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Desde San Lázaro. Terremoto. Por: Alejo Sánchez Cano Destacado

09 Feb 2023
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Desde San Lázaro. Terremoto. Por: Alejo Sánchez Cano Imagen tomada de: https://twitter.com

El terremoto ocurrido  en Turquía y Siria, es solo un doloroso recordatorio sobre la vulnerabilidad del ser humano ante los embates de la naturaleza y también es un llamado a seguir trabajando en México en la cultura de la prevención y en el establecimiento de políticas públicas, sustentadas en partidas presupuestales etiquetadas para apoyar a la población afectada y a la reconstrucción de las áreas afectadas.

Con la práctica cotidiana de los simulacros, se debe seguir ajustando los reglamentos de construcción, tanto de las edificaciones  como de la propia infraestructura, al tiempo de regular el crecimiento urbano.

Como sabemos, al país lo cruzan diversas placas tectónicas que ponen en riesgo no solo a los habitantes de las regiones más pobres del país, sino a grandes ciudades como es el caso de la CDMX y su zona conurbada, por lo que es una prioridad estar lo mejor preparados para mitigar los efectos de una gran contingencia natural.

Estamos ubicados sobre cinco placas tectónicas: Caribe, Pacífico, Norteamérica, Rivera y Cocos, por lo tanto en una zona de alta sismicidad.

La República Mexicana se caracteriza geológicamente por su gran actividad sísmica y volcánica y su ubicación en el Cinturón de Fuego provoca que se registren gran parte de los movimientos telúricos a nivel mundial.

Lo ocurrido en Turquía y Siria no es ajeno a ninguna región del mundo expuesta a los temblores y terremotos, por lo que, además de enviar ayuda humanitaria a la región afectada, obliga en México a una revisión sistemática de los tres niveles de gobierno para tener actualizado su Atlas de Riesgos y los programas de apoyo para la protección de la población.

En la administración del presidente López Obrador  vamos como los cangrejos en materia de protección civil, ya que terminó con el Fondo de Desastres Naturales (Fonden) y el de la Prevención de Desastres Naturales (Fopreden).

A través de depósitos hechos en 2021, Banobras, quien era el encargado de administrar el dinero para atender emergencias provocadas por lluvias, huracanes, terremotos, temblores, incendios y otros desastres naturales; canalizó los recursos de esos fondos que, en el momento de su extinción era de más de 25 mil millones de pesos, a la SHCP y con ello, se terminó con la posibilidad de tener recursos presupuestales para auxiliar a los mexicanos en desgracia, causadas por esas contingencias.

La Organización Mundial de la Salud asegura que por cada peso que se invierte en prevención de desastres se ahorran hasta 10 en reconstrucción. México invierte 23 veces más en la reconstrucción de catástrofes que en prevenirlas.

La ley de las probabilidades indica que en cualquier momento los temblores que ocurren a diario en buena parte del país, serán más intensos, incluso a niveles de catalogarlos como terremotos, ante esta real posibilidad, el gobierno mexicano, ha bajado la guardia para proteger a la población y en establecer diversos fondos y fideicomisos para canalizarlos a la reconstrucción.

El deseo de todos es que no haya movimientos telúricos de intensidad, empero ello es poco probable, por eso, desde el Congreso, en los tiempos que se analiza el Paquete Económico, debe etiquetar las partidas presupuestales para tal efecto.

Ya sabemos que AMLO no quiere que se distraigan recursos públicos en programas y obras que no son las que él catalogó como prioritarias, como sus tres obras insignia, el AIFA, Dos Bocas y Tren Maya, así como el fondeo para sus programas de política social con tintes electorales.

De hecho estos programas y obras, han puesto al borde de la quiebra financiera a su gobierno porque ha comprometido el dinero público en el pago creciente, por ejemplo, de las pensiones, en donde se incluye la pensión para los adultos mayores.

Como se aprecia, por lo menos hasta el 2024, no tendrá el gobierno ni el dinero ni la voluntad política para establecer nuevos fondos o fideicomisos para captar recursos en apoyo a la gente ante los embates de la naturaleza, como los sismos.

Esperemos que en estos meses que le faltan para concluir a la administración de AMLO, no haya ningún terremoto o algún temblor de cierta intensidad, porque entonces sí, además de los daños provocados por el movimiento telúrico, estarán las afectaciones por la negligencia, omisión e ineptitud del gobierno autodenominado como de la Cuarta Transformación.

