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Desde San Lázaro. Movilizaciones que paran en seco a Morena. Por: Alejo Sánchez Cano Destacado

11 Nov 2025
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Desde San Lázaro. Movilizaciones que paran en seco a Morena. Por: Alejo Sánchez Cano Imagen tomada de: https://x.com/PartidoMorenaMx

Solo un iluso o simpatizante cuatrotero cree que con el Plan Michoacán se abatirán de forma relevante los índices delictivos a tal nivel que se terminen los asesinatos y las extorsiones contra limoneros y aguacateros. Ello no ocurrirá mientras no se limpie la casa de aquellos funcionarios públicos federales, estatales y municipales que están coludidos con los criminales.

Lejos de los michoacanos, en Palacio Nacional,  se presentó el citado plan en una clara señal de darles atole con el dedo y eso lo veremos con el paso del tiempo, no obstante que la misma presidenta de México se comprometió a darle un seguimiento personal cada 15 días para ver los avances.

Para nadie es un secreto que con el cobijo del poder público, los delincuentes amplían  sus  tentáculos de poder con  la mayor impunidad. Así se explica que en buena parte del territorio nacional, los cárteles de la droga sean los que mandan por encima incluso, del gobernador en turno.

El caso purépecha no solo tiene que ver la pacificación y establecer las bases del crecimiento económico con mayor inclusión social, sino con el malestar creciente de los michoacanos por la clase política que los gobierna en donde salta a la palestra por su incompetencia e ineptitud el gobernador Alfredo Ramírez Bedolla.

Las manifestaciones ocurridas en varias ciudades del estado, en donde destacan las de Morelia y Uruapan, con la participación tumultuaria de la ciudadanía con el justo  reclamo de  la renuncia  del gobernador y la pacificación de la entidad, inciden necesariamente en el tema político-electoral que tiene como  vórtice  el surgimiento del movimiento regional  denominado El Sombrero y cuyo fundador, Carlos Manzo, buscaba que se extendiera en todo el estado y  en otras entidades vecinas de Michoacán como es el caso de Guanajuato, Zacatecas, Jalisco y Estado de México.

Los asesinos de Manzo no terminaron con su proyecto político, al contrario, lo hicieron crecer a tal nivel que no solo llamó la atención de la presidenta Sheinbaum, sino que atrajo las miradas internacionales sobre la creciente inseguridad que prevalece en Michoacán, pero sobre todo sacudió conciencias de los michoacanos para evitar que Morena siga gobernando esa entidad.

Cuando sube de tono el reclamo popular,  el gobierno federal se avoca a intentar resolver el problema que dio pie a esa inconformidad social, como es el caso de la violencia que prevalece en Michoacán y que obligó a la Titular del Poder Ejecutivo Federal  a recibir a Grecia Quiróz, viuda de Carlos Manzo, presidente municipal de Uruapan y de anunciar el plan respectivo para pacificar a esa entidad con 57 mil millones de pesos que de ninguna manera son recursos presupuestales extraordinarios, sino que ya son parte de la suma de todos los programas públicos que ya se ejercen en ese  estado,  y el envío de más tropas del ejército, entre una serie de compromisos que no son otra cosa que un “copy page” de lo que están  haciendo los tres niveles de gobierno de Morena en esa entidad y que a todas luces han sido insuficientes.

Las manifestaciones  ciudadanas son  lo único que impedirá que los malos gobernantes continúen destrozando al país y tal como se observa en Michoacán y ahora con la movilización de la generación Z del próximo 15 de noviembre en todo el país, el gobierno de la 4T debe ponerse las pilar so pena de recibir el mayor castigo posible con el rechazo de los mexicanos en las urnas.

Con el paso del tiempo se verá la efectividad del Plan Michoacán de la 4T, mientras tanto, el país se enfila a los comicios del 2027 y aunque parece que falta mucho, la realidad es que todo se mueve hacia esa nueva cita con las urnas, lo que significa que todo pasará por el crisol electoral y el caso de Michoacán no será la excepción, sobre todo con el surgimiento del movimiento político de El Sombrero.

 Entre la gestión gubernamental para atender las necesidades que agobian más a los mexicanos como la inseguridad, violencia y crisis económica, entre otros rubros, y la obsesión por establecer un nuevo andamiaje institucional y jurídico, además de fortalecer el control total de los organismos electorales como el INE y el TEPJF para mantener el poder más allá. Incluso de la voluntad ciudadana, se lleva buena parte del tiempo del obradorato y como se observan las cosas, la prioridad fundamental es evitar la alternancia del poder a toda costa.

