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Desde San Lázaro ¿Tú le confiarías tu vida a Brugada? Por: Alejo Sánchez Cano Destacado

06 Jul 2026
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Desde San Lázaro ¿Tú le confiarías tu vida a Brugada? Por: Alejo Sánchez Cano Imagen tomada de: https://x.com/ClaraBrugadaM

La respuesta de millones de capitalinos probablemente sea un rotundo no. Los hechos hablan por sí solos.

La tragedia ocurrida durante los festejos por la victoria de la Selección Mexicana, que dejó cuatro personas fallecidas, no fue producto de la mala suerte ni de un accidente inevitable. Fue consecuencia de la improvisación, de la falta de planeación y de la incapacidad del Gobierno de la Ciudad de México para proteger un evento cuya asistencia multitudinaria era perfectamente previsible.

Lo más grave vino después.

Mientras el gobierno de Clara Brugada intentaba contener el costo político de la tragedia, la propia titular de Protección Civil de la Ciudad de México, Myriam Vilma Urzúa Venegas, reconoció públicamente que “no se implementó un operativo específico de Protección Civil para las celebraciones”. La confesión resulta demoledora, porque equivale a admitir que una concentración de cientos de miles de personas se realizó sin el instrumento básico de prevención que cualquier autoridad responsable habría desplegado.

No existe mayor prueba de negligencia administrativa.

Durante días, el gobierno capitalino alentó a los aficionados a acudir al Zócalo, al Ángel de la Independencia y a Paseo de la Reforma para celebrar los triunfos del Tricolor. La convocatoria oficial fue amplia y permanente. Pero cuando la multitud rebasó cualquier capacidad de control, las autoridades simplemente fueron arrastradas por los acontecimientos.

Primero invitaron a la gente.

Después descubrieron que no tenían capacidad para protegerla.

Y sólo cuando ocurrió la tragedia aparecieron los protocolos, los filtros de acceso, las rutas de evacuación, el control de aforos y un impresionante despliegue policiaco y de protección civil que debió existir desde el primer minuto de las celebraciones.

Una vez más, el gobierno actuó después del niño ahogado.

La pregunta resulta inevitable: ¿si sabían que cientos de miles de personas acudirían a los puntos tradicionales de celebración, por qué no existió un operativo integral desde el inicio? ¿Quién tomó esa decisión? ¿Quién asumirá la responsabilidad política por las cuatro vidas perdidas?

Porque las responsabilidades no pueden diluirse entre comunicados oficiales.

Gobernar la capital del país exige capacidad para anticipar riesgos, no únicamente para administrar crisis. Y esa capacidad simplemente no apareció.

El Mundial dejó una postal incómoda para la administración de Clara Brugada. Más allá de la fiesta futbolística, quedó exhibida la fragilidad de un gobierno que volvió a privilegiar la narrativa política sobre la planeación técnica.

En los próximos meses conoceremos cuánto costó ajolotizar la Ciudad de México para recibir al mundo. Miles de millones de pesos destinados a, imagen, propaganda política y operativos especiales malogrados.

Pero ninguna cifra devolverá la vida a quienes fallecieron.

Qué quedará después del mundial de fut, además de las hazañas de los futbolistas mexicanos, una capital disfuncional y asentada en las rodillas de autoridades improvisadas e incapaces. 

Ese episodio marcará inevitablemente el debate político rumbo a las elecciones del próximo año. La oposición encontrará en este caso un ejemplo de improvisación gubernamental, mientras el oficialismo intentará minimizar los hechos. Sin embargo, serán los ciudadanos quienes emitan el veredicto en las urnas.

Porque la confianza también se vota.

Mientras tanto, terminó el llamado "minimundial" en territorio mexicano. Se apagaron los reflectores, concluyeron las celebraciones y la realidad volvió a imponerse. El país enfrenta nuevamente los desafíos de siempre: una economía desacelerada, incertidumbre sobre la revisión del Tratado entre México, Estados Unidos y Canadá y un gobierno obligado a responder por problemas que ya no pueden esconderse detrás de la euforia futbolística.

