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Desde San Lázaro. Resurge la división de poderes. Por: Alejo Sánchez Cano Destacado

08 Feb 2023
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Desde San Lázaro. Resurge la división de poderes. Por: Alejo Sánchez Cano Imagen tomada de: https://twitter.com/SCJN

Por el bien de la República, el haber liberado a la Suprema Corte de Justicia de la Nación (SCJN) del “yugo” del Jefe del Ejecutivo Federal representa, sin exagerar, el restablecimiento de la división de poderes que fortalece el orden constitucional y a la democracia.

Mal acostumbrado el presidente López Obrador a hacer su santa voluntad, seguramente con el nombramiento de la ministra Norma Piña como presidenta del máximo tribunal, y sobre todo con el llamado que ha hecho respecto a respetar la independencia de los jueces y en general del Consejo de la Judicatura; ha reaccionado, como era de esperarse, con un comportamiento que no es propio de un gobernante que aspira a serlo para todos y que norma su actuación en base al pleno respeto a la Carta Magna.

Los desplantes del poder Ejecutivo que se tuvieron en la ceremonia del aniversario de la promulgación de la Constitución, con la ministra presidenta, hablan de un personaje que se mueve por filias y fobias personales, más allá de la investidura que ostenta y por desgracia, dejó constancia, una vez más, que el rencor y la obnubilación por considerar a quien no se acerca dispuesto a acatar lo disponga el “señor presidente”, es un enemigo.

“O estás conmigo o contra mí”, es el racero con el que mide el presidente a sus amigos y enemigos, no acepta medias tintas y menos que, en aras de respetar la división de poderes y el respeto a la República, no se presten a sus designios, como ha sido el caso de la ministra presidente de la SCJN.

Para el bien del país era urgente y necesario que el máximo tribunal se acuerpara en torno a su nueva presidenta para hacer de su independencia y autonomía, el eje rector de sus decisiones.

“La independencia judicial no es un privilegio de los jueces, es un principio que garantiza una adecuada impartición de justicia para hacer efectivas las libertades y la igualdad de las y los mexicanos. La independencia jurídica es la principal garantía de imparcialidad del Poder Judicial, siempre en beneficio de la sociedad”.

La también presidente del Consejo de la Judicatura, advirtió que ante las injusticias que generan inconformidad, descontento, enojo y violencia, la única solución es el fortalecimiento institucional.

Desde que tomó las riendas de la SCJN y del CJF,  Norma Piña ha manifestado a los juzgadores que no debe haber obstáculos internos ni externos que les impidan desempeñar su labor como impartidores de justicia.

Hay que subrayar lo dicho por la ministra presidenta cuando señala que la Constitución es el pacto que permite superar diferencias y obliga a las autoridades a promover, respetar, proteger y garantizar los derechos humanos, de conformidad con los principios de universalidad, interdependencia, indivisibilidad y, muy destacadamente, progresividad.

“Como ley suprema, la Constitución es un inmenso y muy poderoso manto protector de certeza, de confianza, de seguridad y sobre todo, de unión entre los mexicanos”.

El acto republicano en Querétaro vino a reafirmar que los mexicanos somos por convicción, demócratas y que preferimos vivir con pleno respeto a las leyes y no cercenados de nuestras libertades y de nuestros derechos humanos.

Bien haría el presidente López Obrador, observar lo ocurrido con altura de miras y como un auténtico demócrata, tal como se jacta ser.

Las intervenciones del presidente de la Cámara de Diputados, Santiago Creel y del gobernador de Querétaro, Mauricio Kuri,  también fueron valiosas en el contexto de que la Carta Magna no es un compendio de letras muertas, sino es la clara expresión de que las garantías fundamentales de todos los mexicanos, están resguardadas en la Constitución.

El panista hizo un llamado a promover la pluralidad del dialogo para no repetir los errores del pasado y advirtió que todos tenemos derecho de defender nuestras ideologías y posiciones políticas con el límite que establece la propia Constitución.

En momentos que se discute en el Congreso, el Plan B de la reforma electoral de AMLO, sería conveniente que se frenara en el Senado, este intento de colar por la puerta de atrás, el descuartizamiento del INE y de todo el aparato electoral, para dar paso a que el gobierno vuelva a ser juez y parte al organizar y calificar los resultados electorales, porque de llegar el asunto a la SCJN, seguramente será rechazado por los ministros.

En las elecciones del 2024, se debe refrendar, una vez más, el respeto pleno a la democracia y a la voluntad de las mayorías y no dejar que se manipulen a gusto y conveniencia de una clase gobernante.

