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Desde San Lázaro. Disciplina gubernamental para controlar la inflación. Por: Alejo Sánchez Cano Destacado

25 Mar 2026
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Desde San Lázaro. Disciplina gubernamental para controlar la inflación. Por: Alejo Sánchez Cano Imagen tomada de: https://x.com/INEGI_INFORMA

Las malas noticias regresaron por la puerta grande. La inflación en México volvió a sorprender —y no para bien— al ubicarse en 4.63 por ciento anual durante las primeras dos semanas de marzo, de acuerdo con el INEGI. El dato no sólo implica un repunte frente a periodos recientes, sino que además rebasa con claridad el 4.37 por ciento estimado por los analistas del mercado.

No es un asunto menor. En un entorno donde la narrativa oficial insiste en la estabilidad macroeconómica como uno de los principales logros, la realidad comienza a mostrar fisuras. Más aún cuando este repunte inflacionario ocurre en vísperas de una decisión clave de política monetaria por parte del Banco de México.

Si bien la inflación subyacente —aquella que excluye los precios más volátiles como alimentos frescos y combustibles— mostró una ligera moderación al ubicarse en 4.46 por ciento, el dato dista todavía del objetivo de 3 por ciento del banco central. Dicho de otro modo: el problema inflacionario sigue lejos de estar resuelto.

Entre el oficialismo ya se escuchaban voces que apostaban por un relajamiento en las tasas de interés. Sin embargo, la realidad parece imponer su propio guion. Todo apunta a que el banco central optará por un incremento adicional de al menos 25 puntos base en su reunión de mañana. No porque quiera, sino porque las condiciones lo obligan.

El dilema es claro: por un lado, la necesidad de no apuntalar el crecimiento económico; por el otro, el imperativo de evitar que la inflación vuelva a desanclarse. En ese equilibrio precario, la credibilidad del banco central está en juego.

Pero más allá de los tecnicismos monetarios, hay un factor que comienza a presionar con fuerza: el incremento en los precios de los combustibles a nivel internacional. El alza en las gasolinas no es un fenómeno aislado ni coyuntural. Responde a tensiones globales, ajustes en la oferta y la persistente volatilidad de los mercados energéticos.

Y como siempre, México no es inmune.

Hoy, la gasolina premium ronda ya los 28 pesos por litro en diversas regiones del país. Y si bien el gobierno ha contenido parcialmente los incrementos mediante ajustes al IEPS —ese impuesto especial que funciona como amortiguador—, el margen de maniobra no es infinito. Cuando se agote, el golpe será directo al consumidor.

La gasolina regular, la llamada magna, tampoco está lejos de cruzar la barrera psicológica de los 24 pesos por litro. Un umbral que, de romperse, tendría efectos inmediatos en la inflación, el transporte y, por supuesto, en el costo de vida de millones de mexicanos.

Aquí es donde la narrativa de la “soberanía energética” enfrenta su prueba más dura. Porque si realmente se hubiera alcanzado ese objetivo, los vaivenes internacionales tendrían un impacto mucho menor en el mercado interno. Pero la realidad indica lo contrario: seguimos siendo vulnerables a lo que ocurra fuera de nuestras fronteras.

En otras palabras, la promesa de blindaje energético no ha logrado aislar al país de los choques externos. Y eso se traduce, inevitablemente, en presión sobre los precios.

La inflación, conviene recordarlo, es el impuesto más regresivo que existe. No distingue entre ingresos ni niveles socioeconómicos. Afecta a todos, pero golpea con mayor dureza a quienes menos tienen. Cada punto porcentual adicional erosiona el poder adquisitivo, pulveriza salarios y encarece la vida cotidiana.

El problema no es sólo estadístico. Es profundamente social.

Mientras los indicadores macroeconómicos se discuten en mesas técnicas y conferencias de prensa, en la calle la percepción es mucho más simple: todo está más caro. El transporte, los alimentos, los servicios. Y lo que no sube de precio, reduce su contenido o calidad.

Esa es la inflación real que enfrentan los ciudadanos.

De acuerdo con los propios datos del INEGI, los precios de mercancías y servicios siguen mostrando presiones persistentes. A ello se suma el efecto acumulado de meses anteriores, que ha dejado una base elevada difícil de revertir en el corto plazo.

El debate debería ir más allá de la retórica. Porque si bien la política monetaria es responsabilidad del banco central, las decisiones fiscales, energéticas y regulatorias también juegan un papel determinante en la trayectoria de los precios.

No se trata sólo de subir o bajar tasas. Se trata de entender que la inflación es un fenómeno complejo, alimentado por múltiples factores: desde los costos de producción hasta la logística, pasando por los precios internacionales y las políticas públicas.

Por lo pronto, el mensaje es claro: la inflación no está bajo control y las presiones siguen latentes. La decisión de mañana del Banco de México será apenas un capítulo más en una historia recurrente.

Y mientras tanto, para millones de mexicanos, la conclusión es inevitable: vienen tiempos en donde el dinero rinde menos.

