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Desde San Lázaro. El heredero del obradorato. Por: Alejo Sánchez Cano Destacado

04 Ago 2026
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Desde San Lázaro. El heredero del obradorato. Por: Alejo Sánchez Cano Imagen tomada de: https://x.com/

Apenas ayer comentábamos en este espacio la pasividad del Instituto Nacional Electoral frente a los evidentes actos anticipados de campaña en que han incurrido Morena y buena parte de sus aspirantes rumbo a las elecciones intermedias de 2027. Mientras el árbitro electoral observa impasible, el partido en el poder ha decidido convertir al país en un enorme escenario de promoción política permanente.

Y bastaron unas cuantas horas para confirmar esa tesis.

Andrés Manuel López Beltrán, mejor conocido como Andy, inició de facto su propia campaña política, sin reparar en que la legislación electoral establece tiempos precisos para la promoción de aspirantes y candidatos. La ley es muy clara: las campañas no pueden adelantarse al calendario electoral. Sin embargo, en la práctica parece existir una legislación para la oposición y otra muy distinta para Morena.

No se trata únicamente de una eventual candidatura a diputado federal por el sexto distrito de Tabasco. Lo que realmente comenzó es la construcción de un proyecto sucesorio cuidadosamente diseñado desde hace años.

Quienes conocen los entretelones del movimiento obradorista sostienen que Andrés Manuel López Obrador trazó desde hace tiempo la ruta política de su hijo. El primer escalón sería una diputación federal; posteriormente, la gubernatura de Tabasco y, finalmente, la candidatura presidencial de Morena en 2030 para suceder a Claudia Sheinbaum y garantizar la continuidad del llamado obradorato.

Esa sería la hoja de ruta.

Otra cosa muy distinta es que pueda concretarse.

Porque en política los deseos personales no siempre coinciden con la realidad.

Andy López Beltrán enfrenta obstáculos que difícilmente podrán resolverse únicamente con el respaldo de su padre. El primero se encuentra dentro de Morena, donde conviven grupos políticos con intereses propios y donde no todos están dispuestos a aceptar la instauración de una sucesión de carácter familiar.

La lucha por la candidatura presidencial de 2030 apenas comienza y ya aparecen otros nombres con peso específico dentro del oficialismo.

En ese escenario, resulta inevitable mencionar que Sheinbaum también construye su propio grupo político. En los corrillos del poder se mencionan con frecuencia al secretario de Seguridad, Omar García Harfuch, como una de las figuras mejor posicionadas del gabinete, así como a la secretaria de Energía, María Elena González, quienes forman parte del círculo de mayor confianza de la mandataria y también está el sempiterno candidato Marcelo Ebrard.

Eso conlleva que la sucesión presidencial no dependerá exclusivamente de la voluntad de López Obrador.

Existe además otro factor que podría complicar seriamente las aspiraciones de Andy López Beltrán.

Su nombre ha aparecido en distintos señalamientos y versiones políticas relacionados con investigaciones abiertas en Estados Unidos. Independientemente de que dichas acusaciones hayan derivado o no en responsabilidades legales acreditadas, el simple hecho de que existan expedientes o versiones que lo involucren representa un enorme pasivo político para cualquier proyecto presidencial.

La oposición, por supuesto, no desaprovechará esa circunstancia.

Cada aparición pública, cada gira y cada acto de promoción política será sometido a un intenso escrutinio nacional e internacional.

Además, Andy no se ayuda. En lugar de consolidar una imagen de prudencia institucional, decidió colocarse desde ahora en el centro del debate por presuntos actos anticipados de campaña, ofreciendo a sus adversarios los primeros argumentos para cuestionar la legalidad de su actuación.

La estrategia parece innecesariamente precipitada.

Si el INE mantiene una actitud de tolerancia frente a los actos anticipados del oficialismo, difícilmente podrá exigir el cumplimiento estricto de la ley a los partidos de oposición cuando llegue su momento.

La imparcialidad del árbitro comienza precisamente aplicando las mismas reglas para todos.

Mientras tanto, desde su retiro en Palenque, Andrés Manuel López Obrador observa cómo empieza a tomar forma el proyecto político que, según muchos dentro y fuera de Morena, busca prolongar su influencia más allá del sexenio de Claudia Sheinbaum.

