Contáctanos: 5546 8746
Síguenos en:
Fecha:

Desde San Lázaro. Dos presidentes con prioridades diferentes. Por: Alejo Sánchez Cano Destacado

08 Feb 2021
264 veces

Uno, Joe Biden concentrado al cien por ciento en salvar las vidas de sus compatriotas; otro, en el cálculo electoral para ganar las elecciones intermedias; el norteamericano por el supremo interés de velar por la vida y la seguridad; el mexicano, por sacar adelante su proyecto personal.

Esa es la diferencia entre un estadista y un eterno candidato.

Todo listo y no hay vacunas. Después de la vertiginosa recuperación de un supuesto COVID, sigue el discurso falaz y electoral en torno a la aplicación de las vacunas. Con fuegos  artificiales anunció el nefasto subsecretario de Salud que se habían aplicado en un día 3,706 dosis del antígeno, mientras que en Estados Unidos fueron 1 millón 800 mil y seguramente algunas de ellas fueron para mexicanos, quienes con desesperación buscaron en otras latitudes el antígeno que les podría salvar la vida.

Patético y criminal es el manejo electoral que le dan al registro de los adultos mayores en una base de datos digital mal hecha y rebasada.

Paralelo a ello, viene la llamada telefónica en donde palabras más o menos, mencionan que el señor presidente tuvo a bien disponer que fuera beneficiario de la inoculación milagrosa.

El tercer paso, será acudir al centro de vacunación respectivo en donde las brigadas de adoctrinamiento político los recibirán para recordarles que AMLO es el benefactor de tal benevolencia.

El dinero no es del presidente y las vacunas que se aplicarán algún día a los ancianos no tienen la autorización de la Organización Mundial de  la Salud,  ni de la Agencia Europea de Medicamentos (EMA) y ni de la Administración de Alimentos y Medicamentos de los Estados Unidos (FDA), pero eso que importa, mientras tenga la venia de López-Gatell, jefe del titular de la Cofepris.

El caso de México causa hilaridad y compasión en el extranjero. Se burlan con razón de la limitada y grotesca capacidad del gobierno en la vacunación y lástima por tanta muerte y contagio que se da entre los mexicanos y no porque sea una raza vulnerable al bicho, sino por la ineptitud de las autoridades en la consolidación de un sistema de salud y de suministro de vacunas.

Hasta el momento, le pese a quien le pese, siguen siendo vacunas patito las rusas.

No es por comparar, mientras que por un lado el presidente Biden tiene como prioridad salvar vidas mediante la aplicación masiva de vacunas a la población estadounidense, López Obrador mantiene sus prioridades en las elecciones y por ello aumenta los subsidios para los padrones políticos asistenciales y las tres obras insignia de su sexenio.

Casi dos millones de vacunas de Moderna y Pfizer en la Unión Americana en un día y en territorio nacional solo 3 mil, pero eso sí, ya funciona la plataforma digital de registro.

En otros sexenios, en las dos semanas de vacunación que se programaban al año se vacunaba a toda la población objetivo y ahora solo escuchamos argumentos falaces que pretenden tapar lo evidente, el uso faccioso y electorero en la aplicación de las vacunas.

Las decenas de mexicanos de la tercera edad que a diario vuelan a Estados Unidos en busca del antígeno que su gobierno no les pude dar para preservar su salud y su vida, representan la mayor vergüenza para el gobierno del presidente López Obrador, quien sigue pensando que este sector de la población lo volverá a apoyar en sus aspiraciones reeleccionistas.

El uso electoral de la aplicación de las vacunas es un búmeran que ya viene de regreso y pegara en la línea de flotación del proyecto político de Morena y del Presidente de México.