La gran lección que deja esta tragedia es sencilla: un gobierno que no puede garantizar la seguridad de una celebración multitudinaria difícilmente convencerá a los ciudadanos de que puede protegerlos en los desafíos mucho más complejos que enfrenta diariamente una zona metropolitana de más de veinte millones de habitantes.

Ni la titular del gobierno capitalino ha mostrado los tamaños necesarios para estar al frente de esta responsabilidad, ni sus principales colaboradores han estado a la altura de las circunstancias. Si el oficialismo quiere mantener el poder en la metrópoli, deberá intervenir la Jefa del Poder Ejecutivo Federal para evitar una catástrofe electoral en las elecciones del próximo año en donde, es una realidad, ya no tendrán el control en más de la mitad de las alcaldías de la CDMX.

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El apunte del director

  • El quinto partido está más cerca que nunca

    La Selección Mexicana de futbol se encuentra ante una oportunidad histórica. Después de que concluya la fase de grupos como líder de su sector tras imponerse con autoridad al representativo de Corea y de República Checa, el camino hacia el anhelado quinto partido luce más despejado que en cualquier otra Copa del Mundo.

    Durante décadas, el famoso "quinto partido" se convirtió en una especie de maldición para el futbol mexicano. Generaciones enteras de jugadores se quedaron a las puertas de romper esa barrera psicológica y deportiva que ha perseguido al Tricolor desde que se instauró el actual formato de competencia. Sin embargo, el Mundial de 2026 ofrece condiciones inéditas que pueden cambiar la historia.

    Hay que considerar para este apunte que, al ser 48 selecciones, pues el quinto partido en realidad sería el cuarto con menos equipos.

    Terminar en el primer lugar del grupo no es un detalle menor. Significa evitar en la siguiente ronda a una potencia mundial y enfrentar a un tercer lugar clasificado, un rival que, al menos en el papel, tendría menor jerarquía futbolística. Pero existe otro factor que juega a favor de México y que podría resultar determinante: la localía.

    El Estadio Azteca volverá a convertirse en el escenario de las grandes gestas nacionales. El Coloso de Santa Úrsula no es un estadio cualquiera. Su historia, su ambiente y sus más de dos mil metros de altitud sobre el nivel del mar representan una ventaja competitiva que pocas selecciones pueden presumir. Ahí han sufrido campeones del mundo, ahí se han escrito páginas legendarias del futbol internacional y ahí la Selección Mexicana suele multiplicar su rendimiento.

    Si los pronósticos se cumplen y México supera con éxito la ronda de eliminación directa frente al tercer lugar clasificado, el tan esperado quinto partido también se disputaría en el Azteca. Nuevamente, el Tricolor tendría de su lado a más de 80 mil aficionados convertidos en un auténtico jugador número doce, además de unas condiciones climáticas y geográficas que suelen incomodar a los visitantes.

    Por supuesto, a partir de los cuartos de final ya no existen rivales sencillos. Del otro lado aparecería una selección de primer nivel, una potencia acostumbrada a disputar las instancias definitivas de los mundiales. Sin embargo, incluso esos gigantes tendrían que enfrentar la presión de un estadio volcado completamente a favor del equipo mexicano y adaptarse a una altitud que históricamente ha sido un factor determinante.

    La ilusión, por primera vez en mucho tiempo, parece sustentarse en argumentos deportivos y no solamente en el entusiasmo de la afición. México ha mostrado orden táctico, personalidad y una generación de futbolistas que entiende la trascendencia de jugar un Mundial en casa. Además, el cuerpo técnico ha sabido gestionar la presión y aprovechar las ventajas que ofrece ser anfitrión.

    Por ello, no resulta exagerado pensar que el famoso quinto partido está al alcance de la mano. Más aún, existen condiciones reales para creer que el Tricolor puede ir más allá y buscar el sexto encuentro, una hazaña que colocaría a esta generación en el sitio más alto de la historia del futbol mexicano.

    El sueño ya no parece una utopía. El Azteca está listo, la afición está entregada y la Selección tiene el destino en sus manos. La oportunidad es inmejorable. Ahora corresponde al Tricolor convertir la ilusión de millones de mexicanos en una realidad que el país ha esperado durante décadas.