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El apunte del director

  • 15 ABRIL 2026
    JARDINE HUNDE EL PRESTIGIO Y LA IDENTIDAD DEL AMÉRICA
    En el fútbol, la memoria es corta, pero la exigencia es permanente. Y en un club como el Club América, la historia no sólo pesa: obliga. Por eso, lo que hoy ocurre bajo la dirección técnica de André Jardine no puede analizarse desde la nostalgia de los títulos, sino desde la realidad inmediata de un equipo que ha perdido rumbo, carácter y, sobre todo, identidad.
    El tricampeonato conseguido por Jardine no está en discusión. Es un logro histórico que lo colocó en un lugar privilegiado dentro del americanismo. Pero en el fútbol de alta competencia, los éxitos pasados no otorgan inmunidad permanente. Y lo ocurrido en el último año —con la eliminación de la CONCACAF Champions Cup y el riesgo latente de quedar fuera de la liguilla— confirma que el ciclo está agotado.
    El América de hoy no se parece al equipo dominante que impuso condiciones en la liga. Es un conjunto predecible, conservador y, por momentos, temeroso. Un equipo que ha cambiado la vocación ofensiva que lo caracterizaba por un enfoque defensivo que no sólo no le garantiza resultados, sino que además traiciona su esencia.
    Porque el América no está diseñado para especular.
    Históricamente, el club ha construido su grandeza sobre una premisa clara: ser protagonista, imponer condiciones y jugar con autoridad. El ADN del América no admite medias tintas. Y, sin embargo, bajo Jardine, ese ADN parece diluirse en planteamientos cautelosos que reducen al equipo a una versión menor de sí mismo.
    El problema no es sólo táctico. Es estructural.
    La responsabilidad no recae únicamente en el banquillo. La directiva, encabezada por Emilio Azcárraga Jean, ha mostrado una paciencia que comienza a ser contraproducente. En cualquier otro club, los resultados recientes habrían detonado una evaluación profunda. En el América, en cambio, se ha optado por la continuidad sin ajustes de fondo.
    Y esa complacencia tiene costos.
    Desde el punto de vista deportivo, el equipo ha perdido competitividad. Desde el punto de vista económico, el riesgo es evidente: un América fuera de liguilla o sin protagonismo internacional afecta ingresos, audiencia y valor de marca. Pero más allá de los números, lo que está en juego es algo más importante: la identidad de la institución.
    Permitir que el equipo transite hacia la mediocridad competitiva es, en sí mismo, una contradicción con la historia del club.
    El otro gran problema está en la plantilla.
    Los refuerzos recientes, particularmente en el frente extranjero, no han estado a la altura de las exigencias del club. Lejos de marcar diferencia, han pasado desapercibidos en momentos clave. En un equipo que aspira a ser protagonista, los extranjeros deben ser determinantes, no complementarios.
    Y hoy, simplemente, no lo son.
    El América ha perdido peso en la cancha. Ha dejado de intimidar. Ha dejado de ser ese equipo que, incluso antes de jugar, imponía condiciones. Esa pérdida de jerarquía no es casualidad; es el resultado de decisiones acumuladas que no han sido corregidas a tiempo.
    Desde luego, cambiar de técnico no es una solución mágica. Pero en el fútbol, los ciclos existen y, cuando se agotan, insistir en ellos sólo profundiza el problema. Jardine ya no transmite la intensidad ni la claridad que el equipo necesita. Su propuesta se ha vuelto previsible y su margen de maniobra parece limitado.
    El mensaje del vestidor también importa. Y cuando un grupo percibe que el liderazgo se desgasta, el rendimiento colectivo inevitablemente se resiente.
    Por eso, la discusión no debe centrarse en si Jardine merece o no reconocimiento por lo logrado. Eso ya está en la historia. La discusión es si hoy tiene la capacidad de revertir la inercia negativa del equipo. Y la evidencia reciente sugiere que no.
    El América no puede darse el lujo de esperar a que la crisis se profundice.
    La exigencia de su historia obliga a tomar decisiones a tiempo. Decisiones que no siempre son cómodas, pero sí necesarias. Mantener un proyecto agotado por inercia o gratitud es una forma de renunciar a la competitividad.
    Y ese no es el sello del América.
    La salida de Jardine, junto con una revisión profunda de su cuerpo técnico y de la plantilla, no debe verse como un acto de ruptura, sino como un proceso de renovación. El club necesita recuperar su esencia, su agresividad, su ambición.
    Necesita volver a ser el América.
    Porque en este club, los títulos no se celebran eternamente; se defienden todos los días. Y cuando el equipo deja de hacerlo, la responsabilidad de corregir el rumbo recae en quienes toman las decisiones.
    Hoy, más que nunca, el América necesita menos complacencia y más carácter.
    Porque la grandeza no se administra.
    Se exige.