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Desde San Lázaro. ¿Se equivocó Miguel Hidalgo? Por: Alejo Sánchez Cano Destacado

21 Jul 2026
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Desde San Lázaro. ¿Se equivocó Miguel Hidalgo? Por: Alejo Sánchez Cano Imagen tomada de: https://x.com

Si Miguel Hidalgo hubiera sabido que España ganaría el Mundial de Futbol de 2026, quizá habría pensado dos veces aquello de iniciar la lucha de Independencia. Imagine usted lo que habría sido México en estos días si todavía formáramos parte de la Madre Patria: una auténtica locura nacional celebrando el segundo campeonato mundial de La Roja.

Hasta ahí la mala broma.

Porque más allá de la anécdota, el Mundial dejó para México lecciones que trascienden las canchas y que deberían ser analizadas con seriedad desde el poder. La principal es contundente: el futbol consiguió durante varias semanas algo que la política mexicana parece empeñada en destruir todos los días: unir al país.

Por unas horas desaparecieron chairos y fifís, conservadores y progresistas, ricos y pobres. En las calles de la Ciudad de México, Guadalajara, Monterrey y muchas otras ciudades, miles de mexicanos se reconocieron bajo una misma bandera.

Esa quizá sea la enseñanza política más importante que dejó el Mundial: México no está condenado a vivir dividido.

La Selección Nacional contribuyó, desde luego, a esa cohesión colectiva con una actuación que despertó expectativas y llevó a multitudes a las calles. El futbol funcionó como válvula de escape para una sociedad agobiada por la inseguridad, las dificultades económicas y una confrontación política permanente.

Pero el balance del Mundial también tiene claroscuros.

Las expectativas económicas que se construyeron alrededor del torneo deberán confrontarse ahora con los resultados reales. Durante meses se habló de millones de visitantes, derrama económica extraordinaria y beneficios históricos para los sectores hotelero, restaurantero y comercial. Corresponderá a las autoridades presentar las cifras definitivas y demostrar cuánto de aquella narrativa se convirtió realmente en ingresos para el país y cuánto quedó simplemente en propaganda.

En la Ciudad de México, particularmente, el balance exige una revisión profunda.

El gobierno de Clara Brugada destinó importantes recursos a preparar la capital para el Mundial. Hubo señalética, balizamiento, intervenciones urbanas, figuras monumentales de ajolotes y remodelaciones en distintos puntos. Tan sólo en balizamiento y señalética se reconoció oficialmente una inversión de 84 millones de pesos, además de 20 mil millones de pesos en su paso peatonal de calzada de Tlalpan y otras obras de relumbrón.

La pregunta inevitable es si ese gasto dejó infraestructura permanente para los habitantes o si buena parte terminó convertida en escenografía mundialista de corta duración.

Mucho más grave fue el saldo humano.

Autoridades capitalinas confirmaron cinco fallecimientos relacionados con el contexto de las celebraciones mundialistas; cuatro de ellos ocurrieron después del triunfo de México sobre Ecuador, cuando multitudes desbordaron la zona del Ángel de la Independencia. Tres personas murieron por asfixia en medio de las concentraciones. Una fiesta nacional terminó convertida parcialmente en tragedia.

Estos hechos no pueden despacharse únicamente con condolencias oficiales ni con llamados a celebrar responsablemente. Cuando una autoridad convoca, permite o tolera concentraciones multitudinarias, tiene la obligación de establecer protocolos de protección civil, rutas de evacuación, controles de aforo y dispositivos capaces de reaccionar ante una emergencia.

La alegría popular no exime al gobierno de su responsabilidad.

El Mundial terminó finalmente con España levantando su segunda Copa del Mundo después de derrotar 1-0 a Argentina en tiempo extra. En la ceremonia de premiación estuvieron los mandatarios de los tres países anfitriones: Claudia Sheinbaum, Donald Trump y el primer ministro canadiense Mark Carney, junto con el presidente de la FIFA, Gianni Infantino y por supuesto con el rey de España, Felipe VI y su esposa, el presidente español Pedro Sánchez, entre otros.

Para la presidenta mexicana, la fotografía tuvo un enorme valor político.

En momentos particularmente complejos para la relación bilateral con Estados Unidos, compartir el escenario internacional con Trump representó una oportunidad excepcional para mantener abiertos los canales de interlocución. Los grandes eventos internacionales también sirven para eso: para practicar una diplomacia que muchas veces ocurre lejos de los comunicados oficiales y cerca de las conversaciones personales.

