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Desde San Lázaro. Empiecen con las mañaneras. Por: Alejo Sánchez Cano Destacado

11 Ago 2026
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Desde San Lázaro. Empiecen con las mañaneras. Por: Alejo Sánchez Cano Imagen tomada de: https://x.com/GobiernoMX

El llamado derecho de las audiencias puede convertirse, bajo el control del poder político, en una peligrosa puerta de entrada a la censura. Y cuando un gobierno pretende asumir directa o indirectamente la facultad de determinar cómo deben informar los medios, cómo deben diferenciar información de opinión y cuáles son los límites de sus contenidos, entonces las luces de alarma de cualquier democracia deberían encenderse.

Las audiencias tienen derechos. Por supuesto que los tienen. El problema aparece cuando esos derechos son utilizados como pretexto para construir instrumentos que permitan al Estado convertirse en árbitro de la información.

¿Quién decidirá qué es información y qué es opinión? ¿Quién establecerá cuándo un comentario rebasa determinada frontera? ¿Quién calificará la objetividad, imparcialidad o veracidad de un contenido? Y, sobre todo, ¿quién impedirá que esas facultades sean utilizadas para castigar a los medios incómodos y premiar a los dóciles?

Ahí está el verdadero peligro.

Los gobiernos autoritarios rara vez anuncian que van a censurar. Generalmente construyen primero un andamiaje jurídico revestido de buenas intenciones: proteger derechos, combatir noticias falsas, democratizar la información, evitar abusos o defender a las audiencias. Después vienen las sanciones, las presiones administrativas y económicas y, finalmente, la censura.

México debe impedir que esa puerta siquiera se entreabra.

Porque si el oficialismo está tan preocupado por la calidad, veracidad y responsabilidad de la información que reciben los mexicanos, debería comenzar por aplicar esos principios en casa.

Las mañaneras son probablemente el espacio de comunicación política con mayor capacidad de penetración del país. Se realizan con recursos públicos, utilizan infraestructura del Estado y sus contenidos son reproducidos durante horas por medios tradicionales, plataformas digitales y redes sociales.

Por tanto, quienes las escuchan también son audiencias.

¿Por qué entonces los derechos que pretenden imponerse a los concesionarios no empiezan por respetarse escrupulosamente en la comunicación gubernamental?

Desde las mañaneras se mezclan información oficial, opinión política, propaganda, mentiras, ataques a opositores, descalificaciones contra periodistas y empresarios, interpretaciones partidistas y acusaciones que, en ocasiones, se lanzan sin que los señalados tengan oportunidad inmediata de responder desde esa misma tribuna.

Allí hay mucho trabajo para los defensores del derecho de las audiencias.

Si se pretende obligar a un conductor de radio o televisión a distinguir claramente cuándo informa y cuándo opina, habría que comenzar por colocar esa misma vara frente al micrófono presidencial.

¿O acaso los derechos de las audiencias solamente existen cuando conviene aplicarlos a los medios privados?

El gobierno no puede convertirse simultáneamente en productor de información, protagonista de la noticia, regulador de los medios y juez de quienes lo critican.

La democracia funciona exactamente al revés: son los medios y los ciudadanos quienes deben vigilar al gobierno, no el gobierno quien determine cómo deben vigilarlo.

Porque no existe democracia cuando un funcionario puede decidir cuál opinión es correcta.

Tampoco cuando el gobierno establece qué información merece difundirse o bajo qué criterios debe presentarse.

Mucho menos cuando semejante poder queda en manos de quienes diariamente participan en la batalla política.

La libertad de expresión existe precisamente para proteger la crítica, la investigación incómoda, la denuncia, la sátira, la opinión feroz y hasta las ideas que pueden parecernos equivocadas.

La respuesta frente a una mala opinión debe ser otra opinión. Frente a una información falsa, datos comprobables. Frente a un abuso, las leyes existentes. Nunca la censura.

El poder público debe entender además que la información pertenece a los ciudadanos, no al gobierno.

Los medios podrán equivocarse y los periodistas también. Para eso existen la crítica pública, el derecho de réplica, los tribunales y, sobre todo, la libertad que tiene cada ciudadano de cambiar de estación, canal, periódico o plataforma.

Por eso, si desde la 4T realmente quieren dignificar el derecho de las audiencias, tienen frente a ellos una extraordinaria oportunidad.

Que empiecen por las mañaneras.

Que documenten sus afirmaciones, separen propaganda de información institucional, respeten el derecho de réplica, corrijan públicamente los datos falsos o inexactos y terminen con la utilización de una plataforma financiada por todos los mexicanos para denostar a quienes piensan diferente.

La democracia mexicana costó décadas de lucha precisamente para desmontar aquel viejo régimen donde desde el poder se pretendía administrar la información, premiar a los medios amigos y castigar a los críticos, tal como ahora se hace.

Sería una tragedia regresar al mismo punto con otro nombre, otro partido y argumentos desgastados

Ya saquen las manos de los medios de comunicación, ahora corriendo a periodistas, luego, la censura y represión.

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El apunte del director

  • Agosto 2026

    NO A LA CENSURA

    La libertad de expresión y el derecho a la información no son concesiones graciosas del gobierno ni privilegios de periodistas, concesionarios, conductores o propietarios de medios. Son derechos fundamentales de los ciudadanos y pilares indispensables de cualquier régimen que pretenda llamarse democrático.

