía de titularidad.

    Es una lástima que Henry Martí tenga que terminar su ciclo en el campeonísimo de una forma lastimosa y no solo hablamos del penal que fallo ante Pumas que significaba el pase a semifinales, sino por el cúmulo de lesiones que arrastra y que no podrá recuperarse.

    Refuerzos con jerarquía y hambre de triunfo

    La institución debe aprovechar el próximo mercado para incorporar futbolistas de alto nivel, con personalidad y capacidad para marcar diferencia inmediata. No se trata de contratar por nombre, sino de reclutar elementos con ambición y carácter.

    Las Águilas necesitan:

    3 delanteros contundentes.

    1 mediocampista con creatividad.

    2 defensas centrales con liderazgo.

    3 Laterales con mayor profundidad.

    ¿Continuidad o cambio en el banquillo?

    La gran interrogante es si Jardine debe continuar.

    El reconocimiento por sus títulos es incuestionable, pero el presente exige decisiones frías. Si la directiva concluye que el entrenador ya no puede renovar al equipo ni recuperar la intensidad competitiva, entonces el relevo debe concretarse de inmediato.

    En el América no hay espacio para procesos sostenidos únicamente por gratitud.

    La afición ya no tolera más fracasos

    La afición azulcrema es la más exigente del país. Acostumbrada a títulos y protagonismo, no acepta excusas. El arbitraje pudo influir, pero no explica la falta de funcionamiento, la escasa reacción y la pérdida de identidad.

    El descontento es creciente y la paciencia se agota.

    Se acabó el tiempo de las contemplaciones

    El América enfrenta compromisos de máxima exigencia en los próximos meses y necesita presentarse con una imagen renovada. La plantilla requiere una sacudida profunda y la dirección técnica debe demostrar, de manera inmediata, que todavía tiene capacidad para liderar un proyecto ganador.

    Si no hay cambios de fondo, el equipo seguirá acumulando decepciones.

    Porque en el América, el pasado se respeta, pero el presente manda. Y hoy, entre decisiones arbitrales polémicas y los errores de André Jardine, queda claro que las Águilas necesitan una purga total para volver a volar hacia lo más alto del futbol mexicano.