Contáctanos: 5546 8746
Síguenos en:
Fecha:

El periodo azul de Picasso. Por: Minette Argüello Destacado

31 Ene 2023
614 veces
El periodo azul de Picasso. Por: Minette Argüello Pablo Picasso, la habitación azul, 1901.

Picasso fue un artista muy prolífico que a lo largo de su carrera exploro diferentes estilos, saltando de uno a otro, pero los ejecutaba con tal maestría que lo llevaría a posicionarse como uno de los mejores artistas de la historia.

Ciertos periodos de su obra estuvieron representados por un solo color como fue el caso del periodo azul y el periodo rosa, pero las razones que llevaron a Picasso a pintar en color azul en el periodo de 1901 a 1904 se detonaron principalmente a partir del suicidio de su mejor amigo Carlos Casagemas quien también era pintor y poeta. El motivo de su muerte fue por desamor al ser rechazado por Germaine, la mujer a la que pretendía.

Para Picasso que era un hombre mujeriego y libertino, era muy difícil comprender por qué su mejor amigo sufría de esa manera por una mujer al grado de quitarse la vida.

A la muerte de su amigo, Picasso transitaría por una especie de peregrinación que le llevaría a sumergirse en un estado de profunda empatía con la pobreza, la melancolía, la soledad, la marginalidad, la desesperanza y la miseria humana, que estaban muy latentes en las zonas marginadas de sus 2 ciudades adoptivas Paris y Barcelona. Esto representaría una forma de condena autoimpuesta para expiar su pena y sentimiento de culpa por el suicidio de su amigo.

El año de 1902 implicaría una temporada muy difícil para el artista, pues experimentaría la pobreza y más carencias, puesto que no estaba teniendo ventas de sus obras y el dinero no le era suficiente para instalarse permanentemente en Paris.

Picasso moldeaba sus obras a través de las emociones y de las circunstancias que atravesaba como artista. Muchas de estas emociones de la mejor manera en que podían ser representadas eran a través de la psicología del color, pues el color azul dentro de sus significados esta asociado con: la tristeza, frialdad, orgullo, melancolía, nostalgia, debilidad, apatía, lejanía, introversión y pobreza. El azul negativo que gobernaba sus obras es un azul muy apagado.

Si analizamos las obras del periodo azul podemos ver el manejo de la armonía monocromática y el contraste claroscuro, sobre todo en las obras del año 1903, año que fue la cúspide de este periodo, la transición entre una etapa y otra se hizo progresivamente, por ello no es de extrañarse no encontrar obras completamente azules al inicio del periodo azul.

Durante esta etapa Picasso se inspiro de los grandes maestros de pintura y del siglo de oro español, notablemente de Diego Velásquez a quien se le atribuyen sus monocromías y espesos fondos de algunas de sus obras, mientras que por otro lado la representación alargada de sus personajes del periodo azul es semejante a la que podemos apreciar en las obras manieristas de el Greco.

Los personajes más representativos de esta etapa fueron indigentes, músicos callejeros, prostitutas en prisión y otras figuras de ambientes desfavorecidos de la vida Parisina Y Barcelonesa. El periodo azul significo para Picasso su emancipación como artista como parte de su camino para encontrar su propia voz y su propio estilo, por ello el trabajo de Picasso estuvo constantemente influenciado por el trabajo de otros artistas. Por lo que el periodo azul representa una primera etapa de una evolución que culminaría años después con su propia invención “El cubismo”.

A continuación, una selección de obras características de este periodo.


El entierro de Casagemas, 1901.

 
Bodegón, 1901.


Niño con paloma, 1901.


La sopa, 1902-1903.


La comida del ciego, 1902-1903.


Viejo guitarrista, 1903.


Viejo ciego con un niño, 1903.


Pobres a las orillas del mar, 1903.


