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Desde San Lázaro. PVEM y PT ante su inevitable extinción. Por: Alejo Sánchez Cano Destacado

12 Mar 2026
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Desde San Lázaro. PVEM y PT ante su inevitable extinción. Por: Alejo Sánchez Cano Imagen tomada de: https://x.com/Mx_Diputados

En los pasillos de San Lázaro comienza a percibirse un olor fétido, como a olor de cadáver. No se trata únicamente de la habitual disputa parlamentaria o de los ajustes naturales en el equilibrio de fuerzas dentro del Congreso. Lo que se vislumbra ahora es algo más profundo: la posible desaparición o irrelevancia de partidos que durante décadas formaron parte del sistema político mexicano, mientras en paralelo empiezan a perfilarse nuevas franquicias políticas listas para ocupar el espacio que quede vacante.

El detonante de esta sacudida es la reforma electoral que impulsa el bloque gobernante. Más allá del contenido técnico de la iniciativa, el verdadero terremoto está ocurriendo en la arena política, donde las alianzas que parecían inquebrantables comienzan a mostrar grietas cada vez más evidentes.

La discusión ha colocado en una posición particularmente incómoda a dos de los aliados tradicionales del oficialismo: el Partido del Trabajo y el Partido Verde. Ambos partidos se encuentran frente a un dilema que en política pocas veces aparece con tanta crudeza: apoyar la reforma y asumir las consecuencias que podrían poner en riesgo su propia existencia, o rechazarla y enfrentarse abiertamente con el poder presidencial.

En otras palabras, si respaldan la reforma se hacen el harakiri político; si votan en contra, firman su sentencia de muerte al desafiar directamente a la presidenta Claudia Sheinbaum.

La paradoja es evidente. Durante años, tanto el PT como el Partido Verde Ecologista de México sobrevivieron gracias a su capacidad para alinearse con el poder en turno, convirtiéndose en socios funcionales de proyectos políticos más grandes. Hoy, esa misma lógica de supervivencia parece haber llegado a un punto de agotamiento.

La reforma electoral modificará, si es aprobada en los términos en los que está planteada la iniciativa presidencial, de forma sustancial las reglas de representación política, el financiamiento y el marco constitucional electoral. En ese escenario, las organizaciones políticas pequeñas quedarían expuestas a un terreno mucho más competitivo y con menos margen para la supervivencia artificial que durante décadas les brindó el sistema.

En privado, algunos legisladores admiten que el problema no es sólo jurídico, sino político. El rediseño del sistema podría provocar una depuración natural del espectro partidista, en la que varias siglas históricas terminarían convertidas en simples notas al pie de página.

El caso del PRI es ilustrativo. El partido que gobernó México durante más de siete décadas atraviesa una de las crisis más profundas de su historia. La pérdida constante de gubernaturas, la reducción de su presencia legislativa y la erosión de su estructura territorial han dejado a la organización en una situación que muchos describen ya como terminal.

Aunque el PRI aún conserva espacios de poder y un aparato político significativo, su influencia dista mucho de la que tuvo durante gran parte del siglo XX. La pregunta que empieza a plantearse en San Lázaro no es si el partido puede recuperar su fuerza, sino cuánto tiempo más podrá sostener su papel como actor relevante dentro del sistema político.

Mientras algunos partidos enfrentan el riesgo de extinguirse, otros colectivos (Que Siga la Democracia, Somos MX, México Tiene Vida, PAZ) esperan la aprobación del INE para convertirse en partidos políticos. En la política mexicana, las franquicias partidistas siempre han tenido un valor estratégico: ofrecen registro, financiamiento público y la posibilidad de negociar posiciones dentro del sistema político.

La historia del país demuestra que las transformaciones partidistas suelen ocurrir en momentos de reconfiguración del poder. Cuando una fuerza dominante se consolida, las organizaciones que la rodean tienden a adaptarse, fusionarse o desaparecer.

Hoy, el predominio del oficialismo y la centralidad del liderazgo presidencial están empujando al sistema hacia una nueva etapa. En ese proceso, los partidos satélites que durante años funcionaron como aliados estratégicos enfrentan el riesgo de volverse prescindibles.

En los corrillos del Palacio Legislativo algunos ya hablan de una “segunda transición” del sistema de partidos, en la que el mapa político podría simplificarse drásticamente. Menos partidos, menos intermediarios y una competencia más directa entre grandes bloques.

Sin embargo, otros advierten que la política mexicana rara vez deja vacíos. Cada vez que una organización desaparece, otra surge para ocupar su lugar. Las siglas cambian, los liderazgos se reciclan y las alianzas se reinventan.

Por eso, mientras algunos partidos enfrentan su posible ocaso, otros actores se preparan para irrumpir en el escenario político. En un país donde la política también funciona como industria, las franquicias partidistas nunca dejan de ser un negocio atractivo.