El objetivo sería preservar el obradorato como fuerza dominante durante varias décadas.

Sin embargo, la política mexicana ha demostrado una y otra vez que las sucesiones nunca son automáticas.

Los liderazgos no se heredan por decreto, el carisma no se transmite por parentesco y el respaldo popular tampoco se construye únicamente con un apellido.

Porque una cosa es el proyecto político imaginado desde Palenque y otra, muy distinta, será la decisión que tomen los militantes de Morena, las circunstancias políticas de 2030 y, sobre todo, los millones de mexicanos que tendrán la última palabra en las urnas.

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El apunte del director

  • El quinto partido está más cerca que nunca

    La Selección Mexicana de futbol se encuentra ante una oportunidad histórica. Después de que concluya la fase de grupos como líder de su sector tras imponerse con autoridad al representativo de Corea y de República Checa, el camino hacia el anhelado quinto partido luce más despejado que en cualquier otra Copa del Mundo.

    Durante décadas, el famoso "quinto partido" se convirtió en una especie de maldición para el futbol mexicano. Generaciones enteras de jugadores se quedaron a las puertas de romper esa barrera psicológica y deportiva que ha perseguido al Tricolor desde que se instauró el actual formato de competencia. Sin embargo, el Mundial de 2026 ofrece condiciones inéditas que pueden cambiar la historia.

    Hay que considerar para este apunte que, al ser 48 selecciones, pues el quinto partido en realidad sería el cuarto con menos equipos.

    Terminar en el primer lugar del grupo no es un detalle menor. Significa evitar en la siguiente ronda a una potencia mundial y enfrentar a un tercer lugar clasificado, un rival que, al menos en el papel, tendría menor jerarquía futbolística. Pero existe otro factor que juega a favor de México y que podría resultar determinante: la localía.

    El Estadio Azteca volverá a convertirse en el escenario de las grandes gestas nacionales. El Coloso de Santa Úrsula no es un estadio cualquiera. Su historia, su ambiente y sus más de dos mil metros de altitud sobre el nivel del mar representan una ventaja competitiva que pocas selecciones pueden presumir. Ahí han sufrido campeones del mundo, ahí se han escrito páginas legendarias del futbol internacional y ahí la Selección Mexicana suele multiplicar su rendimiento.

    Si los pronósticos se cumplen y México supera con éxito la ronda de eliminación directa frente al tercer lugar clasificado, el tan esperado quinto partido también se disputaría en el Azteca. Nuevamente, el Tricolor tendría de su lado a más de 80 mil aficionados convertidos en un auténtico jugador número doce, además de unas condiciones climáticas y geográficas que suelen incomodar a los visitantes.

    Por supuesto, a partir de los cuartos de final ya no existen rivales sencillos. Del otro lado aparecería una selección de primer nivel, una potencia acostumbrada a disputar las instancias definitivas de los mundiales. Sin embargo, incluso esos gigantes tendrían que enfrentar la presión de un estadio volcado completamente a favor del equipo mexicano y adaptarse a una altitud que históricamente ha sido un factor determinante.

    La ilusión, por primera vez en mucho tiempo, parece sustentarse en argumentos deportivos y no solamente en el entusiasmo de la afición. México ha mostrado orden táctico, personalidad y una generación de futbolistas que entiende la trascendencia de jugar un Mundial en casa. Además, el cuerpo técnico ha sabido gestionar la presión y aprovechar las ventajas que ofrece ser anfitrión.

    Por ello, no resulta exagerado pensar que el famoso quinto partido está al alcance de la mano. Más aún, existen condiciones reales para creer que el Tricolor puede ir más allá y buscar el sexto encuentro, una hazaña que colocaría a esta generación en el sitio más alto de la historia del futbol mexicano.

    El sueño ya no parece una utopía. El Azteca está listo, la afición está entregada y la Selección tiene el destino en sus manos. La oportunidad es inmejorable. Ahora corresponde al Tricolor convertir la ilusión de millones de mexicanos en una realidad que el país ha esperado durante décadas.