La 4T debe ajustarse el cinturón y dejar el gasto populista para después.

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El apunte del director

  • 15 ABRIL 2026
    JARDINE HUNDE EL PRESTIGIO Y LA IDENTIDAD DEL AMÉRICA
    En el fútbol, la memoria es corta, pero la exigencia es permanente. Y en un club como el Club América, la historia no sólo pesa: obliga. Por eso, lo que hoy ocurre bajo la dirección técnica de André Jardine no puede analizarse desde la nostalgia de los títulos, sino desde la realidad inmediata de un equipo que ha perdido rumbo, carácter y, sobre todo, identidad.
    El tricampeonato conseguido por Jardine no está en discusión. Es un logro histórico que lo colocó en un lugar privilegiado dentro del americanismo. Pero en el fútbol de alta competencia, los éxitos pasados no otorgan inmunidad permanente. Y lo ocurrido en el último año —con la eliminación de la CONCACAF Champions Cup y el riesgo latente de quedar fuera de la liguilla— confirma que el ciclo está agotado.
    El América de hoy no se parece al equipo dominante que impuso condiciones en la liga. Es un conjunto predecible, conservador y, por momentos, temeroso. Un equipo que ha cambiado la vocación ofensiva que lo caracterizaba por un enfoque defensivo que no sólo no le garantiza resultados, sino que además traiciona su esencia.
    Porque el América no está diseñado para especular.
    Históricamente, el club ha construido su grandeza sobre una premisa clara: ser protagonista, imponer condiciones y jugar con autoridad. El ADN del América no admite medias tintas. Y, sin embargo, bajo Jardine, ese ADN parece diluirse en planteamientos cautelosos que reducen al equipo a una versión menor de sí mismo.
    El problema no es sólo táctico. Es estructural.
    La responsabilidad no recae únicamente en el banquillo. La directiva, encabezada por Emilio Azcárraga Jean, ha mostrado una paciencia que comienza a ser contraproducente. En cualquier otro club, los resultados recientes habrían detonado una evaluación profunda. En el América, en cambio, se ha optado por la continuidad sin ajustes de fondo.
    Y esa complacencia tiene costos.
    Desde el punto de vista deportivo, el equipo ha perdido competitividad. Desde el punto de vista económico, el riesgo es evidente: un América fuera de liguilla o sin protagonismo internacional afecta ingresos, audiencia y valor de marca. Pero más allá de los números, lo que está en juego es algo más importante: la identidad de la institución.
    Permitir que el equipo transite hacia la mediocridad competitiva es, en sí mismo, una contradicción con la historia del club.
    El otro gran problema está en la plantilla.
    Los refuerzos recientes, particularmente en el frente extranjero, no han estado a la altura de las exigencias del club. Lejos de marcar diferencia, han pasado desapercibidos en momentos clave. En un equipo que aspira a ser protagonista, los extranjeros deben ser determinantes, no complementarios.
    Y hoy, simplemente, no lo son.
    El América ha perdido peso en la cancha. Ha dejado de intimidar. Ha dejado de ser ese equipo que, incluso antes de jugar, imponía condiciones. Esa pérdida de jerarquía no es casualidad; es el resultado de decisiones acumuladas que no han sido corregidas a tiempo.
    Desde luego, cambiar de técnico no es una solución mágica. Pero en el fútbol, los ciclos existen y, cuando se agotan, insistir en ellos sólo profundiza el problema. Jardine ya no transmite la intensidad ni la claridad que el equipo necesita. Su propuesta se ha vuelto previsible y su margen de maniobra parece limitado.
    El mensaje del vestidor también importa. Y cuando un grupo percibe que el liderazgo se desgasta, el rendimiento colectivo inevitablemente se resiente.
    Por eso, la discusión no debe centrarse en si Jardine merece o no reconocimiento por lo logrado. Eso ya está en la historia. La discusión es si hoy tiene la capacidad de revertir la inercia negativa del equipo. Y la evidencia reciente sugiere que no.
    El América no puede darse el lujo de esperar a que la crisis se profundice.
    La exigencia de su historia obliga a tomar decisiones a tiempo. Decisiones que no siempre son cómodas, pero sí necesarias. Mantener un proyecto agotado por inercia o gratitud es una forma de renunciar a la competitividad.
    Y ese no es el sello del América.
    La salida de Jardine, junto con una revisión profunda de su cuerpo técnico y de la plantilla, no debe verse como un acto de ruptura, sino como un proceso de renovación. El club necesita recuperar su esencia, su agresividad, su ambición.
    Necesita volver a ser el América.
    Porque en este club, los títulos no se celebran eternamente; se defienden todos los días. Y cuando el equipo deja de hacerlo, la responsabilidad de corregir el rumbo recae en quienes toman las decisiones.
    Hoy, más que nunca, el América necesita menos complacencia y más carácter.
    Porque la grandeza no se administra.
    Se exige.