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El apunte del director

  • 15 ABRIL 2026
    JARDINE HUNDE EL PRESTIGIO Y LA IDENTIDAD DEL AMÉRICA
    En el fútbol, la memoria es corta, pero la exigencia es permanente. Y en un club como el Club América, la historia no sólo pesa: obliga. Por eso, lo que hoy ocurre bajo la dirección técnica de André Jardine no puede analizarse desde la nostalgia de los títulos, sino desde la realidad inmediata de un equipo que ha perdido rumbo, carácter y, sobre todo, identidad.
    El tricampeonato conseguido por Jardine no está en discusión. Es un logro histórico que lo colocó en un lugar privilegiado dentro del americanismo. Pero en el fútbol de alta competencia, los éxitos pasados no otorgan inmunidad permanente. Y lo ocurrido en el último año —con la eliminación de la CONCACAF Champions Cup y el riesgo latente de quedar fuera de la liguilla— confirma que el ciclo está agotado.
    El América de hoy no se parece al equipo dominante que impuso condiciones en la liga. Es un conjunto predecible, conservador y, por momentos, temeroso. Un equipo que ha cambiado la vocación ofensiva que lo caracterizaba por un enfoque defensivo que no sólo no le garantiza resultados, sino que además traiciona su esencia.
    Porque el América no está diseñado para especular.
    Históricamente, el club ha construido su grandeza sobre una premisa clara: ser protagonista, imponer condiciones y jugar con autoridad. El ADN del América no admite medias tintas. Y, sin embargo, bajo Jardine, ese ADN parece diluirse en planteamientos cautelosos que reducen al equipo a una versión menor de sí mismo.
    El problema no es sólo táctico. Es estructural.
    La responsabilidad no recae únicamente en el banquillo. La directiva, encabezada por Emilio Azcárraga Jean, ha mostrado una paciencia que comienza a ser contraproducente. En cualquier otro club, los resultados recientes habrían detonado una evaluación profunda. En el América, en cambio, se ha optado por la continuidad sin ajustes de fondo.
    Y esa complacencia tiene costos.
    Desde el punto de vista deportivo, el equipo ha perdido competitividad. Desde el punto de vista económico, el riesgo es evidente: un América fuera de liguilla o sin protagonismo internacional afecta ingresos, audiencia y valor de marca. Pero más allá de los números, lo que está en juego es algo más importante: la identidad de la institución.
    Permitir que el equipo transite hacia la mediocridad competitiva es, en sí mismo, una contradicción con la historia del club.
    El otro gran problema está en la plantilla.
    Los refuerzos recientes, particularmente en el frente extranjero, no han estado a la altura de las exigencias del club. Lejos de marcar diferencia, han pasado desapercibidos en momentos clave. En un equipo que aspira a ser protagonista, los extranjeros deben ser determinantes, no complementarios.
    Y hoy, simplemente, no lo son.
    El América ha perdido peso en la cancha. Ha dejado de intimidar. Ha dejado de ser ese equipo que, incluso antes de jugar, imponía condiciones. Esa pérdida de jerarquía no es casualidad; es el resultado de decisiones acumuladas que no han sido corregidas a tiempo.
    Desde luego, cambiar de técnico no es una solución mágica. Pero en el fútbol, los ciclos existen y, cuando se agotan, insistir en ellos sólo profundiza el problema. Jardine ya no transmite la intensidad ni la claridad que el equipo necesita. Su propuesta se ha vuelto previsible y su margen de maniobra parece limitado.
    El mensaje del vestidor también importa. Y cuando un grupo percibe que el liderazgo se desgasta, el rendimiento colectivo inevitablemente se resiente.
    Por eso, la discusión no debe centrarse en si Jardine merece o no reconocimiento por lo logrado. Eso ya está en la historia. La discusión es si hoy tiene la capacidad de revertir la inercia negativa del equipo. Y la evidencia reciente sugiere que no.
    El América no puede darse el lujo de esperar a que la crisis se profundice.
    La exigencia de su historia obliga a tomar decisiones a tiempo. Decisiones que no siempre son cómodas, pero sí necesarias. Mantener un proyecto agotado por inercia o gratitud es una forma de renunciar a la competitividad.
    Y ese no es el sello del América.
    La salida de Jardine, junto con una revisión profunda de su cuerpo técnico y de la plantilla, no debe verse como un acto de ruptura, sino como un proceso de renovación. El club necesita recuperar su esencia, su agresividad, su ambición.
    Necesita volver a ser el América.
    Porque en este club, los títulos no se celebran eternamente; se defienden todos los días. Y cuando el equipo deja de hacerlo, la responsabilidad de corregir el rumbo recae en quienes toman las decisiones.
    Hoy, más que nunca, el América necesita menos complacencia y más carácter.
    Porque la grandeza no se administra.
    Se exige.