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Desde San Lázaro. 97 años después, al borde de la extinción. Por: Alejo Sánchez Cano Destacado

05 Mar 2026
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Desde San Lázaro. 97 años después, al borde de la extinción. Por: Alejo Sánchez Cano Imagen tomada de: https://x.com/PRI_Nacional

Este 4 de marzo el Partido Revolucionario Institucional cumple 97 años de haber sido fundado en 1929, cuando bajo el nombre de Partido Nacional Revolucionario comenzó la historia del partido que dominaría la vida pública de México durante siete décadas. Fue el 4 de marzo de 1929 cuando Plutarco Elías Calles impulsó la creación de una maquinaria política destinada a dar estabilidad al país posrevolucionario. Lo que nació como instrumento de cohesión terminó convertido en sinónimo de poder y, con el tiempo, de excesos.

Hoy, a casi un siglo de distancia, el otrora partidazo celebrará una sesión solemne en su sede nacional. Los tricolores se alistan para una ceremonia que, en otras épocas, habría paralizado la agenda política y convocado a gobernadores, líderes sindicales, sectores campesinos y representantes populares de todo el país. Esta vez, el acto se anticipa más como un ejercicio de nostalgia que como demostración de fuerza.

Está prevista la presencia —si la agenda lo permite— del gobernador de Coahuila, Manolo Jiménez Salinas (con claroscuros en su gobierno) hoy por hoy el único mandatario estatal que milita en el PRI sin alianzas formales que diluyan el rojo, blanco y verde. El caso de Durango es distinto: Esteban Villegas Villarreal llegó al poder cobijado por una coalición donde también ondea el azul. En los hechos, el priismo puro gobierna una sola entidad, una realidad impensable hace apenas dos décadas.

La conmemoración número 97 encuentra al PRI en su momento más reducido en representación legislativa. En el Senado apenas suma 13 escaños; en la Cámara de Diputados, 37 curules. Números que contrastan brutalmente con aquellas legislaturas en las que la mayoría calificada era rutina y el trámite parlamentario dependía de la disciplina de bancada.

El problema no es únicamente cuantitativo, sino político. El PRI enfrenta una crisis de identidad que no ha logrado resolver desde la alternancia del año 2000. Tras el regreso fugaz al poder presidencial en 2012 y la posterior derrota de 2018, el partido no ha construido una narrativa convincente para las nuevas generaciones. La marca pesa más que sus propuestas, y el pasado se convierte en carga cuando el electorado demanda futuro.

De cara a los comicios intermedios de 2027, el panorama luce desalentador. Si las tendencias actuales se mantienen, su presencia en la Cámara baja podría reducirse todavía más. Y si prospera la reforma electoral impulsada desde Palacio Nacional, particularmente en el punto que plantea la eliminación de las diputaciones plurinominales, el golpe sería demoledor para partidos medianos y pequeños que dependen de esa vía para garantizar representación.

En ese escenario, figuras como Alejandro Moreno Cárdenas, dirigente nacional, enfrentarían mayores dificultades para mantenerse en el tablero político. Las listas plurinominales han sido históricamente el salvavidas de las dirigencias partidistas, el espacio donde se resguardan liderazgos cuestionados o se asegura presencia estratégica. Sin esa herramienta, el priismo tendría que competir en territorio abierto, distrito por distrito, con una estructura que ya no es la de antaño.

La sesión solemne, por tanto, tendrá más simbolismo que músculo. Se hablará de historia, de la construcción de instituciones, del México moderno que el PRI ayudó a edificar. No faltarán referencias al desarrollo estabilizador, a la expansión de la infraestructura, a la consolidación del Estado mexicano. Pero también, aunque sea en voz baja, pesarán los escándalos de corrupción, las derrotas electorales y la fuga constante de cuadros hacia otras fuerzas políticas.

En los pasillos de San Lázaro, el PRI ya no impone condiciones. Negocia, acompaña o se suma. Su capacidad de veto es limitada y su margen de maniobra depende, casi siempre, de lo que decidan sus aliados coyunturales. La bancada tricolor se mueve entre la disciplina histórica y la necesidad de sobrevivencia. Sabe que cada votación es también un mensaje hacia su base, una base que se ha reducido pero que aún conserva enclaves territoriales y lealtades locales.

Ahora son más protagonistas de escándalos que generadores de propuestas legislativas.

El aniversario 97 no es cualquier fecha. Es la antesala del centenario, esa cifra redonda que obliga a balances profundos. De aquí a 2029, el PRI tendrá que decidir si quiere llegar a los cien años como una fuerza testimonial o como un partido capaz de reinventarse. La historia demuestra que ha sabido transformarse —del PNR al PRM y luego al PRI—, pero el contexto actual es radicalmente distinto: competencia real, ciudadanía crítica y un ecosistema digital que no perdona.

