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Desde San Lázaro. Senadores ausentes o prófugos. Por: Alejo Sánchez Cano Destacado

12 Jun 2026
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Desde San Lázaro. Senadores ausentes o prófugos. Por: Alejo Sánchez Cano Imagen tomada de: https://x.com/MorenaSenadores

Las ausencias también hablan. Y cuando quienes faltan de manera reiterada son legisladores que se encuentran bajo el escrutinio público por diversos señalamientos, el mensaje que envían resulta todavía más inquietante.

Lo que ocurre en la Comisión Permanente del Congreso podría parecer un asunto menor. Después de todo, las inasistencias legislativas son frecuentes en un sistema político donde muchos representantes consideran que el cargo es un privilegio y no una responsabilidad. Sin embargo, el caso de dos senadores de Morena, Adán Augusto López Hernández (reapareció luego de una supuesta operación ocular) y Enrique Inzunza Cázarez, merece una lectura distinta

Ambos han acumulado ausencias que han llamado la atención dentro y fuera del Congreso. Los pretextos pueden ser variados y las explicaciones también, pero la realidad es que los dos han optado por mantener un bajo perfil precisamente cuando arrecian versiones, investigaciones periodísticas y declaraciones provenientes de Estados Unidos sobre posibles nexos de políticos mexicanos con organizaciones criminales.

La coincidencia no pasa inadvertida.

Adán Augusto acude con irregularidad al senado, pero como si no fuera porque no se digna dar declaraciones a la prensa.

Durante décadas, México utilizó términos como corrupción, tráfico de influencias o complicidad política para describir los excesos del poder. En los años recientes comenzó a abrirse paso otro concepto mucho más delicado: el de los llamados "narcopolíticos". No se trata de una etiqueta surgida de la confrontación partidista, sino de una expresión que ha cobrado fuerza a partir de testimonios de colaboradores de la justicia estadounidense, investigaciones de agencias de seguridad y señalamientos que vinculan a determinados actores políticos con actividades del crimen organizado.

En ese contexto, las ausencias de ambos legisladores adquieren una dimensión distinta. No porque una falta constituya prueba de culpabilidad, sino porque la responsabilidad política exige dar la cara cuando existen cuestionamientos de interés público.

Si los señalamientos son falsos, corresponde a los involucrados enfrentarlos, desmentirlos y defender su nombre. Si existen investigaciones en curso que requieran su atención, entonces deberían concentrarse plenamente en ellas. En cualquiera de los escenarios, lo que resulta difícil de justificar es mantenerse en un limbo político donde no se aclaran las acusaciones y tampoco se cumple cabalmente con las obligaciones legislativas.

Por ello, sería pertinente que ambos solicitaran licencia temporal al Senado. No como una admisión de responsabilidad, sino como un acto de congruencia institucional. Los ciudadanos eligieron representantes para legislar y supervisar al gobierno, no para tener una curul vacía mientras resuelven asuntos personales o políticos. Los suplentes están precisamente para garantizar la continuidad de los trabajos parlamentarios.

Además, el contexto bilateral entre México y Estados Unidos dista mucho de ser normal. Desde la llegada de Donald Trump a la Casa Blanca se ha endurecido el discurso sobre el combate a los cárteles mexicanos y la posible responsabilidad de funcionarios públicos que hayan colaborado con ellos. Diversos integrantes de la administración estadounidense han advertido que podrían darse a conocer nuevas investigaciones y nuevos nombres relacionados con presuntas redes de protección política al crimen organizado.

Lejos de disminuir, la presión parece aumentar.

La estrategia del gobierno mexicano ha sido insistir en la defensa de la soberanía nacional. Sin embargo, la soberanía también exige demostrar capacidad para investigar, procesar y sancionar a quienes eventualmente hayan violado la ley. Cuando esa capacidad es puesta en duda, otros actores comienzan a buscar mecanismos alternativos para actuar.

Por eso el problema ya no es solamente jurídico o diplomático. Es político. Cada ausencia alimenta especulaciones. Cada silencio genera nuevas preguntas. Cada evasiva fortalece la percepción de que algunos personajes prefieren mantenerse agazapados mientras pasa la tormenta.

Pero todo indica que la tormenta apenas comienza.

Quienes creen que el tiempo devolverá las cosas a la normalidad podrían estar subestimando la profundidad de la crisis. Los acontecimientos de las últimas semanas muestran que el tema de los presuntos vínculos entre política y crimen organizado se ha instalado en el centro de la relación bilateral y difícilmente desaparecerá de la agenda pública.

La pregunta ya no es si vendrán más revelaciones, sino cuándo y contra quiénes.

