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Desde San Lázaro. La salud pública, la gran deuda de la 4T. Por: Alejo Sánchez Cano

07 Jul 2026
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Desde San Lázaro. La salud pública, la gran deuda de la 4T. Por: Alejo Sánchez Cano Imagen tomada de: https://x.com/mexevalua

Uno de los compromisos más emblemáticos de la Cuarta Transformación fue construir un sistema de salud "como el de Dinamarca". A casi ocho años del inicio del proyecto político y a dos del actual gobierno, los indicadores muestran una realidad diametralmente opuesta. Enfermarse en México es hoy más caro, el acceso a los servicios médicos públicos se ha deteriorado y millones de mexicanos han optado por atenderse con recursos propios ante la insuficiencia del sistema gubernamental.

Los datos del más reciente análisis de México Evalúa son contundentes y deberían encender las alarmas en el Congreso de la Unión, donde en unos meses comenzará la discusión del Presupuesto de Egresos de la Federación para 2027.

La organización documenta que el gasto de bolsillo destinado a la atención médica aumentó 41 por ciento, al pasar de 1,135 pesos trimestrales por persona a 1,605 pesos. Detrás de esa cifra existe una realidad preocupante: millones de familias deben destinar una parte cada vez mayor de sus ingresos para consultas médicas, medicamentos, estudios clínicos y hospitalización porque el sistema público simplemente no responde.

Cuando una familia tiene que pagar por aquello que el Estado debería garantizar, el problema deja de ser financiero y se convierte en un problema de política pública y de inclusión social.

El segundo dato es todavía más grave.

Más de 40 millones de mexicanos carecen actualmente de acceso efectivo a servicios de salud, más del doble de los registrados hace seis años. Es decir, lejos de ampliar la cobertura médica, México ha retrocedido en uno de los derechos fundamentales consagrados en la Constitución.

Este deterioro no ocurrió por casualidad.

La desaparición del Seguro Popular, que brindaba cobertura a millones de personas sin seguridad social, dejó un vacío que ni el INSABI primero ni el IMSS-Bienestar después han logrado llenar plenamente. La transición institucional estuvo marcada por improvisaciones, cambios constantes de modelo, insuficiencia presupuestal y problemas de coordinación entre la Federación y los estados.

También hay una buena dosis de ineptitud y corrupción.

Los resultados están a la vista.

Otro indicador de México Evalúa revela que siete de cada diez mexicanos prefieren atenderse fuera del sistema público, recurriendo a consultorios privados, farmacias o clínicas particulares, aun cuando ello implique un sacrificio económico considerable.

La razón es sencilla.

Las largas listas de espera, el desabasto de medicamentos, la falta de especialistas, la insuficiencia de equipo médico, las citas diferidas por meses y la saturación hospitalaria han deteriorado la confianza ciudadana en los servicios públicos de salud.

No se trata de una percepción.

Las propias cifras oficiales muestran que miles de pacientes esperan semanas o meses para consultas de especialidad y procedimientos quirúrgicos. Mientras tanto, quienes tienen posibilidades económicas pagan atención privada; quienes no las tienen simplemente posponen su tratamiento o renuncian a recibirlo.

Las consecuencias sociales son enormes.

Una enfermedad inesperada puede significar la pérdida del patrimonio familiar. Muchas personas recurren a préstamos, venden bienes o reducen otros gastos esenciales para poder comprar medicamentos o cubrir una intervención médica.

El gasto catastrófico en salud, precisamente el que el Estado debería evitar, vuelve a convertirse en una realidad para millones de hogares.

Paradójicamente, el gobierno insiste en sostener que el sistema avanza.

El primer paso para resolver cualquier problema consiste en reconocer su existencia. Sin embargo, el oficialismo continúa privilegiando el discurso político sobre el diagnóstico técnico. Mientras organizaciones especializadas, académicos, universidades y organismos nacionales documentan el deterioro de los servicios, la narrativa gubernamental insiste en hablar de una transformación exitosa.

Negar la realidad no mejora los hospitales.

Tampoco abastece las farmacias, contrata médicos especialistas ni reduce los tiempos de espera.

La política pública en salud exige planeación de largo plazo, inversiones sostenidas y decisiones basadas en evidencia científica, no ocurrencias administrativas ni cambios de modelo cada sexenio.