La pregunta de fondo es si el priismo asumirá que su crisis es estructural y no solo coyuntural. Porque no se trata únicamente de liderazgos, sino de proyecto. Sin una propuesta clara frente a los grandes temas nacionales —seguridad, crecimiento económico, desigualdad, institucionalidad democrática— cualquier celebración corre el riesgo de convertirse en acto protocolario sin eco social.

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El apunte del director

  • 15 ABRIL 2026
    JARDINE HUNDE EL PRESTIGIO Y LA IDENTIDAD DEL AMÉRICA
    En el fútbol, la memoria es corta, pero la exigencia es permanente. Y en un club como el Club América, la historia no sólo pesa: obliga. Por eso, lo que hoy ocurre bajo la dirección técnica de André Jardine no puede analizarse desde la nostalgia de los títulos, sino desde la realidad inmediata de un equipo que ha perdido rumbo, carácter y, sobre todo, identidad.
    El tricampeonato conseguido por Jardine no está en discusión. Es un logro histórico que lo colocó en un lugar privilegiado dentro del americanismo. Pero en el fútbol de alta competencia, los éxitos pasados no otorgan inmunidad permanente. Y lo ocurrido en el último año —con la eliminación de la CONCACAF Champions Cup y el riesgo latente de quedar fuera de la liguilla— confirma que el ciclo está agotado.
    El América de hoy no se parece al equipo dominante que impuso condiciones en la liga. Es un conjunto predecible, conservador y, por momentos, temeroso. Un equipo que ha cambiado la vocación ofensiva que lo caracterizaba por un enfoque defensivo que no sólo no le garantiza resultados, sino que además traiciona su esencia.
    Porque el América no está diseñado para especular.
    Históricamente, el club ha construido su grandeza sobre una premisa clara: ser protagonista, imponer condiciones y jugar con autoridad. El ADN del América no admite medias tintas. Y, sin embargo, bajo Jardine, ese ADN parece diluirse en planteamientos cautelosos que reducen al equipo a una versión menor de sí mismo.
    El problema no es sólo táctico. Es estructural.
    La responsabilidad no recae únicamente en el banquillo. La directiva, encabezada por Emilio Azcárraga Jean, ha mostrado una paciencia que comienza a ser contraproducente. En cualquier otro club, los resultados recientes habrían detonado una evaluación profunda. En el América, en cambio, se ha optado por la continuidad sin ajustes de fondo.
    Y esa complacencia tiene costos.
    Desde el punto de vista deportivo, el equipo ha perdido competitividad. Desde el punto de vista económico, el riesgo es evidente: un América fuera de liguilla o sin protagonismo internacional afecta ingresos, audiencia y valor de marca. Pero más allá de los números, lo que está en juego es algo más importante: la identidad de la institución.
    Permitir que el equipo transite hacia la mediocridad competitiva es, en sí mismo, una contradicción con la historia del club.
    El otro gran problema está en la plantilla.
    Los refuerzos recientes, particularmente en el frente extranjero, no han estado a la altura de las exigencias del club. Lejos de marcar diferencia, han pasado desapercibidos en momentos clave. En un equipo que aspira a ser protagonista, los extranjeros deben ser determinantes, no complementarios.
    Y hoy, simplemente, no lo son.
    El América ha perdido peso en la cancha. Ha dejado de intimidar. Ha dejado de ser ese equipo que, incluso antes de jugar, imponía condiciones. Esa pérdida de jerarquía no es casualidad; es el resultado de decisiones acumuladas que no han sido corregidas a tiempo.
    Desde luego, cambiar de técnico no es una solución mágica. Pero en el fútbol, los ciclos existen y, cuando se agotan, insistir en ellos sólo profundiza el problema. Jardine ya no transmite la intensidad ni la claridad que el equipo necesita. Su propuesta se ha vuelto previsible y su margen de maniobra parece limitado.
    El mensaje del vestidor también importa. Y cuando un grupo percibe que el liderazgo se desgasta, el rendimiento colectivo inevitablemente se resiente.
    Por eso, la discusión no debe centrarse en si Jardine merece o no reconocimiento por lo logrado. Eso ya está en la historia. La discusión es si hoy tiene la capacidad de revertir la inercia negativa del equipo. Y la evidencia reciente sugiere que no.
    El América no puede darse el lujo de esperar a que la crisis se profundice.
    La exigencia de su historia obliga a tomar decisiones a tiempo. Decisiones que no siempre son cómodas, pero sí necesarias. Mantener un proyecto agotado por inercia o gratitud es una forma de renunciar a la competitividad.
    Y ese no es el sello del América.
    La salida de Jardine, junto con una revisión profunda de su cuerpo técnico y de la plantilla, no debe verse como un acto de ruptura, sino como un proceso de renovación. El club necesita recuperar su esencia, su agresividad, su ambición.
    Necesita volver a ser el América.
    Porque en este club, los títulos no se celebran eternamente; se defienden todos los días. Y cuando el equipo deja de hacerlo, la responsabilidad de corregir el rumbo recae en quienes toman las decisiones.
    Hoy, más que nunca, el América necesita menos complacencia y más carácter.
    Porque la grandeza no se administra.
    Se exige.