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Desde San Lázaro. Morena se debilita. Por: Alejo Sánchez Cano Destacado

16 Jun 2026
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Desde San Lázaro. Morena se debilita. Por: Alejo Sánchez Cano Imagen tomada de: https://x.com/PartidoMorenaMx

En Morena ya no hay disimulo. La carrera por las 17 gubernaturas que estarán en juego en el 2017 entran a la recta final a toda velocidad y los aspirantes se mueven con desesperación con patadas por debajo de la mesa y la intensificación de la guerra sucia. Diputados, senadores y funcionarios preparan sus salidas de sus puestos para dedicarse de lleno a la búsqueda de la nominación, en un fenómeno que convertirá a San Lázaro y al Senado en una fábrica de licencias durante los próximos días.

El mensaje político es evidente: quienes aspiran a gobernar un estado tienen que mostrarse, construir estructura territorial y aparecer como los mejores perfiles ante la dirigencia de Morena. La disputa interna se intensifica y algunos nombres ya circulan como cartas prácticamente apartadas dentro del oficialismo.

Las encuestas a modo se preparan para validar la decisión presidencial.

Entre los perfiles que han ganado terreno en los estudios demoscópicos aparecen en primer lugar la senadora con licencia Andrea Chávez Treviño, señalada como una de las figuras con mayor impulso para la sucesión en Chihuahua; Pavel Jarero Velázquez, mencionado dentro de la carrera por Nayarit; la senadora Imelda Castro; Beatriz Mojica Morga; Ana Lilia Rivera; Julieta Ramírez Padilla; y Ruth González Silva (PVEM), entre otros nombres que ya levantan la mano en la carrera sucesoria en diversas entidades.

La guerra fratricida entre las tribus causará rupturas y dimisiones en las filas de Morena y allí es donde la oposición, estará puesta a cachar a esos tránsfugas del oficialismo.

El próximo lunes, varios de estos aspirantes estarán a primera hora en las oficinas partidistas de Morena y del Partido Verde para formalizar sus intenciones.  La escena será una fotografía del arranque de una contienda que, aunque formalmente todavía no inicia, en los hechos ya está en marcha.

Qué importa si son actos adelantados de campaña, al fin y al cabo, tiene el oficialismo cooptado al INE y al TEPJF.

El problema es que estos movimientos abren nuevamente la discusión sobre los límites entre promoción política y actos anticipados de campaña. Para sus críticos, Morena vuelve a jugar al límite de la ley electoral: adelanta tiempos, posiciona perfiles y genera una ventaja frente a otros contendientes mientras las autoridades electorales hacen como que la virgen les habla.

Más allá del debate sobre la equidad de género, que será un elemento central en la definición de candidaturas, existe una señal política desde Palacio Nacional: la intención de que el número de mujeres postuladas sea mayor. La paridad no sólo será una obligación legal, sino una herramienta para ordenar la competencia interna y evitar una guerra intestina.

La batalla por las gubernaturas y curules en la Cámara de Diputados federal ocurre al mismo tiempo que Morena intenta cerrar otro frente estratégico: la renovación de su alianza electoral con el Partido Verde y el Partido del Trabajo.

La confirmación de la coalición oficialista a nivel nacional —con excepciones en algunos estados— será otro capítulo de una relación marcada por acuerdos, tensiones y negociaciones. Morena necesita mantener ese bloque unido para intentar conservar la mayoría calificada en la Cámara de Diputados, ya sea mediante triunfos electorales o a través de una interpretación de las reglas de representación que sus adversarios han cuestionado, pero que ha avalado Guadalupe Taddei y sus “borregos” en el INE y Mónica Soto y sus “Felipes”en el Tribunal Electoral.

Desde la oposición se acusa que todas las resoluciones de los órganos electorales federales han favorecido al oficialismo y han permitido ampliar su control legislativo.

Todo este movimiento político sucede bajo una presión adicional: los señalamientos provenientes de Estados Unidos sobre presuntos vínculos entre actores políticos mexicanos y organizaciones criminales.

El tema vuelve a colocar bajo reflectores a figuras del oficialismo y amenaza con convertirse en un factor de desgaste para Morena, particularmente por los nombres de políticos sinaloenses como Rubén Rocha Moya y Enrique Inzunza Cázarez, además de cuestionamientos públicos que han alcanzado a gobernadores de otras entidades.

La sucesión estatal está al tope.  Las licencias que vienen en el Congreso serán la primera señal de quiénes cuentan con respaldo interno y quiénes tendrán que esperar. Morena enfrenta ahora una doble presión: administrar la pelea por el poder en los estados, contener los costos políticos de las acusaciones que amenazan con ensombrecer su narrativa de transformación y evitar la ruptura interna.