La reforma electoral, con su aprobación o rechazo, lejos de ser únicamente una discusión técnica y retórica podría convertirse en el punto de inflexión que redefina el sistema de partidos en México durante la próxima década.

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El apunte del director

  • 15 ABRIL 2026
    JARDINE HUNDE EL PRESTIGIO Y LA IDENTIDAD DEL AMÉRICA
    En el fútbol, la memoria es corta, pero la exigencia es permanente. Y en un club como el Club América, la historia no sólo pesa: obliga. Por eso, lo que hoy ocurre bajo la dirección técnica de André Jardine no puede analizarse desde la nostalgia de los títulos, sino desde la realidad inmediata de un equipo que ha perdido rumbo, carácter y, sobre todo, identidad.
    El tricampeonato conseguido por Jardine no está en discusión. Es un logro histórico que lo colocó en un lugar privilegiado dentro del americanismo. Pero en el fútbol de alta competencia, los éxitos pasados no otorgan inmunidad permanente. Y lo ocurrido en el último año —con la eliminación de la CONCACAF Champions Cup y el riesgo latente de quedar fuera de la liguilla— confirma que el ciclo está agotado.
    El América de hoy no se parece al equipo dominante que impuso condiciones en la liga. Es un conjunto predecible, conservador y, por momentos, temeroso. Un equipo que ha cambiado la vocación ofensiva que lo caracterizaba por un enfoque defensivo que no sólo no le garantiza resultados, sino que además traiciona su esencia.
    Porque el América no está diseñado para especular.
    Históricamente, el club ha construido su grandeza sobre una premisa clara: ser protagonista, imponer condiciones y jugar con autoridad. El ADN del América no admite medias tintas. Y, sin embargo, bajo Jardine, ese ADN parece diluirse en planteamientos cautelosos que reducen al equipo a una versión menor de sí mismo.
    El problema no es sólo táctico. Es estructural.
    La responsabilidad no recae únicamente en el banquillo. La directiva, encabezada por Emilio Azcárraga Jean, ha mostrado una paciencia que comienza a ser contraproducente. En cualquier otro club, los resultados recientes habrían detonado una evaluación profunda. En el América, en cambio, se ha optado por la continuidad sin ajustes de fondo.
    Y esa complacencia tiene costos.
    Desde el punto de vista deportivo, el equipo ha perdido competitividad. Desde el punto de vista económico, el riesgo es evidente: un América fuera de liguilla o sin protagonismo internacional afecta ingresos, audiencia y valor de marca. Pero más allá de los números, lo que está en juego es algo más importante: la identidad de la institución.
    Permitir que el equipo transite hacia la mediocridad competitiva es, en sí mismo, una contradicción con la historia del club.
    El otro gran problema está en la plantilla.
    Los refuerzos recientes, particularmente en el frente extranjero, no han estado a la altura de las exigencias del club. Lejos de marcar diferencia, han pasado desapercibidos en momentos clave. En un equipo que aspira a ser protagonista, los extranjeros deben ser determinantes, no complementarios.
    Y hoy, simplemente, no lo son.
    El América ha perdido peso en la cancha. Ha dejado de intimidar. Ha dejado de ser ese equipo que, incluso antes de jugar, imponía condiciones. Esa pérdida de jerarquía no es casualidad; es el resultado de decisiones acumuladas que no han sido corregidas a tiempo.
    Desde luego, cambiar de técnico no es una solución mágica. Pero en el fútbol, los ciclos existen y, cuando se agotan, insistir en ellos sólo profundiza el problema. Jardine ya no transmite la intensidad ni la claridad que el equipo necesita. Su propuesta se ha vuelto previsible y su margen de maniobra parece limitado.
    El mensaje del vestidor también importa. Y cuando un grupo percibe que el liderazgo se desgasta, el rendimiento colectivo inevitablemente se resiente.
    Por eso, la discusión no debe centrarse en si Jardine merece o no reconocimiento por lo logrado. Eso ya está en la historia. La discusión es si hoy tiene la capacidad de revertir la inercia negativa del equipo. Y la evidencia reciente sugiere que no.
    El América no puede darse el lujo de esperar a que la crisis se profundice.
    La exigencia de su historia obliga a tomar decisiones a tiempo. Decisiones que no siempre son cómodas, pero sí necesarias. Mantener un proyecto agotado por inercia o gratitud es una forma de renunciar a la competitividad.
    Y ese no es el sello del América.
    La salida de Jardine, junto con una revisión profunda de su cuerpo técnico y de la plantilla, no debe verse como un acto de ruptura, sino como un proceso de renovación. El club necesita recuperar su esencia, su agresividad, su ambición.
    Necesita volver a ser el América.
    Porque en este club, los títulos no se celebran eternamente; se defienden todos los días. Y cuando el equipo deja de hacerlo, la responsabilidad de corregir el rumbo recae en quienes toman las decisiones.
    Hoy, más que nunca, el América necesita menos complacencia y más carácter.
    Porque la grandeza no se administra.
    Se exige.