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Desde San Lázaro. Morena con su caballo de Troya. Por: Alejo Sánchez Cano Destacado

10 Mar 2026
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Desde San Lázaro. Morena con su caballo de Troya. Por: Alejo Sánchez Cano Imagen tomada de: https://x.com/PartidoMorenaMx

La reunión del Consejo Nacional de Morena dejó definiciones importantes rumbo a las elecciones de 2027, pero también abrió interrogantes sobre la dinámica interna del partido gobernante y sobre la forma en que se desarrollará la competencia política en los próximos meses.

El primer punto a destacar es el mecanismo que, en los hechos, permitirá el arranque anticipado de las campañas por las gubernaturas que estarán en juego en 17 entidades del país. Bajo la figura de “coordinadores estatales de la Cuarta Transformación”, Morena comenzará a perfilar a quienes serán sus cartas fuertes en cada estado.

La fórmula no es nueva. Ya fue utilizada en procesos anteriores y consiste en designar coordinadores territoriales que, formalmente, tienen la tarea de fortalecer la organización del movimiento. En la práctica, sin embargo, se convierten en aspirantes visibles que recorren sus estados, posicionan su imagen y construyen estructuras políticas con miras a la elección constitucional.

Así, en cuanto se definan estos nombramientos, arrancará de facto una etapa de promoción política que funcionará como campaña adelantada. Los coordinadores tendrán la ventaja de aparecer como representantes del proyecto de la Cuarta Transformación, lo que les permitirá consolidar presencia territorial y proyectarse ante el electorado con varios meses de anticipación.

Este escenario explica en buena medida la intensidad de la disputa interna que ya comienza a sentirse dentro del partido. Y aquí aparece el segundo gran tema que dejó la reunión: la unidad partidista y los riesgos de fractura.

En Morena se repite cada vez con mayor frecuencia una frase que refleja una realidad política conocida: el mayor adversario del partido suele estar dentro del propio partido. La competencia por candidaturas, posiciones y espacios de poder genera tensiones entre los distintos grupos que conforman el movimiento.

No se trata de un fenómeno exclusivo de Morena; es una constante en los partidos que concentran amplias cuotas de poder. Sin embargo, cuando las expectativas de triunfo son altas —como ocurre hoy con el partido guinda— las disputas internas se intensifican.

El partido en el poder tiene adentro su caballo de Troya

Las 17 gubernaturas en juego representan uno de los botines políticos más importantes del próximo ciclo electoral. Cada aspirante cuenta con respaldos regionales, alianzas internas y padrinazgos políticos que inevitablemente entrarán en competencia. La capacidad del partido para procesar esas diferencias sin fracturarse será una de las pruebas más relevantes de cara al proceso electoral.

A estas tensiones se suma un tercer elemento que influye en la dinámica interna del movimiento: la coexistencia de dos liderazgos políticos de gran peso dentro de la llamada Cuarta Transformación.

Por un lado, se encuentra la presidenta Claudia Sheinbaum, quien hoy encabeza el gobierno federal y representa la conducción institucional del proyecto político. Por otro franco, permanece la figura del fundador del movimiento, Andrés Manuel López Obrador, cuyo liderazgo histórico continúa teniendo una enorme influencia entre las bases del partido.

La presencia simultánea de estos dos referentes genera, de manera natural, alineamientos y lealtades dentro de las distintas corrientes del partido. Aunque públicamente existe coincidencia en el proyecto político, en la práctica los distintos grupos interpretan las señales de poder y buscan ubicarse estratégicamente dentro de la nueva etapa del movimiento.

El cuarto punto que comienza a perfilarse en el horizonte electoral tiene que ver con las alianzas. En particular, con la continuidad —o no— de la coalición que Morena ha mantenido con el Partido del Trabajo y el Partido Verde Ecologista de México.

Todo indica que la relación política entre estos partidos se mantendrá, aunque no necesariamente bajo un esquema uniforme en todo el país. En la práctica, la coalición podría reproducir el modelo que ya se ha visto en otros procesos electorales: alianzas selectivas dependiendo de las condiciones políticas de cada entidad.

Es decir, en algunos estados se mantendría la fórmula de competir juntos bajo una misma candidatura, mientras que en otros cada partido podría optar por presentar aspirantes propios para fortalecer su presencia local o negociar posiciones futuras.

El mismo cálculo podría aplicarse en la elección de diputados federales. Morena, el PT y el Verde tienen incentivos para preservar la mayoría legislativa en la Cámara de Diputados, por lo que no sería extraño que el entendimiento político continúe en varios distritos estratégicos.

Las decisiones finales se irán perfilando conforme avance el calendario electoral y se definan los nombres de quienes encabezarán las candidaturas estatales. Pero algo es claro desde ahora: la batalla política dentro de Morena se recrudece y falta más de un año para las elecciones intermedias

La reforma electoral que se cocina en San Lázaro, será el cedazo por la que pasará la factibilidad de la coalición oficialista entre Morena, PVEM y PT y partir de allí se esclarecerá el panorama político-electoral.

