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Desde San Lázaro ¿Qué gobernador de oposición sigue? Por: Alejo Sánchez Cano Destacado

12 Ago 2026
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Desde San Lázaro ¿Qué gobernador de oposición sigue? Por: Alejo Sánchez Cano Imagen tomada de: https://x.com/adan_augusto

Algo se mueve en las entrañas del poder y no precisamente por casualidad. Cuando la narrativa sobre presuntos vínculos entre políticos y delincuencia organizada comienza a golpear peligrosamente al oficialismo, aparecen expedientes, investigaciones y detenciones contra personajes de la oposición que permiten cambiar, aunque sea temporalmente, la conversación pública.

La detención del exgobernador panista de Baja California, Ernesto Ruffo Appel, acusado por su presunta participación en una trama de contrabando de combustibles y luego la de Ángel Aguirre -ex mandatario perredista de Guerrero y ex amigo de AMLO- por desaparición forzada y otros delitos en torno a los 43 estudiantes de Ayotzinapa, responde a esta lógica y pone varios cuestionamientos sobre la mesa:

Y dónde está el gobernador con licencia de Sinaloa el morenista Rubén Rocha Moya, o más aún, ¿Qué exgobernador de oposición, sigue?

Que se investigue a Ruffo y, si existen pruebas suficientes, que responda ante los tribunales. Nadie debe recibir impunidad por su militancia política ni porque haya pertenecido a un partido distinto de Morena.

De igual manera, en la nueva verdad histórica de la 4T en torno a los estudiantes de Ayotzinapa, se requiere esclarecer a fondo este grave asunto.

Pero exactamente la misma vara debe aplicarse hacia dentro de la 4T.

Porque resulta con alto nivel de sospechosismo que, mientras se acumulan señalamientos a personajes cercanos al oficialismo por investigaciones relacionadas con huachicol fiscal, delincuencia organizada y vínculos criminales, el aparato de procuración de justicia coloque los reflectores sobre personajes opositores.

El huachicol fiscal es uno de los mayores escándalos de corrupción y delincuencia organizada que enfrenta México. Durante años han entrado al país cantidades monumentales de combustibles mediante esquemas de contrabando, evasión fiscal, documentación falsa y complicidades que necesariamente tuvieron que atravesar aduanas, puertos y distintas estructuras gubernamentales.

Una operación de semejante tamaño difícilmente puede explicarse exclusivamente mediante empresarios privados y funcionarios menores.

Faltan de caer los peces gordos incrustados en las altas esferas del gobierno del presente y del anterior sexenio, mientras no pase ello, el gobierno está en una grave omisión que conlleva serias responsabilidades.

Adán Augusto López, por ejemplo, está en esa fila de presuntos acusados por ese delito y por su convivencia con Hernán Bermúdez Requena, quien fuera su secretario de Seguridad de Tabasco durante su gobierno y está relacionado con investigaciones sobre el grupo criminal denominado La Barredora.

Cotidianamente aparecen escándalos relacionados con innombrables de Morena por contrabando de combustibles, corrupción, delincuencia organizada y funcionarios o exfuncionarios vinculados con el crimen organizado y sin embargo se pone ante las cámaras a exgobernadores de oposición.

En esa lógica, se habla de que uno de los posibles perseguidos políticos del régimen será el exgobernador panista de Tamaulipas, Francisco García Cabeza de Vaca.

El ex mandatario ha enfrentado durante años acusaciones e investigaciones de diversa naturaleza y continúa siendo uno de los adversarios políticos más confrontados con el actual gobierno de esa entidad.

Por ello, en los corrillos políticos comienza a surgir la interrogante sobre si podría convertirse en el siguiente gran objetivo.

Si existen elementos para procesarlo, que se presenten ante un juez.

Pero que no se utilice la justicia como instrumento de compensación política.

Porque sería gravísimo que se estableciera una especie de contabilidad partidista de la corrupción: por cada escándalo que golpee a Morena, presentar un detenido del PAN, PRI o cualquier otra fuerza opositora.

La justicia no funciona por cuotas, sesgos políticos y por filias y fobias.

El problema para el oficialismo es todavía mayor porque hay un jugador sobre el cual Palacio Nacional tiene escaso control: Estados Unidos.

La administración de Donald Trump ha endurecido su estrategia contra los cárteles mexicanos y ha colocado a estas organizaciones dentro de una lógica de seguridad nacional mucho más agresiva.

Si las agencias estadounidenses construyen expedientes contra políticos mexicanos relacionados presuntamente con narcotráfico, lavado de dinero, tráfico de combustibles u organizaciones criminales, difícilmente preguntarán si el personaje pertenece a Morena, PAN, PRI o cualquier otro partido.

Se puede medio controlar buena parte de la narrativa política nacional, pero de lo que surja de las Cortes de Justicia de Estados Unidos, pues es imposible.

Y si desde las cortes y agencias estadounidenses continúan apareciendo expedientes contra políticos mexicanos, cualquier estrategia de distracción doméstica tendrá una vida muy corta, sobre todo cuando se basa en falsedades o medias verdades.

La presidenta Claudia Sheinbaum tiene entonces una oportunidad para terminar con cualquier sospecha de justicia selectiva.

A las cortinas de humo el viento las dispersa y la verdad sale a relucir.

