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Desde San Lázaro. Cuál soberanía energética. Por: Alejo Sánchez Cano Destacado

24 Mar 2026
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Desde San Lázaro. Cuál soberanía energética. Por: Alejo Sánchez Cano Imagen tomada de: https://x.com/ElFinanciero_Mx

La situación de Petróleos Mexicanos atraviesa uno de los momentos más delicados de su historia reciente. Lejos de consolidarse como el pilar de la soberanía energética prometida en el discurso político de los últimos años, la empresa productiva del Estado muestra signos claros de fragilidad tanto en su plan de negocios como en su operación cotidiana. La combinación de caída en la producción, deterioro financiero, proyectos de baja rentabilidad y presiones externas como el alza internacional del petróleo, dibuja un escenario que exige el replanteamiento integral para captar inversiones del sector privado, quien observa receloso el frágil estado de derecho, la inseguridad y los cambios constantes por parte del gobierno de sus políticas públicas en torno a Pemex.

El desplome sostenido en la producción de crudo (1.6 millones de barriles diarios y cayendo) es, quizás, el indicador más preocupante. A pesar de los esfuerzos por reactivar campos y desarrollar nuevos yacimientos, Pemex no ha logrado revertir la tendencia descendente que arrastra desde hace más de una década. Esta caída no solo reduce los ingresos de la empresa, sino que también limita su capacidad para abastecer sus propias refinerías y cumplir con el objetivo de autosuficiencia energética.

En este contexto, el aumento en los precios internacionales del petróleo ha tenido un efecto paradójico. Si bien eleva los ingresos potenciales por exportación, también encarece los combustibles en el mercado interno. El resultado es visible en los bolsillos de los consumidores: la gasolina Premium ronda ya los 28 pesos por litro. Este incremento ha sido parcialmente contenido mediante el uso del estímulo fiscal al IEPS, un mecanismo que, en los hechos, implica una renuncia recaudatoria significativa para el gobierno federal.

Sin embargo, el problema no es solo de precios, sino de capacidad operativa. La refinería de Dos Bocas, uno de los proyectos emblemáticos de la política energética reciente, no ha logrado alcanzar ni siquiera la mitad de su capacidad proyectada en la producción de gasolinas. Este rezago cuestiona la viabilidad técnica y financiera de una obra que fue presentada como la solución para reducir la dependencia de importaciones.

A ello se suma el desempeño de Deer Park, la refinería ubicada en Texas y adquirida en su totalidad por Pemex. Lejos de convertirse en un activo estratégico rentable, ha acumulado pérdidas durante los últimos dos años, lo que añade presión a las ya comprometidas finanzas de la empresa. Este contraste entre expectativas y resultados evidencia problemas de gestión y planeación que no pueden ser ignorados.

La precariedad financiera de Pemex es el resultado de múltiples factores. La corrupción histórica ha dejado cicatrices profundas en su estructura operativa, mientras que el elevado nivel de endeudamiento la posiciona como la petrolera más endeudada del mundo. Este lastre financiero limita su margen de maniobra y la obliga a depender de apoyos constantes del gobierno federal, lo que, a su vez, presiona las finanzas públicas.

En este escenario, las promesas de alcanzar la soberanía energética parecen cada vez más distantes. La idea de que México podría dejar de depender de importaciones de combustibles se enfrenta a una realidad marcada por la insuficiencia productiva y la ineficiencia en el sistema de refinación. Más aún, compromisos como el de reducir el precio de la gasolina a diez pesos por litro (promesa de AMLO) lucen hoy completamente fuera de alcance.

Como si lo anterior no fuera suficiente, los riesgos operativos también han comenzado a manifestarse con mayor frecuencia. La reciente fuga de combustibles en Dos Bocas, que derivó en la muerte de cinco personas, no solo evidencia fallas en los protocolos de seguridad, sino que también ha tenido consecuencias ambientales graves. La contaminación del Río Seco y el peligro que representa para las comunidades y escuelas cercanas a la refinería subrayan la urgencia de revisar los estándares de operación y supervisión.

Estos hechos no pueden analizarse de manera aislada. Forman parte de un patrón que refleja la vulnerabilidad de una empresa que, pese a su importancia estratégica, enfrenta limitaciones estructurales profundas. La insistencia en fortalecer a Pemex sin atender de fondo sus problemas financieros, técnicos y de gobernanza puede terminar agravando la situación en lugar de resolverla.

El debate debería centrarse en la viabilidad de seguir apostando por un modelo que ha mostrado claros signos de agotamiento. La discusión no es ideológica, sino pragmática: ¿cómo garantizar la seguridad energética del país sin comprometer la estabilidad fiscal ni el bienestar de la población?

El reto es enorme. Implica reconocer errores, replantear estrategias y abrir la puerta a soluciones que vayan más allá de los discursos. Pemex necesita una transformación profunda que incluya disciplina financiera, transparencia, modernización tecnológica y, sobre todo, una visión realista de su papel en el futuro energético de México.