La reunión bilateral de seguridad que se celebrará en los próximos días entre funcionarios de México y Estados Unidos servirá para ponerle al lado mexicano más presión para que atiendan las peticiones de extradición, so pena de que, en última instancia, ellos hagan el trabajo.

La FGR de Ernestina Godoy está tratando de deslindar a los 10 funcionarios y exfuncionarios sinaloenses, incluyendo al gobernador con licencia Rubén Rocha Moya, con dilaciones y con desestimar pruebas y testimonios, sin embargo, esta estrategia solo provoca que se detone el operativo de extracción, tal como sucedió con Nicolás Maduro en Venezuela.

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El apunte del director

  • JUNIO 2026
    La verdadera amenaza a la soberanía mexicana 

    La relación entre los gobiernos de la presidenta Claudia Sheinbaum y Donald Trump atraviesa uno de sus momentos más complejos y delicados. Más allá de las diferencias ideológicas naturales entre una mandataria identificada con la izquierda latinoamericana y un presidente estadounidense de corte nacionalista y conservador, el punto de choque se encuentra en un tema que afecta directamente a ambas naciones: el poder del crimen organizado y la presencia de actores políticos vinculados con estructuras criminales.

    Durante años, el narcotráfico dejó de ser únicamente un problema de seguridad pública para convertirse en un fenómeno que permeó instituciones, gobiernos locales y estructuras de poder regional. Hoy, vastas zonas del territorio nacional se encuentran bajo la influencia o control de organizaciones criminales que desafían al Estado mexicano, imponen reglas, cobran extorsiones, controlan economías enteras y limitan el ejercicio pleno de la autoridad.

    Desde la óptica de Washington, estos grupos representan una amenaza directa para la seguridad de Estados Unidos por el tráfico de drogas, especialmente fentanilo, así como por sus redes financieras y de contrabando. Sin embargo, la discusión no debería centrarse únicamente en el impacto que tienen al norte de la frontera. La primera víctima de los cárteles ha sido México.

    Por ello resulta cuestionable la narrativa oficial que presenta cualquier señalamiento extranjero sobre la infiltración criminal en la política mexicana como una agresión a la soberanía nacional. La soberanía no se vulnera cuando se denuncia la presencia de criminales en las estructuras de gobierno; la soberanía se debilita cuando grupos delincuenciales sustituyen al Estado, controlan municipios enteros y condicionan la vida de millones de ciudadanos.

    En ese contexto, el discurso pronunciado por la presidenta Sheinbaum en la Plaza de la República, donde denunció supuestas intenciones de injerencia extranjera y advertencias sobre intentos de influir en los procesos electorales mexicanos, parece haber elevado innecesariamente la tensión bilateral. En lugar de privilegiar la prudencia diplomática, el mensaje adquirió un tono de confrontación que difícilmente contribuirá a mejorar una relación estratégica para ambos países.

    México y Estados Unidos comparten una de las fronteras más dinámicas del mundo, intercambios comerciales superiores a cientos de miles de millones de dólares al año y desafíos comunes en materia migratoria, económica y de seguridad. Convertir las diferencias en un conflicto político permanente no beneficia a ninguna de las dos naciones.

    La preocupación de Washington respecto a posibles vínculos entre funcionarios públicos y organizaciones criminales puede resultar incómoda para el gobierno mexicano, pero ignorarla o descalificarla mediante discursos nacionalistas no resolverá el problema de fondo. La pregunta central no es si existe presión extranjera, sino qué tan profunda es la penetración del crimen organizado en determinadas regiones y estructuras políticas del país.

    La historia reciente demuestra que los cárteles han logrado construir redes de protección política que les permiten operar con impunidad. Negar esa realidad sería tan irresponsable como aceptar sin pruebas cualquier acusación proveniente del extranjero. Lo que corresponde es fortalecer las instituciones de procuración de justicia, transparentar las investigaciones y garantizar que nadie esté por encima de la ley.

    La defensa de la soberanía nacional debe comenzar por recuperar plenamente el control territorial del Estado mexicano. Mientras existan regiones donde las organizaciones criminales ejerzan funciones que corresponden a las autoridades legítimas, cualquier discurso patriótico corre el riesgo de convertirse en una simple declaración retórica.

    La relación entre Trump y Sheinbaum será inevitablemente complicada por sus diferencias de visión política. Sin embargo, el mayor desafío no debería ser la confrontación verbal entre ambos gobiernos, sino la construcción de mecanismos eficaces para combatir a quienes verdaderamente amenazan la estabilidad de México: las organizaciones criminales y sus redes de protección política.

    Porque la soberanía no se pierde cuando un aliado cuestiona la actuación de un gobierno. La soberanía se pierde cuando el Estado deja de ejercer plenamente su autoridad sobre su propio territorio.