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El apunte del director

  • Agosto 2026

    NO A LA CENSURA

    La libertad de expresión y el derecho a la información no son concesiones graciosas del gobierno ni privilegios de periodistas, concesionarios, conductores o propietarios de medios. Son derechos fundamentales de los ciudadanos y pilares indispensables de cualquier régimen que pretenda llamarse democrático.

    Por eso, desde todos los frentes debemos decir con absoluta claridad: no a la censura.

    El debate sobre los derechos de las audiencias puede parecer, en principio, una discusión técnica relacionada con las obligaciones de los medios electrónicos y las facultades regulatorias del Estado. No lo es. Cuando desde el poder se pretende establecer criterios sobre cómo deben presentarse los contenidos, diferenciar información de opinión o determinar qué puede considerarse adecuado, equilibrado o veraz, aparece inevitablemente una pregunta: ¿quién vigila al vigilante?

    Porque una cosa es defender legítimamente los derechos de las audiencias —recibir información plural, distinguir publicidad de contenidos informativos, proteger a niñas, niños y adolescentes o contar con mecanismos de réplica— y otra muy diferente abrir la puerta para que una autoridad administrativa termine convertida en árbitro de la verdad.

    La Constitución protege la libre manifestación de las ideas y el derecho a buscar, recibir y difundir información. Bajo ninguna circunstancia la defensa de las audiencias debe convertirse en el caballo de Troya para imponer controles editoriales, inhibir opiniones críticas o generar mecanismos de autocensura entre periodistas y medios de comunicación.

    La libertad de expresión también protege las opiniones incómodas, las investigaciones que molestan al poder y las preguntas que los funcionarios preferirían no responder.

    Si el oficialismo pretende elevar el estándar de responsabilidad de los medios de comunicación, debería comenzar por casa.

    Todos los días, desde las conferencias matutinas del gobierno federal, se utiliza una formidable plataforma de comunicación financiada con recursos públicos. Desde allí se informa, se fija agenda, se responde a cuestionamientos y se construye la narrativa gubernamental. Pero también se descalifica a críticos, periodistas, empresarios, organizaciones civiles y adversarios políticos.

    Las conferencias gubernamentales no son espacios privados ni programas partidistas. Son ejercicios oficiales de comunicación pública y, precisamente por ello, deberían encontrarse entre los primeros obligados moral y políticamente a respetar el derecho ciudadano a recibir información verificable, completa y diferenciada de la propaganda.

    Si se exige rigor a una televisora o radiodifusora, el mismo principio tendría que aplicarse a quien habla desde un atril oficial.

    Si se demanda distinguir claramente entre información y opinión, habría que preguntarse cuántas veces en las mañaneras se mezclan datos oficiales con apreciaciones políticas, acusaciones, interpretaciones partidistas y señalamientos contra terceros.

    Si se reclama información veraz a los medios, el gobierno tendría que asumir exactamente la misma responsabilidad cuando presenta cifras, estadísticas o versiones de acontecimientos que después pueden ser confrontadas con información pública.

    Y si verdaderamente se pretende proteger a las audiencias, entonces habría que comenzar por reconocer que los millones de ciudadanos que diariamente reciben información desde Palacio Nacional también son audiencia y poseen exactamente los mismos derechos.

    No puede existir un derecho de las audiencias para los medios privados y otro para la comunicación gubernamental.

    Tampoco puede existir una verdad oficial certificada por el Estado.

    La historia latinoamericana está llena de gobiernos que comenzaron hablando de democratizar la comunicación, combatir abusos mediáticos o garantizar información responsable y terminaron construyendo instrumentos para presionar económicamente, sancionar administrativamente o silenciar políticamente a las voces incómodas.

    México no puede recorrer ese camino.

    Los excesos de los medios deben combatirse con derecho de réplica, códigos de ética, defensorías de audiencias, transparencia y mecanismos jurídicos claramente delimitados. Las falsedades deben confrontarse con hechos. Los abusos deben someterse a la ley. Pero las opiniones no pueden quedar sujetas al criterio político de funcionarios o burócratas.

    Mucho menos cuando el propio gobierno es uno de los principales actores de la disputa pública.

    La libertad de expresión pierde sentido si solamente protege a quienes coinciden con el poder. Su verdadera importancia aparece cuando garantiza el derecho a cuestionarlo.

    Por eso resulta indispensable que periodistas, medios, organizaciones civiles, universidades, especialistas y ciudadanos permanezcan atentos ante cualquier disposición que pueda transformarse en una herramienta de control editorial.

    Defender la libertad de expresión no significa defender los errores, excesos o intereses de los medios. Significa defender el derecho de los ciudadanos a escuchar todas las voces y decidir por sí mismos en quién creer.

    La democracia necesita mejores medios, pero también necesita mejores gobiernos y una comunicación pública sometida al mismo escrutinio que pretende imponer a los demás.

    Si desde el poder quieren hablar seriamente del derecho de las audiencias, adelante.

    Pero que empiecen por casa.

    Que transparenten, documenten y sustenten lo que se afirma desde las tribunas oficiales. Que respeten la crítica. Que respondan las preguntas incómodas. Que distingan información pública de propaganda política.

    Y, sobre todo, que entiendan algo elemental: El gobierno no es propietario de la verdad ni puede convertirse en censor de quienes lo cuestionan.

    Frente a cualquier intento de controlar la información, venga de donde venga, la respuesta de una sociedad democrática debe ser inequívoca:

    No a la censura. Sí a la libertad de expresión. Sí al derecho de los ciudadanos a estar informados.