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Desde San Lázaro. Nadie frenará a la presidenta. Por: Alejo Sánchez Cano Destacado

13 Mar 2026
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Desde San Lázaro. Nadie frenará a la presidenta. Por: Alejo Sánchez Cano Imagen tomada de: https://x.com/GobiernoMX

La reforma electoral de la presidenta Sheinbaum en cualquiera de sus modalidades, B, C o Z, se concretará y al final del día será aprobada por el Congreso con las mayorías simples que tiene Morena en ambas cámaras legislativas y ante las posteriores controversias constitucionales por tal imposición, será la SCJN quien resuelva el asunto a favor de la mandataria.

La misión no es fácil, empero, tarde que temprano habrá un hibrido legislativo que mantendrá contenta a la Jefa del Ejecutivo Federal.

El Plan A —la reforma constitucional profunda que se planteó inicialmente— estaba condenado desde el principio a enfrentar un obstáculo estructural: la falta de votos suficientes. De antemano se sabía que alcanzar la mayoría calificada era prácticamente imposible. No solo por la oposición frontal de los partidos opositores, sino porque dentro de la propia coalición legislativa existían dudas serias sobre el respaldo del Partido del Trabajo (PT) y del Partido Verde Ecologista de México (PVEM).

La política parlamentaria es, ante todo, una cuestión de cálculo. Por eso, el Plan B se convirtió en la ruta viable para avanzar en modificaciones que, aunque no transforman de fondo la Constitución, sí buscan modificar aspectos relevantes del funcionamiento político y administrativo del sistema electoral y del aparato público. En términos prácticos, el Plan B permite avanzar donde el Plan A estaba condenado a estancarse.

No hay que pasar por alto que existe una clara contradicción en el ejercicio de llevar el plan B por la ruta de modificar leyes secundarias, porque necesariamente tendrán que modificarse algunos artículos de la Constitución.

Más allá de las implicaciones jurídicas y legales que conlleva el plan B, diremos que uno de los ejes centrales de la reforma electoral es la reducción de privilegios en la política. Durante décadas, la discusión sobre los altos sueldos y beneficios de funcionarios públicos ha sido un tema recurrente en el debate nacional. Hoy vuelve al centro de la conversación con propuestas que apuntan directamente a los salarios de senadores, legisladores locales, consejeros electorales y estructuras partidistas.

La premisa es clara: ningún servidor público debería ganar más que la presidenta de la República. Sin embargo, la realidad institucional muestra lo contrario en varios niveles del Estado mexicano. En distintos congresos locales, así como en órganos autónomos, existen funcionarios cuyos ingresos superan el salario presidencial. Este fenómeno no solo genera inconformidad social, sino que también alimenta la percepción de una clase política desconectada de las condiciones económicas del país.

Sin embargo, del costo alto de la democracia no debe ser pretexto para imponer una reforma electoral que cierra la puerta a los adversarios políticos para acceder al poder.

Otro de los temas que se discuten dentro de este paquete de cambios es la reprogramación de la revocación de mandato. Este mecanismo de participación ciudadana, que se presentó originalmente como una herramienta para fortalecer la democracia directa, ha generado debates sobre su periodicidad, su organización y sus implicaciones políticas.

La reducción de privilegios en organismos autónomos forma parte de una discusión más amplia sobre el tamaño y el costo del Estado. En un país con profundas desigualdades, el gasto público en estructuras burocráticas de alto nivel siempre estará bajo escrutinio.

Empero, más allá del contenido específico de las reformas, el episodio revela una realidad política más profunda: la fragilidad de las coaliciones legislativas. El Partido Verde y el PT, al negarse a respaldar una reforma constitucional de gran calado, han marcado un punto de inflexión en su relación política con el bloque gobernante.

La decisión tiene consecuencias. En política, cada voto cuenta, pero también cada ausencia. Cuando los aliados se convierten en obstáculos para una agenda legislativa, el costo político puede ser significativo. De hecho, muchos analistas dentro del propio Congreso interpretan esta postura como una señal de debilitamiento estratégico de ambos partidos.

El cálculo electoral tampoco es menor. En un escenario político cada vez más competitivo, los partidos pequeños dependen en gran medida de su capacidad de negociación dentro de las coaliciones. Romper con las prioridades legislativas del bloque mayoritario puede tener repercusiones en su futuro político.

La voluntad presidencial en tiempos de la 4T, como en tiempos del PRI, no admite discrepancias y menos rechazo, por lo tanto, la reforma electoral en cualquiera de sus modalidades, será aprobada en ambas cámaras y avalada por la Suprema Corte de Justicia de la Nación.

Estas escaramuzas dejan ver que el camino a las elecciones intermedias está minado por las escisiones existentes en el seno del oficialismo y ello, de suyo, representa su mayor amenaza.