El Mundial se acabó. Las luces de los estadios comenzarán a apagarse y llegará el momento de hacer cuentas.

Pero existe una conclusión que difícilmente podrá discutirse.

Durante varias semanas, millones de mexicanos demostraron que pueden celebrar juntos, emocionarse juntos y reconocerse como parte de una misma nación.

La política debería tomar nota.

Porque mientras desde el poder se insiste frecuentemente en dividir a los mexicanos, el futbol demostró exactamente lo contrario: que la sociedad mexicana conserva una poderosa capacidad de unidad.

Tal vez Miguel Hidalgo no la regó tanto después de todo. España se quedó con la Copa del Mundo.

México, si sabe entender el mensaje que dejaron estas semanas, podría quedarse con algo mucho más importante: la certeza de que la unidad nacional todavía es posible.

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El apunte del director

  • El quinto partido está más cerca que nunca

    La Selección Mexicana de futbol se encuentra ante una oportunidad histórica. Después de que concluya la fase de grupos como líder de su sector tras imponerse con autoridad al representativo de Corea y de República Checa, el camino hacia el anhelado quinto partido luce más despejado que en cualquier otra Copa del Mundo.

    Durante décadas, el famoso "quinto partido" se convirtió en una especie de maldición para el futbol mexicano. Generaciones enteras de jugadores se quedaron a las puertas de romper esa barrera psicológica y deportiva que ha perseguido al Tricolor desde que se instauró el actual formato de competencia. Sin embargo, el Mundial de 2026 ofrece condiciones inéditas que pueden cambiar la historia.

    Hay que considerar para este apunte que, al ser 48 selecciones, pues el quinto partido en realidad sería el cuarto con menos equipos.

    Terminar en el primer lugar del grupo no es un detalle menor. Significa evitar en la siguiente ronda a una potencia mundial y enfrentar a un tercer lugar clasificado, un rival que, al menos en el papel, tendría menor jerarquía futbolística. Pero existe otro factor que juega a favor de México y que podría resultar determinante: la localía.

    El Estadio Azteca volverá a convertirse en el escenario de las grandes gestas nacionales. El Coloso de Santa Úrsula no es un estadio cualquiera. Su historia, su ambiente y sus más de dos mil metros de altitud sobre el nivel del mar representan una ventaja competitiva que pocas selecciones pueden presumir. Ahí han sufrido campeones del mundo, ahí se han escrito páginas legendarias del futbol internacional y ahí la Selección Mexicana suele multiplicar su rendimiento.

    Si los pronósticos se cumplen y México supera con éxito la ronda de eliminación directa frente al tercer lugar clasificado, el tan esperado quinto partido también se disputaría en el Azteca. Nuevamente, el Tricolor tendría de su lado a más de 80 mil aficionados convertidos en un auténtico jugador número doce, además de unas condiciones climáticas y geográficas que suelen incomodar a los visitantes.

    Por supuesto, a partir de los cuartos de final ya no existen rivales sencillos. Del otro lado aparecería una selección de primer nivel, una potencia acostumbrada a disputar las instancias definitivas de los mundiales. Sin embargo, incluso esos gigantes tendrían que enfrentar la presión de un estadio volcado completamente a favor del equipo mexicano y adaptarse a una altitud que históricamente ha sido un factor determinante.

    La ilusión, por primera vez en mucho tiempo, parece sustentarse en argumentos deportivos y no solamente en el entusiasmo de la afición. México ha mostrado orden táctico, personalidad y una generación de futbolistas que entiende la trascendencia de jugar un Mundial en casa. Además, el cuerpo técnico ha sabido gestionar la presión y aprovechar las ventajas que ofrece ser anfitrión.

    Por ello, no resulta exagerado pensar que el famoso quinto partido está al alcance de la mano. Más aún, existen condiciones reales para creer que el Tricolor puede ir más allá y buscar el sexto encuentro, una hazaña que colocaría a esta generación en el sitio más alto de la historia del futbol mexicano.

    El sueño ya no parece una utopía. El Azteca está listo, la afición está entregada y la Selección tiene el destino en sus manos. La oportunidad es inmejorable. Ahora corresponde al Tricolor convertir la ilusión de millones de mexicanos en una realidad que el país ha esperado durante décadas.