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Clínicas del IMSS aplican prueba rápida de VIH a embarazadas

29 Jun 2017
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Puebla, 29 Jun (Notimex).- El Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS) aplica la prueba rápida voluntaria para detección de virus de inmunodeficiencia humana (VIH) a mujeres embarazadas, en todas las Unidades de Medicina Familiar y con atención obstétrica del Instituto, informó la doctora Rita Delia Díaz Ramos.

La también jefa del Área de Programas y Proyectos Clínicos de la Coordinación de Unidades Médicas de Alta Especialidad, recordó que el instituto desde hace cinco años realiza esta prueba rápida, ya que ha demostrado un alto grado de confiabilidad y resultados óptimos en materia de prevención.

El objetivo de esta prueba, dijo, es evitar la transferencia del virus de la madre embarazada a su bebé, que puede ser durante el propio embarazo, en el momento del nacimiento --con mayor riesgo si es por vía vaginal-- o después del nacimiento, a través de la leche materna.

En un comunicado emitido por la delegación del IMSS en Puebla, abundó que ante un resultado positivo, se brinda tratamiento con antirretrovirales durante el embarazo.

Informó que en los últimos dos años no se ha presentado ningún caso de transmisión del virus a bebés de mujeres que reciben tratamiento en el IMSS.

Refirió que en 2016 se realizaron 451 mil 540 pruebas rápidas voluntarias (PRV) de primera vez a embarazadas que reciben atención en Unidades de Medicina Familiar y hospitales con vigilancia obstétrica.

Para la detección del VIH en mujeres durante la gestación, se ha dispuesto un programa a nivel nacional que involucra un equipo multidisciplinario, donde participan médico familiar, servicios de medicina preventiva, personal directivo, trabajo social, enfermería, asistente médica, técnica de atención y orientación al derechohabiente, promotores de salud, nutrición y dietética.

Este equipo es clave para facilitar información a la embarazada acerca de la conveniencia de realizar la prueba para detección del VIH y, una vez que acepta, mantenerla informada de manera constante sobre los resultados de la prueba para que pueda tomar decisiones a futuro, en favor de su salud y la de su bebé.

La doctora Díaz Ramos señaló que la PRV debe realizarse, preferentemente, durante el primer trimestre del embarazo, a fin de garantizar mejores resultados en el tratamiento. Si el resultado es negativo, la prueba se repite en el tercer trimestre y previo al nacimiento, ya que aún en esta fase hay oportunidad de implementar las estrategias de prevención.

En caso de que la prueba resulte positiva, explicó, la paciente es informada por su médico y se procede a efectuar un segundo estudio, el método de inmunoensayo enzimático. Si éste también resulta positivo, se realiza una tercera y definitiva prueba confirmatoria.

Respecto de los dos últimos estudios, apuntó, se le notifica del resultado a la embarazada antes de 72 horas.

De esta manera, en menos de una semana es canalizada a su hospital para recibir tratamiento antirretroviral que asegure las mejores condiciones de salud y realizar lo necesario para evitar la transmisión del virus, se le informa sobre la conveniencia de que el parto se realice por cesárea y de no amamantar a su bebé, para evitar estas vías de contagio.

La jefa del Área de Programas y Proyectos Clínicos del IMSS enfatizó que la prevención debe comenzar con información confiable desde la juventud, ya que las relaciones sexuales en adolescentes conllevan riesgos al no usar métodos anticonceptivos adecuados para la protección contra el VIH y otras infecciones de trasmisión sexual.

NTX/AGB/LNP/AEG
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El apunte del director