Otro factor relevante que muestra la debilidad de Morena es la estrepitosa derrota sufrida en Coahuila, en donde a pesar de contar con las estrellas del oficialismo para revertir el fracaso como Andy, Alcalde y Montiel, se demostró que no son invencibles.

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El apunte del director

  • JUNIO 2026
    La verdadera amenaza a la soberanía mexicana 

    La relación entre los gobiernos de la presidenta Claudia Sheinbaum y Donald Trump atraviesa uno de sus momentos más complejos y delicados. Más allá de las diferencias ideológicas naturales entre una mandataria identificada con la izquierda latinoamericana y un presidente estadounidense de corte nacionalista y conservador, el punto de choque se encuentra en un tema que afecta directamente a ambas naciones: el poder del crimen organizado y la presencia de actores políticos vinculados con estructuras criminales.

    Durante años, el narcotráfico dejó de ser únicamente un problema de seguridad pública para convertirse en un fenómeno que permeó instituciones, gobiernos locales y estructuras de poder regional. Hoy, vastas zonas del territorio nacional se encuentran bajo la influencia o control de organizaciones criminales que desafían al Estado mexicano, imponen reglas, cobran extorsiones, controlan economías enteras y limitan el ejercicio pleno de la autoridad.

    Desde la óptica de Washington, estos grupos representan una amenaza directa para la seguridad de Estados Unidos por el tráfico de drogas, especialmente fentanilo, así como por sus redes financieras y de contrabando. Sin embargo, la discusión no debería centrarse únicamente en el impacto que tienen al norte de la frontera. La primera víctima de los cárteles ha sido México.

    Por ello resulta cuestionable la narrativa oficial que presenta cualquier señalamiento extranjero sobre la infiltración criminal en la política mexicana como una agresión a la soberanía nacional. La soberanía no se vulnera cuando se denuncia la presencia de criminales en las estructuras de gobierno; la soberanía se debilita cuando grupos delincuenciales sustituyen al Estado, controlan municipios enteros y condicionan la vida de millones de ciudadanos.

    En ese contexto, el discurso pronunciado por la presidenta Sheinbaum en la Plaza de la República, donde denunció supuestas intenciones de injerencia extranjera y advertencias sobre intentos de influir en los procesos electorales mexicanos, parece haber elevado innecesariamente la tensión bilateral. En lugar de privilegiar la prudencia diplomática, el mensaje adquirió un tono de confrontación que difícilmente contribuirá a mejorar una relación estratégica para ambos países.

    México y Estados Unidos comparten una de las fronteras más dinámicas del mundo, intercambios comerciales superiores a cientos de miles de millones de dólares al año y desafíos comunes en materia migratoria, económica y de seguridad. Convertir las diferencias en un conflicto político permanente no beneficia a ninguna de las dos naciones.

    La preocupación de Washington respecto a posibles vínculos entre funcionarios públicos y organizaciones criminales puede resultar incómoda para el gobierno mexicano, pero ignorarla o descalificarla mediante discursos nacionalistas no resolverá el problema de fondo. La pregunta central no es si existe presión extranjera, sino qué tan profunda es la penetración del crimen organizado en determinadas regiones y estructuras políticas del país.

    La historia reciente demuestra que los cárteles han logrado construir redes de protección política que les permiten operar con impunidad. Negar esa realidad sería tan irresponsable como aceptar sin pruebas cualquier acusación proveniente del extranjero. Lo que corresponde es fortalecer las instituciones de procuración de justicia, transparentar las investigaciones y garantizar que nadie esté por encima de la ley.

    La defensa de la soberanía nacional debe comenzar por recuperar plenamente el control territorial del Estado mexicano. Mientras existan regiones donde las organizaciones criminales ejerzan funciones que corresponden a las autoridades legítimas, cualquier discurso patriótico corre el riesgo de convertirse en una simple declaración retórica.

    La relación entre Trump y Sheinbaum será inevitablemente complicada por sus diferencias de visión política. Sin embargo, el mayor desafío no debería ser la confrontación verbal entre ambos gobiernos, sino la construcción de mecanismos eficaces para combatir a quienes verdaderamente amenazan la estabilidad de México: las organizaciones criminales y sus redes de protección política.

    Porque la soberanía no se pierde cuando un aliado cuestiona la actuación de un gobierno. La soberanía se pierde cuando el Estado deja de ejercer plenamente su autoridad sobre su propio territorio.