La vida, 1903.
Valora este artículo
(0 votos)

El apunte del director

  • 15 ABRIL 2026
    JARDINE HUNDE EL PRESTIGIO Y LA IDENTIDAD DEL AMÉRICA
    En el fútbol, la memoria es corta, pero la exigencia es permanente. Y en un club como el Club América, la historia no sólo pesa: obliga. Por eso, lo que hoy ocurre bajo la dirección técnica de André Jardine no puede analizarse desde la nostalgia de los títulos, sino desde la realidad inmediata de un equipo que ha perdido rumbo, carácter y, sobre todo, identidad.
    El tricampeonato conseguido por Jardine no está en discusión. Es un logro histórico que lo colocó en un lugar privilegiado dentro del americanismo. Pero en el fútbol de alta competencia, los éxitos pasados no otorgan inmunidad permanente. Y lo ocurrido en el último año —con la eliminación de la CONCACAF Champions Cup y el riesgo latente de quedar fuera de la liguilla— confirma que el ciclo está agotado.
    El América de hoy no se parece al equipo dominante que impuso condiciones en la liga. Es un conjunto predecible, conservador y, por momentos, temeroso. Un equipo que ha cambiado la vocación ofensiva que lo caracterizaba por un enfoque defensivo que no sólo no le garantiza resultados, sino que además traiciona su esencia.
    Porque el América no está diseñado para especular.
    Históricamente, el club ha construido su grandeza sobre una premisa clara: ser protagonista, imponer condiciones y jugar con autoridad. El ADN del América no admite medias tintas. Y, sin embargo, bajo Jardine, ese ADN parece diluirse en planteamientos cautelosos que reducen al equipo a una versión menor de sí mismo.
    El problema no es sólo táctico. Es estructural.
    La responsabilidad no recae únicamente en el banquillo. La directiva, encabezada por Emilio Azcárraga Jean, ha mostrado una paciencia que comienza a ser contraproducente. En cualquier otro club, los resultados recientes habrían detonado una evaluación profunda. En el América, en cambio, se ha optado por la continuidad sin ajustes de fondo.
    Y esa complacencia tiene costos.
    Desde el punto de vista deportivo, el equipo ha perdido competitividad. Desde el punto de vista económico, el riesgo es evidente: un América fuera de liguilla o sin protagonismo internacional afecta ingresos, audiencia y valor de marca. Pero más allá de los números, lo que está en juego es algo más importante: la identidad de la institución.
    Permitir que el equipo transite hacia la mediocridad competitiva es, en sí mismo, una contradicción con la historia del club.
    El otro gran problema está en la plantilla.
    Los refuerzos recientes, particularmente en el frente extranjero, no han estado a la altura de las exigencias del club. Lejos de marcar diferencia, han pasado desapercibidos en momentos clave. En un equipo que aspira a ser protagonista, los extranjeros deben ser determinantes, no complementarios.
    Y hoy, simplemente, no lo son.
    El América ha perdido peso en la cancha. Ha dejado de intimidar. Ha dejado de ser ese equipo que, incluso antes de jugar, imponía condiciones. Esa pérdida de jerarquía no es casualidad; es el resultado de decisiones acumuladas que no han sido corregidas a tiempo.
    Desde luego, cambiar de técnico no es una solución mágica. Pero en el fútbol, los ciclos existen y, cuando se agotan, insistir en ellos sólo profundiza el problema. Jardine ya no transmite la intensidad ni la claridad que el equipo necesita. Su propuesta se ha vuelto previsible y su margen de maniobra parece limitado.
    El mensaje del vestidor también importa. Y cuando un grupo percibe que el liderazgo se desgasta, el rendimiento colectivo inevitablemente se resiente.
    Por eso, la discusión no debe centrarse en si Jardine merece o no reconocimiento por lo logrado. Eso ya está en la historia. La discusión es si hoy tiene la capacidad de revertir la inercia negativa del equipo. Y la evidencia reciente sugiere que no.
    El América no puede darse el lujo de esperar a que la crisis se profundice.
    La exigencia de su historia obliga a tomar decisiones a tiempo. Decisiones que no siempre son cómodas, pero sí necesarias. Mantener un proyecto agotado por inercia o gratitud es una forma de renunciar a la competitividad.
    Y ese no es el sello del América.
    La salida de Jardine, junto con una revisión profunda de su cuerpo técnico y de la plantilla, no debe verse como un acto de ruptura, sino como un proceso de renovación. El club necesita recuperar su esencia, su agresividad, su ambición.
    Necesita volver a ser el América.
    Porque en este club, los títulos no se celebran eternamente; se defienden todos los días. Y cuando el equipo deja de hacerlo, la responsabilidad de corregir el rumbo recae en quienes toman las decisiones.
    Hoy, más que nunca, el América necesita menos complacencia y más carácter.
    Porque la grandeza no se administra.
    Se exige.