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El apunte del director

  • 15 ABRIL 2026
    JARDINE HUNDE EL PRESTIGIO Y LA IDENTIDAD DEL AMÉRICA
    En el fútbol, la memoria es corta, pero la exigencia es permanente. Y en un club como el Club América, la historia no sólo pesa: obliga. Por eso, lo que hoy ocurre bajo la dirección técnica de André Jardine no puede analizarse desde la nostalgia de los títulos, sino desde la realidad inmediata de un equipo que ha perdido rumbo, carácter y, sobre todo, identidad.
    El tricampeonato conseguido por Jardine no está en discusión. Es un logro histórico que lo colocó en un lugar privilegiado dentro del americanismo. Pero en el fútbol de alta competencia, los éxitos pasados no otorgan inmunidad permanente. Y lo ocurrido en el último año —con la eliminación de la CONCACAF Champions Cup y el riesgo latente de quedar fuera de la liguilla— confirma que el ciclo está agotado.
    El América de hoy no se parece al equipo dominante que impuso condiciones en la liga. Es un conjunto predecible, conservador y, por momentos, temeroso. Un equipo que ha cambiado la vocación ofensiva que lo caracterizaba por un enfoque defensivo que no sólo no le garantiza resultados, sino que además traiciona su esencia.
    Porque el América no está diseñado para especular.
    Históricamente, el club ha construido su grandeza sobre una premisa clara: ser protagonista, imponer condiciones y jugar con autoridad. El ADN del América no admite medias tintas. Y, sin embargo, bajo Jardine, ese ADN parece diluirse en planteamientos cautelosos que reducen al equipo a una versión menor de sí mismo.
    El problema no es sólo táctico. Es estructural.
    La responsabilidad no recae únicamente en el banquillo. La directiva, encabezada por Emilio Azcárraga Jean, ha mostrado una paciencia que comienza a ser contraproducente. En cualquier otro club, los resultados recientes habrían detonado una evaluación profunda. En el América, en cambio, se ha optado por la continuidad sin ajustes de fondo.
    Y esa complacencia tiene costos.
    Desde el punto de vista deportivo, el equipo ha perdido competitividad. Desde el punto de vista económico, el riesgo es evidente: un América fuera de liguilla o sin protagonismo internacional afecta ingresos, audiencia y valor de marca. Pero más allá de los números, lo que está en juego es algo más importante: la identidad de la institución.
    Permitir que el equipo transite hacia la mediocridad competitiva es, en sí mismo, una contradicción con la historia del club.
    El otro gran problema está en la plantilla.
    Los refuerzos recientes, particularmente en el frente extranjero, no han estado a la altura de las exigencias del club. Lejos de marcar diferencia, han pasado desapercibidos en momentos clave. En un equipo que aspira a ser protagonista, los extranjeros deben ser determinantes, no complementarios.
    Y hoy, simplemente, no lo son.
    El América ha perdido peso en la cancha. Ha dejado de intimidar. Ha dejado de ser ese equipo que, incluso antes de jugar, imponía condiciones. Esa pérdida de jerarquía no es casualidad; es el resultado de decisiones acumuladas que no han sido corregidas a tiempo.
    Desde luego, cambiar de técnico no es una solución mágica. Pero en el fútbol, los ciclos existen y, cuando se agotan, insistir en ellos sólo profundiza el problema. Jardine ya no transmite la intensidad ni la claridad que el equipo necesita. Su propuesta se ha vuelto previsible y su margen de maniobra parece limitado.
    El mensaje del vestidor también importa. Y cuando un grupo percibe que el liderazgo se desgasta, el rendimiento colectivo inevitablemente se resiente.
    Por eso, la discusión no debe centrarse en si Jardine merece o no reconocimiento por lo logrado. Eso ya está en la historia. La discusión es si hoy tiene la capacidad de revertir la inercia negativa del equipo. Y la evidencia reciente sugiere que no.
    El América no puede darse el lujo de esperar a que la crisis se profundice.
    La exigencia de su historia obliga a tomar decisiones a tiempo. Decisiones que no siempre son cómodas, pero sí necesarias. Mantener un proyecto agotado por inercia o gratitud es una forma de renunciar a la competitividad.
    Y ese no es el sello del América.
    La salida de Jardine, junto con una revisión profunda de su cuerpo técnico y de la plantilla, no debe verse como un acto de ruptura, sino como un proceso de renovación. El club necesita recuperar su esencia, su agresividad, su ambición.
    Necesita volver a ser el América.
    Porque en este club, los títulos no se celebran eternamente; se defienden todos los días. Y cuando el equipo deja de hacerlo, la responsabilidad de corregir el rumbo recae en quienes toman las decisiones.
    Hoy, más que nunca, el América necesita menos complacencia y más carácter.
    Porque la grandeza no se administra.
    Se exige.