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El apunte del director

  • 15 ABRIL 2026
    JARDINE HUNDE EL PRESTIGIO Y LA IDENTIDAD DEL AMÉRICA
    En el fútbol, la memoria es corta, pero la exigencia es permanente. Y en un club como el Club América, la historia no sólo pesa: obliga. Por eso, lo que hoy ocurre bajo la dirección técnica de André Jardine no puede analizarse desde la nostalgia de los títulos, sino desde la realidad inmediata de un equipo que ha perdido rumbo, carácter y, sobre todo, identidad.
    El tricampeonato conseguido por Jardine no está en discusión. Es un logro histórico que lo colocó en un lugar privilegiado dentro del americanismo. Pero en el fútbol de alta competencia, los éxitos pasados no otorgan inmunidad permanente. Y lo ocurrido en el último año —con la eliminación de la CONCACAF Champions Cup y el riesgo latente de quedar fuera de la liguilla— confirma que el ciclo está agotado.
    El América de hoy no se parece al equipo dominante que impuso condiciones en la liga. Es un conjunto predecible, conservador y, por momentos, temeroso. Un equipo que ha cambiado la vocación ofensiva que lo caracterizaba por un enfoque defensivo que no sólo no le garantiza resultados, sino que además traiciona su esencia.
    Porque el América no está diseñado para especular.
    Históricamente, el club ha construido su grandeza sobre una premisa clara: ser protagonista, imponer condiciones y jugar con autoridad. El ADN del América no admite medias tintas. Y, sin embargo, bajo Jardine, ese ADN parece diluirse en planteamientos cautelosos que reducen al equipo a una versión menor de sí mismo.
    El problema no es sólo táctico. Es estructural.
    La responsabilidad no recae únicamente en el banquillo. La directiva, encabezada por Emilio Azcárraga Jean, ha mostrado una paciencia que comienza a ser contraproducente. En cualquier otro club, los resultados recientes habrían detonado una evaluación profunda. En el América, en cambio, se ha optado por la continuidad sin ajustes de fondo.
    Y esa complacencia tiene costos.
    Desde el punto de vista deportivo, el equipo ha perdido competitividad. Desde el punto de vista económico, el riesgo es evidente: un América fuera de liguilla o sin protagonismo internacional afecta ingresos, audiencia y valor de marca. Pero más allá de los números, lo que está en juego es algo más importante: la identidad de la institución.
    Permitir que el equipo transite hacia la mediocridad competitiva es, en sí mismo, una contradicción con la historia del club.
    El otro gran problema está en la plantilla.
    Los refuerzos recientes, particularmente en el frente extranjero, no han estado a la altura de las exigencias del club. Lejos de marcar diferencia, han pasado desapercibidos en momentos clave. En un equipo que aspira a ser protagonista, los extranjeros deben ser determinantes, no complementarios.
    Y hoy, simplemente, no lo son.
    El América ha perdido peso en la cancha. Ha dejado de intimidar. Ha dejado de ser ese equipo que, incluso antes de jugar, imponía condiciones. Esa pérdida de jerarquía no es casualidad; es el resultado de decisiones acumuladas que no han sido corregidas a tiempo.
    Desde luego, cambiar de técnico no es una solución mágica. Pero en el fútbol, los ciclos existen y, cuando se agotan, insistir en ellos sólo profundiza el problema. Jardine ya no transmite la intensidad ni la claridad que el equipo necesita. Su propuesta se ha vuelto previsible y su margen de maniobra parece limitado.
    El mensaje del vestidor también importa. Y cuando un grupo percibe que el liderazgo se desgasta, el rendimiento colectivo inevitablemente se resiente.
    Por eso, la discusión no debe centrarse en si Jardine merece o no reconocimiento por lo logrado. Eso ya está en la historia. La discusión es si hoy tiene la capacidad de revertir la inercia negativa del equipo. Y la evidencia reciente sugiere que no.
    El América no puede darse el lujo de esperar a que la crisis se profundice.
    La exigencia de su historia obliga a tomar decisiones a tiempo. Decisiones que no siempre son cómodas, pero sí necesarias. Mantener un proyecto agotado por inercia o gratitud es una forma de renunciar a la competitividad.
    Y ese no es el sello del América.
    La salida de Jardine, junto con una revisión profunda de su cuerpo técnico y de la plantilla, no debe verse como un acto de ruptura, sino como un proceso de renovación. El club necesita recuperar su esencia, su agresividad, su ambición.
    Necesita volver a ser el América.
    Porque en este club, los títulos no se celebran eternamente; se defienden todos los días. Y cuando el equipo deja de hacerlo, la responsabilidad de corregir el rumbo recae en quienes toman las decisiones.
    Hoy, más que nunca, el América necesita menos complacencia y más carácter.
    Porque la grandeza no se administra.
    Se exige.