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La pintura de género o pintura costumbrista. Por: Minette Argüello Destacado

07 Feb 2023
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La pintura de género o pintura costumbrista. Por: Minette Argüello Boda de campesinos, Peter Brueghel, hacia 1568.

Es el tipo de pintura que representa escenas de la vida cotidiana, por eso también se la llama “costumbrista”. En ella se documenta pictóricamente el comportamiento social y/o estético, que caracteriza a un grupo humano perteneciente a una época, lugar y cultura determinada.

Los protagonistas son personajes de clases populares o la burguesía en las calles, el mercado, fiestas, tabernas, escenas familiares, románticas, labores en el campo, los oficios, tareas hogareñas, bailes en las aldeas, etc.  Las representaciones pueden ser realistas, imaginadas o idealizadas (embellecidas) por el artista, los personajes de la pintura de género son anónimos y se caracterizan por su entorno.

La mayoría de las imágenes de género también tienen una relevancia didáctica porque tienen un fuerte contenido moral. La presentación de conductas negativas debería desalentar y alentar un mejor comportamiento y los ejemplos positivos deberían incentivar al espectador a imitar. Por supuesto, a las imágenes no se les puede negar el valor visualmente entretenido. Debido a los enfoques interpretativos instructivo-moralizantes inherentes a las imágenes, sus propietarios pudieron enfatizar su trasfondo cultural. Por lo tanto, los comisionados para este tipo de arte provienen exclusivamente del medio burgués-secular.

Durante siglos, cuando los artistas se dedican a retratar a los nobles y las grandes escenas históricas, mitológicas o religiosas, por lo que durante mucho tiempo la pintura de género fue considerada un arte menor, poco intelectual. Podemos hacer un paralelismo con la comedia, considerada durante mucho tiempo un arte más popular y menos importante que la tragedia.

Si bien el costumbrismo existe desde los comienzos de la historia de la Pintura, en realidad florece entre los pintores flamencos y holandeses de los Siglos XVI y XVII. A partir de ese momento fue imponiéndose lenta pero definitivamente, lo que seguramente se debe a que resulta ideal para transmitir las pasiones y miserias humanas. La vida misma.

Su rango en la jerarquía de géneros es bastante bajo, pero fue llevado a un punto de perfección en el siglo XVII por Caravaggio y sus seguidores. También es un género muy popular en los países del norte de Europa. La pintura de género fue muy popular desde la segunda mitad del siglo XIX hasta la década de 1930, destronando la pintura histórica. Se impartió por separado en las diferentes academias de bellas artes europeas.

Hoy en día es mayormente aceptada la pintura de genero o la pintura costumbrista, por el gran abanico de posibilidades temáticas que ofrece para apreciar detalles de la vida contemporánea sin dejar que pasen desapercibidos como testimonio sociocultural de nuestras vidas.

A continuación, una selección de obras que ilustran acerca del tema.


La joven y un niño, William Bouguereau, 1881.


Los borrachos, o el triunfo de Baco, Velásquez, 1628-1629.


La alcahueta, Johannes Vermeer, 1656.


Las cribadoras de trigo, Gustave Courbet, 1854-1855.


Las espigadoras, Jean Francoise Millet, 1857.


Trata de blancas, Joaquín Sorolla, 1894.


 
Mujer joven cosiendo en el jardín, Mary Cassatt, 1886.


Mujeres en el jardín, Claude Monet, 1867.


Los pescadores valencianos, Joaquín Sorolla, 1897.