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El apunte del director

  • 15 ABRIL 2026
    JARDINE HUNDE EL PRESTIGIO Y LA IDENTIDAD DEL AMÉRICA
    En el fútbol, la memoria es corta, pero la exigencia es permanente. Y en un club como el Club América, la historia no sólo pesa: obliga. Por eso, lo que hoy ocurre bajo la dirección técnica de André Jardine no puede analizarse desde la nostalgia de los títulos, sino desde la realidad inmediata de un equipo que ha perdido rumbo, carácter y, sobre todo, identidad.
    El tricampeonato conseguido por Jardine no está en discusión. Es un logro histórico que lo colocó en un lugar privilegiado dentro del americanismo. Pero en el fútbol de alta competencia, los éxitos pasados no otorgan inmunidad permanente. Y lo ocurrido en el último año —con la eliminación de la CONCACAF Champions Cup y el riesgo latente de quedar fuera de la liguilla— confirma que el ciclo está agotado.
    El América de hoy no se parece al equipo dominante que impuso condiciones en la liga. Es un conjunto predecible, conservador y, por momentos, temeroso. Un equipo que ha cambiado la vocación ofensiva que lo caracterizaba por un enfoque defensivo que no sólo no le garantiza resultados, sino que además traiciona su esencia.
    Porque el América no está diseñado para especular.
    Históricamente, el club ha construido su grandeza sobre una premisa clara: ser protagonista, imponer condiciones y jugar con autoridad. El ADN del América no admite medias tintas. Y, sin embargo, bajo Jardine, ese ADN parece diluirse en planteamientos cautelosos que reducen al equipo a una versión menor de sí mismo.
    El problema no es sólo táctico. Es estructural.
    La responsabilidad no recae únicamente en el banquillo. La directiva, encabezada por Emilio Azcárraga Jean, ha mostrado una paciencia que comienza a ser contraproducente. En cualquier otro club, los resultados recientes habrían detonado una evaluación profunda. En el América, en cambio, se ha optado por la continuidad sin ajustes de fondo.
    Y esa complacencia tiene costos.
    Desde el punto de vista deportivo, el equipo ha perdido competitividad. Desde el punto de vista económico, el riesgo es evidente: un América fuera de liguilla o sin protagonismo internacional afecta ingresos, audiencia y valor de marca. Pero más allá de los números, lo que está en juego es algo más importante: la identidad de la institución.
    Permitir que el equipo transite hacia la mediocridad competitiva es, en sí mismo, una contradicción con la historia del club.
    El otro gran problema está en la plantilla.
    Los refuerzos recientes, particularmente en el frente extranjero, no han estado a la altura de las exigencias del club. Lejos de marcar diferencia, han pasado desapercibidos en momentos clave. En un equipo que aspira a ser protagonista, los extranjeros deben ser determinantes, no complementarios.
    Y hoy, simplemente, no lo son.
    El América ha perdido peso en la cancha. Ha dejado de intimidar. Ha dejado de ser ese equipo que, incluso antes de jugar, imponía condiciones. Esa pérdida de jerarquía no es casualidad; es el resultado de decisiones acumuladas que no han sido corregidas a tiempo.
    Desde luego, cambiar de técnico no es una solución mágica. Pero en el fútbol, los ciclos existen y, cuando se agotan, insistir en ellos sólo profundiza el problema. Jardine ya no transmite la intensidad ni la claridad que el equipo necesita. Su propuesta se ha vuelto previsible y su margen de maniobra parece limitado.
    El mensaje del vestidor también importa. Y cuando un grupo percibe que el liderazgo se desgasta, el rendimiento colectivo inevitablemente se resiente.
    Por eso, la discusión no debe centrarse en si Jardine merece o no reconocimiento por lo logrado. Eso ya está en la historia. La discusión es si hoy tiene la capacidad de revertir la inercia negativa del equipo. Y la evidencia reciente sugiere que no.
    El América no puede darse el lujo de esperar a que la crisis se profundice.
    La exigencia de su historia obliga a tomar decisiones a tiempo. Decisiones que no siempre son cómodas, pero sí necesarias. Mantener un proyecto agotado por inercia o gratitud es una forma de renunciar a la competitividad.
    Y ese no es el sello del América.
    La salida de Jardine, junto con una revisión profunda de su cuerpo técnico y de la plantilla, no debe verse como un acto de ruptura, sino como un proceso de renovación. El club necesita recuperar su esencia, su agresividad, su ambición.
    Necesita volver a ser el América.
    Porque en este club, los títulos no se celebran eternamente; se defienden todos los días. Y cuando el equipo deja de hacerlo, la responsabilidad de corregir el rumbo recae en quienes toman las decisiones.
    Hoy, más que nunca, el América necesita menos complacencia y más carácter.
    Porque la grandeza no se administra.
    Se exige.