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SNTE cierra el año con nuevas basificaciones y plena autonomía sindical Destacado

30 Dic 2025
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SNTE cierra el año con nuevas basificaciones y plena autonomía sindical Imagen tomada de: https://snte.org.mx/blog

El Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación (SNTE) cierra el año con avances sustantivos en la basificación de docentes y personal de apoyo, lo que fortalece la certeza laboral, contribuye a la estabilidad de las familias y refleja resultados concretos en la defensa de los derechos laborales del gremio.

 

Durante la ceremonia de entrega de nombramientos a más de mil 500 trabajadores de la Sección 17 del Valle de Toluca, el secretario general del SNTE, maestro Alfonso Cepeda Salas, subrayó que la basificación es una responsabilidad del Estado y una demanda histórica del Sindicato que, por fin, en los últimos años se ha hecho realidad.

 

“Cuando se garantiza la estabilidad en el empleo se fortalece también la escuela pública. La basificación es el reconocimiento a años de servicio y al compromiso cotidiano de quienes sostienen el sistema educativo del país”.

 

En su mensaje, el maestro Alfonso Cepeda destacó que ya fue publicada en el Diario Oficial de la Federación la reforma legal que impulsó, desde el Senado de la República, para garantizar la autonomía sindical y poner fin a la intromisión del poder político en la vida interna de las organizaciones gremiales. 

 

Recordó que este cambio legal blinda la voluntad de las y los trabajadores, fortalece la democracia sindical y establece reglas claras para que ninguna autoridad vuelva a interferir en las decisiones, elecciones o procesos internos de los sindicatos.

 

Ante más de 4 mil agremiados, Cepeda Salas subrayó que estos avances son resultado del diálogo, la negociación y la unidad sindical. 

 

Asimismo, resaltó que para 2026 el SNTE tiene dos grandes desafíos: la desaparición de la USICAMM y la reforma a la Ley del ISSSTE para mejorar las pensiones de quienes se jubilen.

 

En tanto, el secretario general de la Sección 17, profesor José Alfredo Geraldo Benoit, señaló que la entrega de basificaciones es reflejo del papel histórico del SNTE, una organización que responde a las necesidades reales de sus agremiados. 

 

También enfatizó la gestión del dirigente nacional y senador, maestro Alfonso Cepeda, quien ha impulsado reformas profundas para dignificar la labor docente y la fortaleza sindical.

 

“Cuando un liderazgo se asume con responsabilidad, compromiso, dedicación y una visión clara de las causas del magisterio, ese liderazgo es auténtico”. 

En representación de la gobernadora del Estado de México, Delfina Gómez Álvarez, asistió Ricardo López Avendaño, subsecretario de Administración y Finanzas de la Secretaría de Educación, Ciencia, Tecnología e Innovación, quien resaltó el papel de los maestros en la transformación educativa.

 

“El gobierno del Estado de México reconoce las necesidades de quienes tienen en sus manos la responsabilidad de transformar a nuestras futuras generaciones”. 

 

A la ceremonia asistió la profesora Mónica Miriam Granillo Velazco, secretaria general de la Sección 36 en el Valle de México; así como Fleury Eduardo Carrasquedo Monjarás y Omar Pereyra Pérez, representantes del Comité Ejecutivo Nacional en las secciones 17 y 36 respectivamente, además de Magdaleno Reyes Ángeles, director general de Servicios Educativos Integrados al Estado de México.

 

