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Desde San Lázaro. México, invencible en el Azteca. Por: Alejo Sánchez Cano Destacado

29 Jun 2026
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Desde San Lázaro. México, invencible en el Azteca. Por: Alejo Sánchez Cano Imagen tomada de: https://x.com/BillieBizkit

Quedan dos partidos más del Mundial en el Estadio Azteca, el escenario que, por historia, grandeza y mística, seguirá llamándose así para millones de aficionados. Ya se disputaron tres de los cinco encuentros programados en el Coloso de Santa Úrsula y ahora llega la etapa decisiva, aquella en la que la Selección Mexicana tiene todo para convertir su casa en una auténtica fortaleza.

El equipo dirigido por Javier Aguirre no solo jugará como local; jugará en un escenario que históricamente ha impuesto condiciones a cualquiera. No importa si enfrente está una potencia europea, un gigante sudamericano (Ecuador es un equipo difícil, pero factible de vencer) o una selección africana de gran poder físico. El Azteca tiene argumentos propios para equilibrar cualquier diferencia futbolística.

El primero de ellos es la altura de la Ciudad de México. A más de 2,200 metros sobre el nivel del mar y aunque Quito, Ecuador, está todavía más arriba, pues muy pocos de sus seleccionados juegan en esa ciudad, el desgaste físico es mucho mayor para los visitantes. Los futbolistas que no están acostumbrados a esas condiciones requieren varios días para adaptarse y, aun así, el esfuerzo adicional termina reflejándose en el ritmo de juego durante los minutos decisivos. México, en cambio, conoce perfectamente el comportamiento del balón, la exigencia física y la administración de los esfuerzos en esa altitud.

El segundo factor es el propio estadio. El Azteca no intimida únicamente por su capacidad o por su arquitectura monumental; impone por todo lo que representa. Es el único estadio del mundo que ha albergado tres inauguraciones mundialistas y donde se escribieron algunas de las páginas más gloriosas de la historia del futbol. Cuando las tribunas están repletas, la energía que transmite la afición mexicana termina convirtiéndose en un jugador más dentro de la cancha.

Pero el principal argumento está sobre el césped.

Javier Aguirre probablemente dirige la mejor combinación generacional que ha tenido México en muchos años, no estamos diciendo que es el mejor combinado nacional de la historia, sino el que se ha amalgamado mejor entre los jovencitos y los más experimentados.  La experiencia de futbolistas como Raúl Jiménez, Edson Álvarez, Guillermo Ochoa y Jesús Gallardo, Cesar Montes, Johan Vázquez, Israel Reyes, Rafa Márquez (desde el banquillo) entre otros, aporta liderazgo, personalidad y manejo de los momentos de presión. Ellos conocen lo que significa disputar partidos de máxima exigencia y saben cómo administrar la tensión de un Mundial.

A ese núcleo se suma una generación que comienza a consolidarse con enorme personalidad. Jóvenes como Gil Mora, el Tilón Chávez, la Hormiga González, Brian Gutiérrez y otros talentos emergentes como Erick Lira, así como los extranjeros naturalizados como Álvaro Fidalgo Julián Quiñones. representan el relevo natural del futbol mexicano. Llegan sin complejos, con hambre de triunfo y con la velocidad e intensidad que exige el futbol moderno.

Quizá el activo más importante se encuentra en el banquillo.

Después de dirigir a México en dos Copas del Mundo, Javier Aguirre llega a esta tercera aventura con una madurez táctica mucho mayor. El Vasco entiende como pocos la lectura de los partidos, sabe modificar esquemas sobre la marcha y ha demostrado que no le tiembla la mano para tomar decisiones difíciles cuando el encuentro así lo exige.

Además, cuenta con un cuerpo técnico de primer nivel, donde destaca Rafael Márquez, uno de los mejores futbolistas en la historia del país, cuya experiencia mundialista y liderazgo complementan perfectamente el trabajo del seleccionador nacional.

Todo ello configura un escenario altamente favorable para el Tricolor.

No se trata de exceso de confianza ni de triunfalismo. Se trata de reconocer que México reúne condiciones objetivas para hacerse fuerte en casa: una localía históricamente determinante, una afición incomparable, un estadio que pesa en el ánimo de cualquier rival, una combinación equilibrada entre experiencia y juventud, y un entrenador que llega en el mejor momento de su carrera.