    Por eso, desde todos los frentes debemos decir con absoluta claridad: no a la censura.

    El debate sobre los derechos de las audiencias puede parecer, en principio, una discusión técnica relacionada con las obligaciones de los medios electrónicos y las facultades regulatorias del Estado. No lo es. Cuando desde el poder se pretende establecer criterios sobre cómo deben presentarse los contenidos, diferenciar información de opinión o determinar qué puede considerarse adecuado, equilibrado o veraz, aparece inevitablemente una pregunta: ¿quién vigila al vigilante?

    Porque una cosa es defender legítimamente los derechos de las audiencias —recibir información plural, distinguir publicidad de contenidos informativos, proteger a niñas, niños y adolescentes o contar con mecanismos de réplica— y otra muy diferente abrir la puerta para que una autoridad administrativa termine convertida en árbitro de la verdad.

    La Constitución protege la libre manifestación de las ideas y el derecho a buscar, recibir y difundir información. Bajo ninguna circunstancia la defensa de las audiencias debe convertirse en el caballo de Troya para imponer controles editoriales, inhibir opiniones críticas o generar mecanismos de autocensura entre periodistas y medios de comunicación.

    La libertad de expresión también protege las opiniones incómodas, las investigaciones que molestan al poder y las preguntas que los funcionarios preferirían no responder.

    Si el oficialismo pretende elevar el estándar de responsabilidad de los medios de comunicación, debería comenzar por casa.

    Todos los días, desde las conferencias matutinas del gobierno federal, se utiliza una formidable plataforma de comunicación financiada con recursos públicos. Desde allí se informa, se fija agenda, se responde a cuestionamientos y se construye la narrativa gubernamental. Pero también se descalifica a críticos, periodistas, empresarios, organizaciones civiles y adversarios políticos.

    Las conferencias gubernamentales no son espacios privados ni programas partidistas. Son ejercicios oficiales de comunicación pública y, precisamente por ello, deberían encontrarse entre los primeros obligados moral y políticamente a respetar el derecho ciudadano a recibir información verificable, completa y diferenciada de la propaganda.

    Si se exige rigor a una televisora o radiodifusora, el mismo principio tendría que aplicarse a quien habla desde un atril oficial.

    Si se demanda distinguir claramente entre información y opinión, habría que preguntarse cuántas veces en las mañaneras se mezclan datos oficiales con apreciaciones políticas, acusaciones, interpretaciones partidistas y señalamientos contra terceros.

    Si se reclama información veraz a los medios, el gobierno tendría que asumir exactamente la misma responsabilidad cuando presenta cifras, estadísticas o versiones de acontecimientos que después pueden ser confrontadas con información pública.

    Y si verdaderamente se pretende proteger a las audiencias, entonces habría que comenzar por reconocer que los millones de ciudadanos que diariamente reciben información desde Palacio Nacional también son audiencia y poseen exactamente los mismos derechos.

    No puede existir un derecho de las audiencias para los medios privados y otro para la comunicación gubernamental.

    Tampoco puede existir una verdad oficial certificada por el Estado.

    La historia latinoamericana está llena de gobiernos que comenzaron hablando de democratizar la comunicación, combatir abusos mediáticos o garantizar información responsable y terminaron construyendo instrumentos para presionar económicamente, sancionar administrativamente o silenciar políticamente a las voces incómodas.

    México no puede recorrer ese camino.

    Los excesos de los medios deben combatirse con derecho de réplica, códigos de ética, defensorías de audiencias, transparencia y mecanismos jurídicos claramente delimitados. Las falsedades deben confrontarse con hechos. Los abusos deben someterse a la ley. Pero las opiniones no pueden quedar sujetas al criterio político de funcionarios o burócratas.

    Mucho menos cuando el propio gobierno es uno de los principales actores de la disputa pública.

    La libertad de expresión pierde sentido si solamente protege a quienes coinciden con el poder. Su verdadera importancia aparece cuando garantiza el derecho a cuestionarlo.

    Por eso resulta indispensable que periodistas, medios, organizaciones civiles, universidades, especialistas y ciudadanos permanezcan atentos ante cualquier disposición que pueda transformarse en una herramienta de control editorial.

    Defender la libertad de expresión no significa defender los errores, excesos o intereses de los medios. Significa defender el derecho de los ciudadanos a escuchar todas las voces y decidir por sí mismos en quién creer.

    La democracia necesita mejores medios, pero también necesita mejores gobiernos y una comunicación pública sometida al mismo escrutinio que pretende imponer a los demás.

    Si desde el poder quieren hablar seriamente del derecho de las audiencias, adelante.

    Pero que empiecen por casa.

    Que transparenten, documenten y sustenten lo que se afirma desde las tribunas oficiales. Que respeten la crítica. Que respondan las preguntas incómodas. Que distingan información pública de propaganda política.

    Y, sobre todo, que entiendan algo elemental: El gobierno no es propietario de la verdad ni puede convertirse en censor de quienes lo cuestionan.

    Frente a cualquier intento de controlar la información, venga de donde venga, la respuesta de una sociedad democrática debe ser inequívoca:

    No a la censura. Sí a la libertad de expresión. Sí al derecho de los ciudadanos a estar informados.