Valora este artículo
(0 votos)

El apunte del director

  • 15 ABRIL 2026
    JARDINE HUNDE EL PRESTIGIO Y LA IDENTIDAD DEL AMÉRICA
    En el fútbol, la memoria es corta, pero la exigencia es permanente. Y en un club como el Club América, la historia no sólo pesa: obliga. Por eso, lo que hoy ocurre bajo la dirección técnica de André Jardine no puede analizarse desde la nostalgia de los títulos, sino desde la realidad inmediata de un equipo que ha perdido rumbo, carácter y, sobre todo, identidad.
    El tricampeonato conseguido por Jardine no está en discusión. Es un logro histórico que lo colocó en un lugar privilegiado dentro del americanismo. Pero en el fútbol de alta competencia, los éxitos pasados no otorgan inmunidad permanente. Y lo ocurrido en el último año —con la eliminación de la CONCACAF Champions Cup y el riesgo latente de quedar fuera de la liguilla— confirma que el ciclo está agotado.
    El América de hoy no se parece al equipo dominante que impuso condiciones en la liga. Es un conjunto predecible, conservador y, por momentos, temeroso. Un equipo que ha cambiado la vocación ofensiva que lo caracterizaba por un enfoque defensivo que no sólo no le garantiza resultados, sino que además traiciona su esencia.
    Porque el América no está diseñado para especular.
    Históricamente, el club ha construido su grandeza sobre una premisa clara: ser protagonista, imponer condiciones y jugar con autoridad. El ADN del América no admite medias tintas. Y, sin embargo, bajo Jardine, ese ADN parece diluirse en planteamientos cautelosos que reducen al equipo a una versión menor de sí mismo.
    El problema no es sólo táctico. Es estructural.
    La responsabilidad no recae únicamente en el banquillo. La directiva, encabezada por Emilio Azcárraga Jean, ha mostrado una paciencia que comienza a ser contraproducente. En cualquier otro club, los resultados recientes habrían detonado una evaluación profunda. En el América, en cambio, se ha optado por la continuidad sin ajustes de fondo.
    Y esa complacencia tiene costos.
    Desde el punto de vista deportivo, el equipo ha perdido competitividad. Desde el punto de vista económico, el riesgo es evidente: un América fuera de liguilla o sin protagonismo internacional afecta ingresos, audiencia y valor de marca. Pero más allá de los números, lo que está en juego es algo más importante: la identidad de la institución.
    Permitir que el equipo transite hacia la mediocridad competitiva es, en sí mismo, una contradicción con la historia del club.
    El otro gran problema está en la plantilla.
    Los refuerzos recientes, particularmente en el frente extranjero, no han estado a la altura de las exigencias del club. Lejos de marcar diferencia, han pasado desapercibidos en momentos clave. En un equipo que aspira a ser protagonista, los extranjeros deben ser determinantes, no complementarios.
    Y hoy, simplemente, no lo son.
    El América ha perdido peso en la cancha. Ha dejado de intimidar. Ha dejado de ser ese equipo que, incluso antes de jugar, imponía condiciones. Esa pérdida de jerarquía no es casualidad; es el resultado de decisiones acumuladas que no han sido corregidas a tiempo.
    Desde luego, cambiar de técnico no es una solución mágica. Pero en el fútbol, los ciclos existen y, cuando se agotan, insistir en ellos sólo profundiza el problema. Jardine ya no transmite la intensidad ni la claridad que el equipo necesita. Su propuesta se ha vuelto previsible y su margen de maniobra parece limitado.
    El mensaje del vestidor también importa. Y cuando un grupo percibe que el liderazgo se desgasta, el rendimiento colectivo inevitablemente se resiente.
    Por eso, la discusión no debe centrarse en si Jardine merece o no reconocimiento por lo logrado. Eso ya está en la historia. La discusión es si hoy tiene la capacidad de revertir la inercia negativa del equipo. Y la evidencia reciente sugiere que no.
    El América no puede darse el lujo de esperar a que la crisis se profundice.
    La exigencia de su historia obliga a tomar decisiones a tiempo. Decisiones que no siempre son cómodas, pero sí necesarias. Mantener un proyecto agotado por inercia o gratitud es una forma de renunciar a la competitividad.
    Y ese no es el sello del América.
    La salida de Jardine, junto con una revisión profunda de su cuerpo técnico y de la plantilla, no debe verse como un acto de ruptura, sino como un proceso de renovación. El club necesita recuperar su esencia, su agresividad, su ambición.
    Necesita volver a ser el América.
    Porque en este club, los títulos no se celebran eternamente; se defienden todos los días. Y cuando el equipo deja de hacerlo, la responsabilidad de corregir el rumbo recae en quienes toman las decisiones.
    Hoy, más que nunca, el América necesita menos complacencia y más carácter.
    Porque la grandeza no se administra.
    Se exige.