Con información de: https://snte.org.mx/blog

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El apunte del director

  • 15 ABRIL 2026
    JARDINE HUNDE EL PRESTIGIO Y LA IDENTIDAD DEL AMÉRICA
    En el fútbol, la memoria es corta, pero la exigencia es permanente. Y en un club como el Club América, la historia no sólo pesa: obliga. Por eso, lo que hoy ocurre bajo la dirección técnica de André Jardine no puede analizarse desde la nostalgia de los títulos, sino desde la realidad inmediata de un equipo que ha perdido rumbo, carácter y, sobre todo, identidad.
    El tricampeonato conseguido por Jardine no está en discusión. Es un logro histórico que lo colocó en un lugar privilegiado dentro del americanismo. Pero en el fútbol de alta competencia, los éxitos pasados no otorgan inmunidad permanente. Y lo ocurrido en el último año —con la eliminación de la CONCACAF Champions Cup y el riesgo latente de quedar fuera de la liguilla— confirma que el ciclo está agotado.
    El América de hoy no se parece al equipo dominante que impuso condiciones en la liga. Es un conjunto predecible, conservador y, por momentos, temeroso. Un equipo que ha cambiado la vocación ofensiva que lo caracterizaba por un enfoque defensivo que no sólo no le garantiza resultados, sino que además traiciona su esencia.
    Porque el América no está diseñado para especular.
    Históricamente, el club ha construido su grandeza sobre una premisa clara: ser protagonista, imponer condiciones y jugar con autoridad. El ADN del América no admite medias tintas. Y, sin embargo, bajo Jardine, ese ADN parece diluirse en planteamientos cautelosos que reducen al equipo a una versión menor de sí mismo.
    El problema no es sólo táctico. Es estructural.
    La responsabilidad no recae únicamente en el banquillo. La directiva, encabezada por Emilio Azcárraga Jean, ha mostrado una paciencia que comienza a ser contraproducente. En cualquier otro club, los resultados recientes habrían detonado una evaluación profunda. En el América, en cambio, se ha optado por la continuidad sin ajustes de fondo.
    Y esa complacencia tiene costos.
    Desde el punto de vista deportivo, el equipo ha perdido competitividad. Desde el punto de vista económico, el riesgo es evidente: un América fuera de liguilla o sin protagonismo internacional afecta ingresos, audiencia y valor de marca. Pero más allá de los números, lo que está en juego es algo más importante: la identidad de la institución.
    Permitir que el equipo transite hacia la mediocridad competitiva es, en sí mismo, una contradicción con la historia del club.
    El otro gran problema está en la plantilla.
    Los refuerzos recientes, particularmente en el frente extranjero, no han estado a la altura de las exigencias del club. Lejos de marcar diferencia, han pasado desapercibidos en momentos clave. En un equipo que aspira a ser protagonista, los extranjeros deben ser determinantes, no complementarios.
    Y hoy, simplemente, no lo son.
    El América ha perdido peso en la cancha. Ha dejado de intimidar. Ha dejado de ser ese equipo que, incluso antes de jugar, imponía condiciones. Esa pérdida de jerarquía no es casualidad; es el resultado de decisiones acumuladas que no han sido corregidas a tiempo.
    Desde luego, cambiar de técnico no es una solución mágica. Pero en el fútbol, los ciclos existen y, cuando se agotan, insistir en ellos sólo profundiza el problema. Jardine ya no transmite la intensidad ni la claridad que el equipo necesita. Su propuesta se ha vuelto previsible y su margen de maniobra parece limitado.
    El mensaje del vestidor también importa. Y cuando un grupo percibe que el liderazgo se desgasta, el rendimiento colectivo inevitablemente se resiente.
    Por eso, la discusión no debe centrarse en si Jardine merece o no reconocimiento por lo logrado. Eso ya está en la historia. La discusión es si hoy tiene la capacidad de revertir la inercia negativa del equipo. Y la evidencia reciente sugiere que no.
    El América no puede darse el lujo de esperar a que la crisis se profundice.
    La exigencia de su historia obliga a tomar decisiones a tiempo. Decisiones que no siempre son cómodas, pero sí necesarias. Mantener un proyecto agotado por inercia o gratitud es una forma de renunciar a la competitividad.
    Y ese no es el sello del América.
    La salida de Jardine, junto con una revisión profunda de su cuerpo técnico y de la plantilla, no debe verse como un acto de ruptura, sino como un proceso de renovación. El club necesita recuperar su esencia, su agresividad, su ambición.
    Necesita volver a ser el América.
    Porque en este club, los títulos no se celebran eternamente; se defienden todos los días. Y cuando el equipo deja de hacerlo, la responsabilidad de corregir el rumbo recae en quienes toman las decisiones.
    Hoy, más que nunca, el América necesita menos complacencia y más carácter.
    Porque la grandeza no se administra.
    Se exige.