  • 15 ABRIL 2026
    JARDINE HUNDE EL PRESTIGIO Y LA IDENTIDAD DEL AMÉRICA
    En el fútbol, la memoria es corta, pero la exigencia es permanente. Y en un club como el Club América, la historia no sólo pesa: obliga. Por eso, lo que hoy ocurre bajo la dirección técnica de André Jardine no puede analizarse desde la nostalgia de los títulos, sino desde la realidad inmediata de un equipo que ha perdido rumbo, carácter y, sobre todo, identidad.
    El tricampeonato conseguido por Jardine no está en discusión. Es un logro histórico que lo colocó en un lugar privilegiado dentro del americanismo. Pero en el fútbol de alta competencia, los éxitos pasados no otorgan inmunidad permanente. Y lo ocurrido en el último año —con la eliminación de la CONCACAF Champions Cup y el riesgo latente de quedar fuera de la liguilla— confirma que el ciclo está agotado.
    El América de hoy no se parece al equipo dominante que impuso condiciones en la liga. Es un conjunto predecible, conservador y, por momentos, temeroso. Un equipo que ha cambiado la vocación ofensiva que lo caracterizaba por un enfoque defensivo que no sólo no le garantiza resultados, sino que además traiciona su esencia.
    Porque el América no está diseñado para especular.
    Históricamente, el club ha construido su grandeza sobre una premisa clara: ser protagonista, imponer condiciones y jugar con autoridad. El ADN del América no admite medias tintas. Y, sin embargo, bajo Jardine, ese ADN parece diluirse en planteamientos cautelosos que reducen al equipo a una versión menor de sí mismo.
    El problema no es sólo táctico. Es estructural.
    La responsabilidad no recae únicamente en el banquillo. La directiva, encabezada por Emilio Azcárraga Jean, ha mostrado una paciencia que comienza a ser contraproducente. En cualquier otro club, los resultados recientes habrían detonado una evaluación profunda. En el América, en cambio, se ha optado por la continuidad sin ajustes de fondo.
    Y esa complacencia tiene costos.
    Desde el punto de vista deportivo, el equipo ha perdido competitividad. Desde el punto de vista económico, el riesgo es evidente: un América fuera de liguilla o sin protagonismo internacional afecta ingresos, audiencia y valor de marca. Pero más allá de los números, lo que está en juego es algo más importante: la identidad de la institución.
    Permitir que el equipo transite hacia la mediocridad competitiva es, en sí mismo, una contradicción con la historia del club.
    El otro gran problema está en la plantilla.
    Los refuerzos recientes, particularmente en el frente extranjero, no han estado a la altura de las exigencias del club. Lejos de marcar diferencia, han pasado desapercibidos en momentos clave. En un equipo que aspira a ser protagonista, los extranjeros deben ser determinantes, no complementarios.
    Y hoy, simplemente, no lo son.
    El América ha perdido peso en la cancha. Ha dejado de intimidar. Ha dejado de ser ese equipo que, incluso antes de jugar, imponía condiciones. Esa pérdida de jerarquía no es casualidad; es el resultado de decisiones acumuladas que no han sido corregidas a tiempo.
    Desde luego, cambiar de técnico no es una solución mágica. Pero en el fútbol, los ciclos existen y, cuando se agotan, insistir en ellos sólo profundiza el problema. Jardine ya no transmite la intensidad ni la claridad que el equipo necesita. Su propuesta se ha vuelto previsible y su margen de maniobra parece limitado.
    El mensaje del vestidor también importa. Y cuando un grupo percibe que el liderazgo se desgasta, el rendimiento colectivo inevitablemente se resiente.
    Por eso, la discusión no debe centrarse en si Jardine merece o no reconocimiento por lo logrado. Eso ya está en la historia. La discusión es si hoy tiene la capacidad de revertir la inercia negativa del equipo. Y la evidencia reciente sugiere que no.
    El América no puede darse el lujo de esperar a que la crisis se profundice.
    La exigencia de su historia obliga a tomar decisiones a tiempo. Decisiones que no siempre son cómodas, pero sí necesarias. Mantener un proyecto agotado por inercia o gratitud es una forma de renunciar a la competitividad.
    Y ese no es el sello del América.
    La salida de Jardine, junto con una revisión profunda de su cuerpo técnico y de la plantilla, no debe verse como un acto de ruptura, sino como un proceso de renovación. El club necesita recuperar su esencia, su agresividad, su ambición.
    Necesita volver a ser el América.
    Porque en este club, los títulos no se celebran eternamente; se defienden todos los días. Y cuando el equipo deja de hacerlo, la responsabilidad de corregir el rumbo recae en quienes toman las decisiones.
    Hoy, más que nunca, el América necesita menos complacencia y más carácter.
    Porque la grandeza no se administra.
    Se exige.