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El apunte del director

  • 15 ABRIL 2026
    JARDINE HUNDE EL PRESTIGIO Y LA IDENTIDAD DEL AMÉRICA
    En el fútbol, la memoria es corta, pero la exigencia es permanente. Y en un club como el Club América, la historia no sólo pesa: obliga. Por eso, lo que hoy ocurre bajo la dirección técnica de André Jardine no puede analizarse desde la nostalgia de los títulos, sino desde la realidad inmediata de un equipo que ha perdido rumbo, carácter y, sobre todo, identidad.
    El tricampeonato conseguido por Jardine no está en discusión. Es un logro histórico que lo colocó en un lugar privilegiado dentro del americanismo. Pero en el fútbol de alta competencia, los éxitos pasados no otorgan inmunidad permanente. Y lo ocurrido en el último año —con la eliminación de la CONCACAF Champions Cup y el riesgo latente de quedar fuera de la liguilla— confirma que el ciclo está agotado.
    El América de hoy no se parece al equipo dominante que impuso condiciones en la liga. Es un conjunto predecible, conservador y, por momentos, temeroso. Un equipo que ha cambiado la vocación ofensiva que lo caracterizaba por un enfoque defensivo que no sólo no le garantiza resultados, sino que además traiciona su esencia.
    Porque el América no está diseñado para especular.
    Históricamente, el club ha construido su grandeza sobre una premisa clara: ser protagonista, imponer condiciones y jugar con autoridad. El ADN del América no admite medias tintas. Y, sin embargo, bajo Jardine, ese ADN parece diluirse en planteamientos cautelosos que reducen al equipo a una versión menor de sí mismo.
    El problema no es sólo táctico. Es estructural.
    La responsabilidad no recae únicamente en el banquillo. La directiva, encabezada por Emilio Azcárraga Jean, ha mostrado una paciencia que comienza a ser contraproducente. En cualquier otro club, los resultados recientes habrían detonado una evaluación profunda. En el América, en cambio, se ha optado por la continuidad sin ajustes de fondo.
    Y esa complacencia tiene costos.
    Desde el punto de vista deportivo, el equipo ha perdido competitividad. Desde el punto de vista económico, el riesgo es evidente: un América fuera de liguilla o sin protagonismo internacional afecta ingresos, audiencia y valor de marca. Pero más allá de los números, lo que está en juego es algo más importante: la identidad de la institución.
    Permitir que el equipo transite hacia la mediocridad competitiva es, en sí mismo, una contradicción con la historia del club.
    El otro gran problema está en la plantilla.
    Los refuerzos recientes, particularmente en el frente extranjero, no han estado a la altura de las exigencias del club. Lejos de marcar diferencia, han pasado desapercibidos en momentos clave. En un equipo que aspira a ser protagonista, los extranjeros deben ser determinantes, no complementarios.
    Y hoy, simplemente, no lo son.
    El América ha perdido peso en la cancha. Ha dejado de intimidar. Ha dejado de ser ese equipo que, incluso antes de jugar, imponía condiciones. Esa pérdida de jerarquía no es casualidad; es el resultado de decisiones acumuladas que no han sido corregidas a tiempo.
    Desde luego, cambiar de técnico no es una solución mágica. Pero en el fútbol, los ciclos existen y, cuando se agotan, insistir en ellos sólo profundiza el problema. Jardine ya no transmite la intensidad ni la claridad que el equipo necesita. Su propuesta se ha vuelto previsible y su margen de maniobra parece limitado.
    El mensaje del vestidor también importa. Y cuando un grupo percibe que el liderazgo se desgasta, el rendimiento colectivo inevitablemente se resiente.
    Por eso, la discusión no debe centrarse en si Jardine merece o no reconocimiento por lo logrado. Eso ya está en la historia. La discusión es si hoy tiene la capacidad de revertir la inercia negativa del equipo. Y la evidencia reciente sugiere que no.
    El América no puede darse el lujo de esperar a que la crisis se profundice.
    La exigencia de su historia obliga a tomar decisiones a tiempo. Decisiones que no siempre son cómodas, pero sí necesarias. Mantener un proyecto agotado por inercia o gratitud es una forma de renunciar a la competitividad.
    Y ese no es el sello del América.
    La salida de Jardine, junto con una revisión profunda de su cuerpo técnico y de la plantilla, no debe verse como un acto de ruptura, sino como un proceso de renovación. El club necesita recuperar su esencia, su agresividad, su ambición.
    Necesita volver a ser el América.
    Porque en este club, los títulos no se celebran eternamente; se defienden todos los días. Y cuando el equipo deja de hacerlo, la responsabilidad de corregir el rumbo recae en quienes toman las decisiones.
    Hoy, más que nunca, el América necesita menos complacencia y más carácter.
    Porque la grandeza no se administra.
    Se exige.