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Televisa va por la vía legal contra empresa de familia Alemán por fallida compra de negocio de radio

25 Oct 2019
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  • La compañía anunció dicha venta a Corporativo Coral, una empresa de Miguel Alemán Magnani, pero la operación incluía un pago inicial de 32 millones de dólares que no se ha hecho.

 

Grupo Televisa, la televisora más grande de México, afirmó que una compañía del empresario mexicano Miguel Alemán Magnani le debe dinero por sus estaciones de radio, por lo que irá por la vía legal.

 

Televisa había acordado en julio vender su participación de 50 por ciento en la operadora de radio Sistema Radiópolis a Corporativo Coral por mil 250 millones de pesos (65 millones de dólares).

 

Sin embargo, no hicieron un pago inicial de aproximadamente 32 millones de dólares, informó Televisa en su informe del tercer trimestre de 2019, publicado el jueves.

 

Coral y Alemán Magnani han “experimentado retrasos en la obtención del financiamiento necesario”, explicó Televisa, pero agregó que el acceso al financiamiento no se acordó como condición para el pago.

 

Por ello, la compañía comenzará acciones legales si el comprador sigue incumpliendo sus obligaciones de pago.

 

Alemán Magnani, quien también se desempeñó como ejecutivo en Televisa hace varias décadas, también posee Interjet, una aerolínea que ha estado cargada de deudas en los últimos años.

 

Un portavoz de Alemán Magnani no respondió de inmediato a una solicitud de comentarios.

 

Para Televisa, abandonar el negocio de la radio es parte de los planes de la compañía para deshacerse de algunas operaciones no centrales, de modo que pueda concentrar sus recursos en su contenido y sus activos de distribución, señaló la compañía sobre la operación.

 

Grupo Prisa, como se conoce al editor del periódico El País, posee la mitad restante de Sistema Radiópolis, un grupo que opera 17 estaciones de radio en México.

 

 

Con información de: El Financiero

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El apunte del director

  • JUNIO 2026
    La verdadera amenaza a la soberanía mexicana 

    La relación entre los gobiernos de la presidenta Claudia Sheinbaum y Donald Trump atraviesa uno de sus momentos más complejos y delicados. Más allá de las diferencias ideológicas naturales entre una mandataria identificada con la izquierda latinoamericana y un presidente estadounidense de corte nacionalista y conservador, el punto de choque se encuentra en un tema que afecta directamente a ambas naciones: el poder del crimen organizado y la presencia de actores políticos vinculados con estructuras criminales.

    Durante años, el narcotráfico dejó de ser únicamente un problema de seguridad pública para convertirse en un fenómeno que permeó instituciones, gobiernos locales y estructuras de poder regional. Hoy, vastas zonas del territorio nacional se encuentran bajo la influencia o control de organizaciones criminales que desafían al Estado mexicano, imponen reglas, cobran extorsiones, controlan economías enteras y limitan el ejercicio pleno de la autoridad.

    Desde la óptica de Washington, estos grupos representan una amenaza directa para la seguridad de Estados Unidos por el tráfico de drogas, especialmente fentanilo, así como por sus redes financieras y de contrabando. Sin embargo, la discusión no debería centrarse únicamente en el impacto que tienen al norte de la frontera. La primera víctima de los cárteles ha sido México.

    Por ello resulta cuestionable la narrativa oficial que presenta cualquier señalamiento extranjero sobre la infiltración criminal en la política mexicana como una agresión a la soberanía nacional. La soberanía no se vulnera cuando se denuncia la presencia de criminales en las estructuras de gobierno; la soberanía se debilita cuando grupos delincuenciales sustituyen al Estado, controlan municipios enteros y condicionan la vida de millones de ciudadanos.

    En ese contexto, el discurso pronunciado por la presidenta Sheinbaum en la Plaza de la República, donde denunció supuestas intenciones de injerencia extranjera y advertencias sobre intentos de influir en los procesos electorales mexicanos, parece haber elevado innecesariamente la tensión bilateral. En lugar de privilegiar la prudencia diplomática, el mensaje adquirió un tono de confrontación que difícilmente contribuirá a mejorar una relación estratégica para ambos países.

    México y Estados Unidos comparten una de las fronteras más dinámicas del mundo, intercambios comerciales superiores a cientos de miles de millones de dólares al año y desafíos comunes en materia migratoria, económica y de seguridad. Convertir las diferencias en un conflicto político permanente no beneficia a ninguna de las dos naciones.

    La preocupación de Washington respecto a posibles vínculos entre funcionarios públicos y organizaciones criminales puede resultar incómoda para el gobierno mexicano, pero ignorarla o descalificarla mediante discursos nacionalistas no resolverá el problema de fondo. La pregunta central no es si existe presión extranjera, sino qué tan profunda es la penetración del crimen organizado en determinadas regiones y estructuras políticas del país.

    La historia reciente demuestra que los cárteles han logrado construir redes de protección política que les permiten operar con impunidad. Negar esa realidad sería tan irresponsable como aceptar sin pruebas cualquier acusación proveniente del extranjero. Lo que corresponde es fortalecer las instituciones de procuración de justicia, transparentar las investigaciones y garantizar que nadie esté por encima de la ley.

    La defensa de la soberanía nacional debe comenzar por recuperar plenamente el control territorial del Estado mexicano. Mientras existan regiones donde las organizaciones criminales ejerzan funciones que corresponden a las autoridades legítimas, cualquier discurso patriótico corre el riesgo de convertirse en una simple declaración retórica.

    La relación entre Trump y Sheinbaum será inevitablemente complicada por sus diferencias de visión política. Sin embargo, el mayor desafío no debería ser la confrontación verbal entre ambos gobiernos, sino la construcción de mecanismos eficaces para combatir a quienes verdaderamente amenazan la estabilidad de México: las organizaciones criminales y sus redes de protección política.

    Porque la soberanía no se pierde cuando un aliado cuestiona la actuación de un gobierno. La soberanía se pierde cuando el Estado deja de ejercer plenamente su autoridad sobre su propio territorio.