México requiere fortalecer la atención primaria, modernizar hospitales, renovar equipos médicos, garantizar el suministro permanente de medicamentos, ampliar la formación de especialistas y consolidar un sistema nacional verdaderamente articulado entre IMSS, ISSSTE, IMSS-Bienestar y los servicios estatales de salud.

Todo ello demanda recursos.

Por eso será fundamental observar qué lugar ocupa la salud pública dentro del Presupuesto de Egresos de 2027. El Congreso no puede seguir aprobando asignaciones insuficientes mientras millones de mexicanos enfrentan crecientes dificultades para ejercer un derecho constitucional.

Los datos son irrefutables: enfermarse cuesta más, la cobertura disminuyó, el gasto familiar aumentó y la confianza en los servicios públicos sigue deteriorándose.

La salud pública no puede seguir siendo una promesa de campaña. Debe convertirse, de una vez por todas, en la prioridad presupuestal y política de la autollamada Cuarta transformación o será, acaso, una transformación de cuarta.

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El apunte del director

  • El quinto partido está más cerca que nunca

    La Selección Mexicana de futbol se encuentra ante una oportunidad histórica. Después de que concluya la fase de grupos como líder de su sector tras imponerse con autoridad al representativo de Corea y de República Checa, el camino hacia el anhelado quinto partido luce más despejado que en cualquier otra Copa del Mundo.

    Durante décadas, el famoso "quinto partido" se convirtió en una especie de maldición para el futbol mexicano. Generaciones enteras de jugadores se quedaron a las puertas de romper esa barrera psicológica y deportiva que ha perseguido al Tricolor desde que se instauró el actual formato de competencia. Sin embargo, el Mundial de 2026 ofrece condiciones inéditas que pueden cambiar la historia.

    Hay que considerar para este apunte que, al ser 48 selecciones, pues el quinto partido en realidad sería el cuarto con menos equipos.

    Terminar en el primer lugar del grupo no es un detalle menor. Significa evitar en la siguiente ronda a una potencia mundial y enfrentar a un tercer lugar clasificado, un rival que, al menos en el papel, tendría menor jerarquía futbolística. Pero existe otro factor que juega a favor de México y que podría resultar determinante: la localía.

    El Estadio Azteca volverá a convertirse en el escenario de las grandes gestas nacionales. El Coloso de Santa Úrsula no es un estadio cualquiera. Su historia, su ambiente y sus más de dos mil metros de altitud sobre el nivel del mar representan una ventaja competitiva que pocas selecciones pueden presumir. Ahí han sufrido campeones del mundo, ahí se han escrito páginas legendarias del futbol internacional y ahí la Selección Mexicana suele multiplicar su rendimiento.

    Si los pronósticos se cumplen y México supera con éxito la ronda de eliminación directa frente al tercer lugar clasificado, el tan esperado quinto partido también se disputaría en el Azteca. Nuevamente, el Tricolor tendría de su lado a más de 80 mil aficionados convertidos en un auténtico jugador número doce, además de unas condiciones climáticas y geográficas que suelen incomodar a los visitantes.

    Por supuesto, a partir de los cuartos de final ya no existen rivales sencillos. Del otro lado aparecería una selección de primer nivel, una potencia acostumbrada a disputar las instancias definitivas de los mundiales. Sin embargo, incluso esos gigantes tendrían que enfrentar la presión de un estadio volcado completamente a favor del equipo mexicano y adaptarse a una altitud que históricamente ha sido un factor determinante.

    La ilusión, por primera vez en mucho tiempo, parece sustentarse en argumentos deportivos y no solamente en el entusiasmo de la afición. México ha mostrado orden táctico, personalidad y una generación de futbolistas que entiende la trascendencia de jugar un Mundial en casa. Además, el cuerpo técnico ha sabido gestionar la presión y aprovechar las ventajas que ofrece ser anfitrión.

    Por ello, no resulta exagerado pensar que el famoso quinto partido está al alcance de la mano. Más aún, existen condiciones reales para creer que el Tricolor puede ir más allá y buscar el sexto encuentro, una hazaña que colocaría a esta generación en el sitio más alto de la historia del futbol mexicano.

    El sueño ya no parece una utopía. El Azteca está listo, la afición está entregada y la Selección tiene el destino en sus manos. La oportunidad es inmejorable. Ahora corresponde al Tricolor convertir la ilusión de millones de mexicanos en una realidad que el país ha esperado durante décadas.