Los dos partidos restantes en el Azteca pueden convertirse en el trampolín que coloque a la Selección Nacional en el llamado sexto partido, esa barrera que durante décadas ha sido el gran pendiente del futbol mexicano y que significaría instalarse en la antesala de las semifinales de una Copa del Mundo.

Con ese escenario, con ese estadio y con este grupo de jugadores, México tiene argumentos suficientes para sostener una afirmación que hace algunos meses parecía impensable: en el Estadio Azteca no hay rival invencible. Por el contrario, es el Tricolor el que tiene todo para convertirse en un equipo prácticamente imbatible en el Coloso de Santa Úrsula.

La historia ya comenzó a escribirse. Ahora corresponde a Javier Aguirre y a sus futbolistas convertir esa fortaleza en una realidad que acerque a México al mejor Mundial de su historia.

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El apunte del director

  • El quinto partido está más cerca que nunca

    La Selección Mexicana de futbol se encuentra ante una oportunidad histórica. Después de que concluya la fase de grupos como líder de su sector tras imponerse con autoridad al representativo de Corea y de República Checa, el camino hacia el anhelado quinto partido luce más despejado que en cualquier otra Copa del Mundo.

    Durante décadas, el famoso "quinto partido" se convirtió en una especie de maldición para el futbol mexicano. Generaciones enteras de jugadores se quedaron a las puertas de romper esa barrera psicológica y deportiva que ha perseguido al Tricolor desde que se instauró el actual formato de competencia. Sin embargo, el Mundial de 2026 ofrece condiciones inéditas que pueden cambiar la historia.

    Hay que considerar para este apunte que, al ser 48 selecciones, pues el quinto partido en realidad sería el cuarto con menos equipos.

    Terminar en el primer lugar del grupo no es un detalle menor. Significa evitar en la siguiente ronda a una potencia mundial y enfrentar a un tercer lugar clasificado, un rival que, al menos en el papel, tendría menor jerarquía futbolística. Pero existe otro factor que juega a favor de México y que podría resultar determinante: la localía.

    El Estadio Azteca volverá a convertirse en el escenario de las grandes gestas nacionales. El Coloso de Santa Úrsula no es un estadio cualquiera. Su historia, su ambiente y sus más de dos mil metros de altitud sobre el nivel del mar representan una ventaja competitiva que pocas selecciones pueden presumir. Ahí han sufrido campeones del mundo, ahí se han escrito páginas legendarias del futbol internacional y ahí la Selección Mexicana suele multiplicar su rendimiento.

    Si los pronósticos se cumplen y México supera con éxito la ronda de eliminación directa frente al tercer lugar clasificado, el tan esperado quinto partido también se disputaría en el Azteca. Nuevamente, el Tricolor tendría de su lado a más de 80 mil aficionados convertidos en un auténtico jugador número doce, además de unas condiciones climáticas y geográficas que suelen incomodar a los visitantes.

    Por supuesto, a partir de los cuartos de final ya no existen rivales sencillos. Del otro lado aparecería una selección de primer nivel, una potencia acostumbrada a disputar las instancias definitivas de los mundiales. Sin embargo, incluso esos gigantes tendrían que enfrentar la presión de un estadio volcado completamente a favor del equipo mexicano y adaptarse a una altitud que históricamente ha sido un factor determinante.

    La ilusión, por primera vez en mucho tiempo, parece sustentarse en argumentos deportivos y no solamente en el entusiasmo de la afición. México ha mostrado orden táctico, personalidad y una generación de futbolistas que entiende la trascendencia de jugar un Mundial en casa. Además, el cuerpo técnico ha sabido gestionar la presión y aprovechar las ventajas que ofrece ser anfitrión.

    Por ello, no resulta exagerado pensar que el famoso quinto partido está al alcance de la mano. Más aún, existen condiciones reales para creer que el Tricolor puede ir más allá y buscar el sexto encuentro, una hazaña que colocaría a esta generación en el sitio más alto de la historia del futbol mexicano.

    El sueño ya no parece una utopía. El Azteca está listo, la afición está entregada y la Selección tiene el destino en sus manos. La oportunidad es inmejorable. Ahora corresponde al Tricolor convertir la ilusión de millones de mexicanos en una realidad que el país ha esperado durante décadas.