De lo contrario, la brecha entre las promesas y la realidad seguirá ampliándose, con costos cada vez más altos para el país.

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El apunte del director

  • 15 ABRIL 2026
    JARDINE HUNDE EL PRESTIGIO Y LA IDENTIDAD DEL AMÉRICA
    En el fútbol, la memoria es corta, pero la exigencia es permanente. Y en un club como el Club América, la historia no sólo pesa: obliga. Por eso, lo que hoy ocurre bajo la dirección técnica de André Jardine no puede analizarse desde la nostalgia de los títulos, sino desde la realidad inmediata de un equipo que ha perdido rumbo, carácter y, sobre todo, identidad.
    El tricampeonato conseguido por Jardine no está en discusión. Es un logro histórico que lo colocó en un lugar privilegiado dentro del americanismo. Pero en el fútbol de alta competencia, los éxitos pasados no otorgan inmunidad permanente. Y lo ocurrido en el último año —con la eliminación de la CONCACAF Champions Cup y el riesgo latente de quedar fuera de la liguilla— confirma que el ciclo está agotado.
    El América de hoy no se parece al equipo dominante que impuso condiciones en la liga. Es un conjunto predecible, conservador y, por momentos, temeroso. Un equipo que ha cambiado la vocación ofensiva que lo caracterizaba por un enfoque defensivo que no sólo no le garantiza resultados, sino que además traiciona su esencia.
    Porque el América no está diseñado para especular.
    Históricamente, el club ha construido su grandeza sobre una premisa clara: ser protagonista, imponer condiciones y jugar con autoridad. El ADN del América no admite medias tintas. Y, sin embargo, bajo Jardine, ese ADN parece diluirse en planteamientos cautelosos que reducen al equipo a una versión menor de sí mismo.
    El problema no es sólo táctico. Es estructural.
    La responsabilidad no recae únicamente en el banquillo. La directiva, encabezada por Emilio Azcárraga Jean, ha mostrado una paciencia que comienza a ser contraproducente. En cualquier otro club, los resultados recientes habrían detonado una evaluación profunda. En el América, en cambio, se ha optado por la continuidad sin ajustes de fondo.
    Y esa complacencia tiene costos.
    Desde el punto de vista deportivo, el equipo ha perdido competitividad. Desde el punto de vista económico, el riesgo es evidente: un América fuera de liguilla o sin protagonismo internacional afecta ingresos, audiencia y valor de marca. Pero más allá de los números, lo que está en juego es algo más importante: la identidad de la institución.
    Permitir que el equipo transite hacia la mediocridad competitiva es, en sí mismo, una contradicción con la historia del club.
    El otro gran problema está en la plantilla.
    Los refuerzos recientes, particularmente en el frente extranjero, no han estado a la altura de las exigencias del club. Lejos de marcar diferencia, han pasado desapercibidos en momentos clave. En un equipo que aspira a ser protagonista, los extranjeros deben ser determinantes, no complementarios.
    Y hoy, simplemente, no lo son.
    El América ha perdido peso en la cancha. Ha dejado de intimidar. Ha dejado de ser ese equipo que, incluso antes de jugar, imponía condiciones. Esa pérdida de jerarquía no es casualidad; es el resultado de decisiones acumuladas que no han sido corregidas a tiempo.
    Desde luego, cambiar de técnico no es una solución mágica. Pero en el fútbol, los ciclos existen y, cuando se agotan, insistir en ellos sólo profundiza el problema. Jardine ya no transmite la intensidad ni la claridad que el equipo necesita. Su propuesta se ha vuelto previsible y su margen de maniobra parece limitado.
    El mensaje del vestidor también importa. Y cuando un grupo percibe que el liderazgo se desgasta, el rendimiento colectivo inevitablemente se resiente.
    Por eso, la discusión no debe centrarse en si Jardine merece o no reconocimiento por lo logrado. Eso ya está en la historia. La discusión es si hoy tiene la capacidad de revertir la inercia negativa del equipo. Y la evidencia reciente sugiere que no.
    El América no puede darse el lujo de esperar a que la crisis se profundice.
    La exigencia de su historia obliga a tomar decisiones a tiempo. Decisiones que no siempre son cómodas, pero sí necesarias. Mantener un proyecto agotado por inercia o gratitud es una forma de renunciar a la competitividad.
    Y ese no es el sello del América.
    La salida de Jardine, junto con una revisión profunda de su cuerpo técnico y de la plantilla, no debe verse como un acto de ruptura, sino como un proceso de renovación. El club necesita recuperar su esencia, su agresividad, su ambición.
    Necesita volver a ser el América.
    Porque en este club, los títulos no se celebran eternamente; se defienden todos los días. Y cuando el equipo deja de hacerlo, la responsabilidad de corregir el rumbo recae en quienes toman las decisiones.
    Hoy, más que nunca, el América necesita menos complacencia y más carácter.
    Porque la grandeza no se administra.
    Se exige.